La Norma Número Diez CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

REGRESO AL PASADO

Presente

Rai y Martina

—¿Y dices que cuando vivías en Villagordo del Cabriel nunca oíste nada la relacionado con la historia del profesor de historia?

—Ya te he dicho que no, viví unos cuatro o cinco años en ese pueblo antes de mudarnos a Francia, y era solo un niño. A esa edad te preocupan otras cosas.

—¿Qué cosas?

—¿Es que tú nunca has sido niña? A los diez años solo pensábamos en la vuelta ciclista a España, en el fútbol, Marta Sánchez, Sabrina Salerno, las canicas, correr detrás de algún gato, trepar por los árboles. Esas cosas.

—Te veo un poco tenso, jefe, ¿todo bien?

Rai vuelve a mirar a Martina de forma sombría.

Se dijo que pasase lo que pasase, nunca más volvería a Villagordo del Cabriel.

Su madre, mientras estuvo con vida, le pidió de forma reiterada que no lo hiciera, le hizo prometer, de hecho, que jamás debía hacerlo, que solo le traería problemas con algo que ya estaba muerto.

Pero al parecer debió quedar algún cabo suelto.

—¿Y cómo quieres que esté? Mi familia ha estado a punto de morir dos veces en los últimos dos días, una compañera nuestra está en paradero desconocido, y ahora resulta que ese chalado, cuyo macabro juego ya se ha cobrado la vida de cuatro personas, tal vez compartiese pupitre conmigo cuando era un niño. ¿Cómo estarías tú?

—De acuerdo, jefe, solo me interesaba por ti. Cambiando de tema, ¿has pensado por dónde empezar? Me refiero a cuando lleguemos, según el GPS quedan menos de cinco minutos.

Rai se vuelve a encerrar sobre sí mismo y piensa en lo que acaba de decirle Martina. En las diferentes posibilidades. La primera persona que le viene a la mente es Hugo Vilafranca, siempre fue el más noble de los cuatro.

Cuando llegan a la pequeña población del interior son cerca de las siete de la tarde.

Las calles están vacías y apagadas. Parece un pueblo fantasma.

A medida que se adentran en su interior, Rai siente cómo los recuerdos del pasado se empiezan a levantar de las tumbas en las que los había enterrado y lo amenazan con destruir todo cuanto es él.

Los ladridos de perro ahora los escucha altos y claros, y la persona que tiene encerrada en el sótano, puede ver que ya ha subido el último peldaño y que espera junto a la puerta.

Si nadie lo impide, pronto estará fuera.

—No te imagino viviendo en este pueblucho, jefe, no es propio de alguien de tu categoría. No me extraña que lo guardases en secreto.

Tras aparcar el coche frente a uno de los pocos bares que hay abiertos, Rai le cuenta a Martina que su idea es preguntar por un par de amigos de la infancia para ver si por suerte todavía viven allí y pueden contarles algo.

Le dice que en los pueblos pequeños como ese es mejor acercarse con cautela y, si puede ser, a través de algún conocido.

De lo contrario, si la gente no se siente cómoda, el primer impulso es cerrarse y no decir nada.

Cuando entran al bar Helios, Rai le pide a Martina que se siente en una mesa mientras él se acerca a la barra para hacer un par de preguntas. Le dice que es mejor no molestar demasiado ni crear demasiado revuelo. Martina obedece la orden y pone rumbo a la mesa más escondida del pequeño bar.

Rai se sienta sobre un taburete que hay junto a la barra y, mientras espera a que sea el camarero que hay tras ella quien se le acerque, observa a las personas que hay a su alrededor por si alguna de ellas le sonase de algo. Afortunadamente, y a bote pronto, no ve a nadie que le resulte familiar.

—¿Qué va a tomar? —pregunta el camarero, que debe estar sobre los cincuenta más o menos.

Cuando Rai alza la mirada, sus ojos se encuentran frente a frente con los del camarero, que durante unos segundos se queda medio paralizado.

—Tomaré un café solo, gracias.

—Enseguida —responde el camarero tras un segundo de pausa en el que parece intentar hacer memoria para identificar a la persona que tiene delante.

Mientras el camarero se toma su tiempo para hacer el café, Rai trata de ubicarlo en el tiempo y en el espacio.

No hay duda de que ese hombre lo ha reconocido, así que la cuestión es adelantarse a él para que no pregunte demasiado, las preguntas las hace Rai, es la única manera que hay de que pueda salir de allí haciendo el menor ruido posible.

Cuando el camarero se gira para dejar el café sobre la barra, hace ademán de querer decir algo, pero Rai lo impide dejando sobre la barra, de una forma muy sutil y disimulada, su placa.

El gesto no pasa desapercibido para el camarero, los destellos del metal de la identificación policial interrumpen aquello que se había propuesto decir. A continuación, dice Rai:

—Disculpe las molestias, estamos aquí debido a una investigación policial, pero, antes de nada, le agradecería que guardase el máximo sigilo, lo más probable es que todo se quede en una falsa alarma, así que lo mejor será no levantar demasiado revuelo, en los pueblos como este la gente valora mucho su tranquilidad, y los elementos que amenazan con perturbarla no suelen ser bien recibidos, ¿entiende?

El camarero traga saliva mientras sigue observando a Rai sin disimulo.

—¿Qué ha ocurrido?

—De momento solo necesito hablar con tres hombres del pueblo para hacerles unas preguntas, nada más, me gustaría que usted me ayudase a encontrarlos.

—¿Qué hombres?

—Hugo Vilafranca, José Ricardo Esparza y Enrique Lavara.

El camarero se pasa una mano por la nariz y luego la baja hasta su boca mientras dirige su mirada al suelo.

—Si no me equivoco, Enrique Lavara falleció hace un año más o menos, creo que dijeron que murió mientras dormía.

Un ataque al corazón. Había engordado mucho en los últimos años y le gustaba demasiado el tabaco y el vino.

Lo más triste es que ha dejado a una viuda y a dos hijos que no tienen donde caerse muertos.

Puede hablar con su viuda usted mismo si lo desea, vive aquí cerca, en la calle Atalaya, su casa es la de la puerta verde, no tiene pérdida.

Rai se dice internamente que, para bien o para mal, Enrique está fuera de juego, uno menos en quien pensar.

—Tiene usted buena memoria. Por cierto, no le he preguntado por su nombre, qué mal educado soy.

—No se preocupe. Soy Pedro Alberola, he vivido en este pueblo toda mi vida. Por cierto, ahora que lo dice, su cara me suena de algo, vivió aquí de pequeño, ¿verdad?

Durante una fracción de segundo Rai se queda gélido, no ha debido darle al tal Pedro Alberola ese pequeño espacio desde el que le ha preguntado por su pasado.

—Soy el inspector jefe de una unidad de investigación de la policía nacional, y no, no he vivido en este pueblo.

¿Qué puede decirme de las otras dos personas por las que le he preguntado?

José Ricardo Esparza y Hugo Vilafranca —Rai duda sobre si ha hecho bien mintiendo, pero, ¿qué otra cosa podía hacer?

Todavía no se siente preparado para interpretar ese papel en ese lugar, a pesar de haber tenido más de treinta años para preparárselo.

Pedro Alberola arruga tímidamente los párpados, a pesar de que el hombre que tiene delante haya desmentido que viviese allí de pequeño, su cara sigue sonándole.

—José Ricardo tuvo algunos problemas con la justicia hace unos años.

La chica con la que estaba lo denunció por malos tratos y pidió una orden de alejamiento.

Durante un tiempo no era raro verlos discutir por la calle.

Dicen que los dos tomaban drogas y que cuando no tenían dinero para comprar era cuando más se peleaban.

En fin, otra historia triste que gracias a Dios terminó.

—¿Y cómo terminó?

—José Ricardo se fue a vivir a Valencia ciudad hace unos cuantos años ya, tenía allí una tía que lo acogió para alejarlo de todo esto, pero al parecer no lo consiguió.

Hace un par de años o así lo cogieron atracando un banco a mano armada.

Si no me equivoco está en la cárcel y allí seguirá bastantes años más.

—Vaya historia.

—Sí. Aquí hay muy buena gente, pero también algún que otro sinvergüenza, como en todas partes, supongo.

—Como en todas, sí, supone bien. ¿Y qué me dice de Hugo Vilafranca?

Pedro Alberola hace un gesto afirmativo con el cuello antes de responder.

—Con Hugo sí ha tenido un poco más de suerte.

Todavía vive aquí en el pueblo, aunque a veces no lo parezca, porque apenas se le ve el pelo.

Su casa está al final de la calle Bodegas, en las afueras, tiene la fachada color salmón, está frente a otra que tiene un portón azul.

No tendrá problemas en encontrarla, este pueblo es pequeño.

—¿Y qué puede decirme de él? ¿Por qué dice que a veces parece que no vive aquí?

—No hace vida en el pueblo. Es una especie de ermitaño. Se dedica a trabajar sus campos de uva. Después se la vende a una de las dos bodegas que hay en el pueblo, según dicen es bastante buena, tiene unas cepas muy viejas que ha sabido cuidar bien.

Rai recapitula toda la información recibida y, antes de ir a visitar al pequeño Hugo, se decanta por tratar de sacarle algo más a la persona que tiene delante.

—Muchas gracias por todo, Pedro, si no le importa, me gustaría hacerle una última pregunta.

—Usted dirá.

—He oído decir que hace unos treinta y tantos años hubo en las afueras del pueblo una especie de grupo espiritual con un estilo de vida y con algunas ideas para vivir de un modo distinto al resto del mundo. ¿Sabe si hay algo de cierto en ello?

La expresión en la cara de Pedro cambia por completo.

Sus facciones se tensan y afila la mirada en dirección a Rai.

Cruza sus brazos sobre el pecho en señal de rechazo.

La primera norma del acuerdo no la ha olvidado ni la olvidará nunca.

La confidencialidad es de por vida. Si abre la boca, ¿quién no le dice que todavía no puedan quitarle el bar que pagó gracias al Movimiento?

—¿Puedo saber quién es usted exactamente y qué es lo que quiere? —Pedro levanta ligeramente la voz, lo que hace que las personas que hay a su alrededor guarden silencio.

—Haga el favor de no levantar la voz, Pedro, le recuerdo que esto forma parte de una investigación policial y que cuanto antes responda a lo que le pregunto, mejor para todos.

Pedro sigue de brazos cruzados, muy serio.

—Esas personas se fueron ya hace mucho tiempo. Que yo sepa no hacían nada malo, solo vivir rodeados de naturaleza. ¿Qué es lo que quiere de ellas? ¿Y quién es usted?

—Pedro, ya le he dicho antes que soy el inspector jefe de una unidad de investigación policial, y solo quiero saber un poco más acerca de quiénes eran esas personas y si aún podrían estar por aquí.

—En absoluto, para nada, esas personas se fueron hace muchísimos años. Por lo menos treinta, quizá más. Y ya le he dicho que no hacían nada malo, solo vivir en el campo.

Rai percibe cómo a su alrededor hay varias personas atentas a su conversación.

—Tenemos que marcharnos, me acaba de llamar el subinspector Santiago Bermejo —dice Martina, que se ha levantado con el sigilo que acostumbra y ha ido hasta donde está Rai.

—¿Te ha dicho qué sucede? ¿Sabe algo de Berta?

Martina lo mira con preocupación.

—Dice que lo llames cuanto antes.

Rai se pregunta si habrán encontrado a la inspectora Berta sin vida. La ansiedad vuelve a él con fuerza.

—Muchas gracias por todo, Pedro, y perdone las molestias que haya podido ocasionar, ha sido de gran ayuda —Rai le tiende la mano al camarero, que tarda unos pocos segundos en aceptar el saludo.

—No hay de qué.

En cuanto los dos policías salen del bar, Pedro se queda con la mirada fija en la puerta. Recuerda aquellos años. Todo lo que vivió y sintió. Eran otros tiempos, otra época. Ha pasado mucho tiempo ya, pero nadie, nunca y bajo ningún concepto, traiciona al Movimiento.

En cuanto salen del bar, Rai llama a Santiago, que le cuenta lo que han encontrado en la antigua papelera, empezando por el reloj de arena, que, según Leonardo Castro, podría reflejar el tiempo que les queda para rescatar con vida a Berta.

También le cuenta lo de los cuatro cubiletes y la máquina de imprenta recién destrozada.

Rai le dice a Santiago que tanto él como Leonardo acudan a las oficinas de la UICAV, que él y Martina irán lo antes posible.

No han pasado ni cinco segundos desde que ha colgado cuando Rai recibe una nueva llamada, en esta ocasión es el joven Gerardo Saavedra, de la Científica.

—Buenas tardes, inspector jefe, me dijo que le llamase inmediatamente si encontraba algo relevante.

—Por supuesto, Gerardo. ¿Qué has encontrado?

—Dos cosas. La primera es que después de rastrear el autobús de arriba abajo hemos encontrado un par de micro cámaras de vigilancia que estaban semiocultas en el techo.

Hoy en día no es que sea muy complicado comprar cámaras de todo tipo por internet, pero al parecer, estas en concreto sí lo son.

He buscado las empresas de la ciudad que podrían suministrarlas y he encontrado una que las oferta.

No digo que las hayan comprado allí, pero sí que es posible, y en ese caso hay una posibilidad de saber quién lo hizo, quién las compró.

—Un gran trabajo, Gerardo, ¿y qué era la otra cosa que has averiguado?

—Lo que voy a decirle ahora es un poco fuerte.

—Dime.

—Es sobre las cuatro chicas que perdieron la vida en la discoteca Mya. Los forenses todavía quieren hacerles alguna prueba más para corroborarlo, pero, al parecer, cuando han analizado el contenido de su estómago han encontrado algo que las cuatro tenían en común.

—¿El qué?

—En algún momento de esa noche, ingirieron un veneno. Cicuta para ser exactos. Provoca una parálisis total y, generalmente, la muerte. Aunque no siempre.

Rai se queda pensando en lo que le acaba de contar Gerardo, en las posibles implicaciones que ello podría tener, en cómo podría estar complicando el caso.

—¿Sigue ahí, inspector jefe?

—Sí, Gerardo. ¿Lo que me estás queriendo decir es que alguien se aseguró de que esas chicas muriesen de cualquier forma?

—Esa es una posibilidad, desde luego.

—Muchas gracias, Gerardo, y enhorabuena por esos hallazgos, llámame si encuentras algo más.

—Por supuesto, inspector jefe.

En cuanto Rai cuelga el teléfono siente de nuevo esa asfixia que aprieta su garganta en situaciones de máximo estrés y le impide respirar. Siente que, haga lo que haga, todo va a ir mal.

Previamente a poner rumbo a las oficinas de la UICAV para tratar de dar con el paradero de Berta antes de que sea demasiado tarde, se dirigen a la casa de Hugo Vilafranca.

Antes de tocar a su pueta, Rai suplica internamente que la persona que está detrás de todo no tenga nada que ver ni con Hugo, ni con ese grupo de gente que habitó en las afueras de Villagordo del Cabriel, ni con la tragedia que pasó cuando él era un niño.

Solo así podría conservar la posibilidad de que la verdad siguiese sin salir a la luz, porque de lo contrario, sí que sería su fin, fuese cual fuese el resultado final.