CAPÍTULO 45
LAS NUBES NEGRAS
Presente
Esther
Cuando Esther abre los ojos tarda un rato en centrar su mente, en ubicarse, en ser consciente de que es de noche y está tumbada sobre el suelo, al raso, en medio del bosque.
Le cuesta un poco en recuperar la movilidad, tampoco lo intenta demasiado porque su mente está demasiado aletargada como para entrar en pánico.
La primera parte de su cuerpo en reaccionar es el estómago, el cual se comporta como si bajo él alguien hubiese encendido una hoguera. Le quema. Luego siente su pecho, sus hombros, su cuello. Por último, nota cómo la saliva se desliza despacio por su garganta, que la nota un poco hinchada.
Empieza a preguntarse qué hace allí y por qué no hay nadie más con ella.
A continuación, recuerda otra vez la discusión de sus padres, su inminente separación.
De nuevo la invade la tristeza. Y entonces llega todo lo demás.
Incluido lo que le dio a beber el Profeta que fue lo que hizo que perdiese el conocimiento.
Se coloca lentamente de lado e intenta levantarse otra vez.
En cuanto se pone de pie le viene una fuerte arcada y vomita todo cuanto hay en su interior, hasta la última gota.
Durante un par de segundos siente un intenso dolor de cabeza.
Todavía es pronto para entender bien lo que le ha pasado, porqué está allí sola, qué era lo que su cuerpo ha vomitado.
A unos cincuenta metros de distancia ve las tenues luces del centro de interpretación y pone rumbo hasta allí.
De camino se encuentra con la chica que cayó de espaldas poco antes que ella.
Está tumbada en el suelo, no se mueve, y su piel esta blanca como una pared recién pintada.
Tiene los ojos cerrados. Esa chica no es la única con la que se encuentra.
También ve al resto de personas que, como ella, se encontraban en esa habitación con el Profeta.
Tampoco se mueven, sus cuerpos todavía conservan las túnicas negras, igual que ella.
Se pregunta si están muertas. Un escalofrío recorre su cuerpo entero.
Su cerebro es como el timón de un barco en plena marejada.
Rueda hacia todos lados y es imposible de dirigir hacia donde debe ir.
En cuanto llega al templo ve que en al patio interior hay reunidos muchos miembros del Movimiento formando un círculo.
Repiten cogidos de las manos uno de los mantras más importantes: Solve et Coagula .
Disolver y coagular. Para crear algo bello hay que destruir primero lo feo.
Solo cuando las nubes negras desaparecen puede volverse a ver la luz del Sol. Después de las tinieblas, llega la luz.
A lo lejos, puede ver a dos chicos y dos chicas amontonando un montón de garrafas en un rincón del templo.
El Profeta ha empezado a repartir un libro a cada una de las personas que están allí.
Cuando el Profeta llega hasta Esther, se queda mirándola unos segundos, después le hace un gesto para que se quite la túnica negra.
Esther se despoja de ese atuendo, quedándose completamente desnuda, sonríe internamente porque eso significa que ya puede volver a ponerse la blanca.
El Profeta le entrega el libro que ha estado entregando al resto, su título es Libro de las Instrucciones , a continuación, le dice:
—Sabía que tú ibas a ser muy importante. Sabía que volverías. En dos días todos estaremos en ese lugar que tanto tiempo llevamos buscando, y tú nos ayudarás a iluminar nuestro camino y el de los que vendrán detrás. Tú formarás parte de uno los ritos finales más importantes.
Tras las palabras del Profeta, Esther siente algo que hacía mucho que no sentía. Se siente querida, y se siente importante. Ya no queda nada para que todo cambie.
Cuando ha terminado de repartir todos los libros, el Profeta se coloca en el centro, y dice:
—Este libro es solo para vosotros, no puede verlo ni leerlo nadie más. La información que contiene no la conoce nadie. En él no solo encontraréis el Mensaje, también las instrucciones para poder seguir el camino, así que no os separéis de él, nunca. Solve et Coagula .
El Profeta, de cuyo cuello pende el colgante del dragón enroscado y el enigmático silbato con forma de cilindro, levanta su libro en alto y todos repiten varias veces la misma frase. Solve et Coagula . Disolver y coagular.