La Norma Número Diez CAPÍTULO 43
43%

CAPÍTULO 43

SOLVE ET COAGULA

Presente

Santiago Bermejo y Leonardo Castro

—Así que formabas parte del departamento de seguridad presidencial, eh. No está mal para alguien de tu perfil. ¿Puedo preguntar por qué lo dejaste? —Leonardo Castro, que está sentado en el asiento de copiloto, se enciende el cigarrillo que se acaba de liar.

Santiago Bermejo, que es quien conduce, no es muy amigo de las preguntas personales.

—Creo que eso no es asunto tuyo. Por cierto, ¿quién te ha dado permiso para encenderte un cigarrillo en mi coche?

—¿Tu coche este? Lo dudo mucho, compañero, este coche es del cuerpo nacional de policía, y se ha pagado con una de las tantas partidas presupuestarias que salen de todos nuestros impuestos.

Así que podría decirse que este coche es tan tuyo, como mío, y como el resto de personas con las que te cruzarás hoy.

Santiago aparta un segundo los ojos de la carretera para mirar otra vez a Leonardo. No sabe si lo que acaba de decir lo ha dicho para provocarlo o es que es así de entrometido.

—Apaga ese cigarrillo, anda, me estás molestando. Y para tu información, si el coche lo conduzco yo, es mío.

Leonardo sonríe con suficiencia.

—Si eso es lo que quieres pensar, eres libre de vivir engañado. Aunque no te culpo, el falso sentido de la posesión es uno de los principales problemas de nuestra generación —Tras darle un par de buenas caladas, apaga el cigarrillo y lo tira por la ventana.

El Nissan Qashqai en el que van los dos policías sobrepasa una señal de tráfico que indica que faltan diez kilómetros para llegar a Xàtiva, la localidad donde se encuentra la antigua papelera de San Jorge, el lugar al que se dirigen y donde fue la inspectora Berta Díaz unas horas antes de que le perdiesen la pista.

Tras unos cuantos minutos de incómodo silencio, toman la salida de la autovía en dirección a Xàtiva.

Santiago observa cómo su joven compañero se tensa cuando se cruzan con algún coche voluminoso o con algún camión.

Al parecer, el joven cerebro tiene miedo de morir aplastado en un accidente de tráfico.

Eso le arranca una pequeña sonrisa interior.

Cuando llegan al recinto exterior de la antigua papelera de San Jorge, Leonardo se apresura a salir del coche, pero Santiago le da el alto.

—Espera, Einstein, no tan deprisa.

—¿Qué ocurre?

—Nada, no ocurre nada. Pero quiero comprobar una cosa.

—¿Puedo saber qué?

Santiago mira a Leonardo y, nuevamente, disfruta con la expresión que se dibuja en su rostro. Al parecer, tampoco le gusta no ser él quien controle la situación, se pone nervioso cuando desconoce algo o no sabe lo que va a pasar.

—Solo intento tener una visión general del recinto que tenemos frente a nosotros, de las posibles entradas y salidas. Tal vez de una posible actividad en las últimas horas. No me gusta dar pasos en falso, en los momentos más importantes, la vida no da segundas oportunidades.

Leonardo mueve los ojos con rapidez de un lugar a otro para tratar de ver algo que llame su atención, pero él no tiene la destreza que tiene Santiago para apreciar ciertos detalles del entorno. Los detalles cruciales.

—Pronto nos quedaremos sin luz, ¿entramos ya? —Leonardo vuelve a poner su mano derecha en el tirador de la puerta.

—No te preocupes, llevo linterna, ¿o es que también te da miedo la oscuridad?

—La oscuridad no, lo que hay dentro de ella, puede que sí.

Santiago sonríe de nuevo siendo testigo de las vulnerabilidades del joven y se dice que, en el fondo, Leonardo es solo un niño con un cerebro privilegiado, pero un niño al fin y al cabo.

Salen del coche y recorren en silencio el perímetro del edificio principal del conjunto industrial que conforma la papelera.

Tras dar una vuelta completa solo encuentran un punto por el que poder entrar.

Es una puerta de reja. Ellos no lo saben, pero es la misma puerta por la que, unas horas antes, entró Berta.

Recorren dando pequeños pasos el interior del recinto sin encontrar nada que les haga pensar que allí dentro haya pasado algo.

Cuando llegan al final de la nave, ven unas escaleras que conducen a una planta inferior, a un sótano.

Santiago se queda mirando el hueco de la escalera durante un par de segundos.

Tensa la expresión de su cara, pero no dice nada.

Siente a Leonardo pegado a su espalda sin decir nada.

Bajan las escaleras en silencio y se adentran de lleno en la más completa oscuridad.

Recorren los estrechos y húmedos pasillos del sótano hasta que llegan a un habitáculo donde, aparte de una máquina de impresión industrial que, recientemente, alguien acaba de destrozar, también hay una humilde mesa de metal.

Sobre ella hay un reloj de arena de aproximadamente medio metro de alto.

Su estructura es de madera marrón oscura muy vieja, en su parte central hay una doble urna de cristal.

La urna superior todavía contiene la mayor parte de la arena, que va cayendo muy despacio hacia la de abajo.

Sobre la estructura hay grabados muchos símbolos y extrañas letras cuyo significado, a simple vista, desconocen.

Entre ellos, está el dragón enroscado. También hay una frase que sí está escrita en el alfabeto romano.

Es latín, y son solo tres palabras: « Solve et Coagula ».

Junto al reloj, también sobre la mesa, hay cuatro cubiletes de madera colocados hacia abajo, como los que utilizan los trileros.

Ni Santiago ni Leonardo dicen nada durante los siguientes diez segundos. Los dos, medio hipnotizados, intentan encontrarle un sentido a la escena.

Santiago se gira buscando la opinión del cerebro de la Unidad de Inteligencia, que no se hace esperar.

—No me gusta —dice Leonardo mirando el reloj de arena.

—¿El qué?

— Solve et Coagula . Es una de las grandes máximas de la Alquimia. Posteriormente también ha sido utilizada por muchas logias, sociedades secretas y sectas satánicas.

—¿Qué significa?

—Literalmente significa disolver y coagular.

Pero para los alquimistas tenía un significado bastante más profundo.

Para poder construir algo nuevo, algo más perfecto, previamente había que destruir lo que ya había.

Esto no solo lo aplicaban a lo físico, sino también a lo espiritual.

Así que, para crear personas más prefectas, antes tenían que destruir las que ya había, tenían que morir.

Consideraban que el cuerpo encerraba al alma, el cual tenía que perecer para que el alma pudiese llegar a otro nivel.

Todo esto, obviamente, requería de un proceso previo de preparación al que ellos llamaban Opus Magnum , la Gran Obra.

Santiago, con la mirada puesta en el reloj de arena, pero sin perder de vista que si están allí es porque su compañera no da señales de vida, pregunta:

—¿Crees que nos está queriendo decir que va a matar Berta para convertirla en algo mejor, en un ser más perfecto?

Leonardo hace una pequeña mueca con los labios.

—No exactamente. Que Berta lo tiene realmente mal, eso está claro, pero creo que se refiere más bien a otra cosa.

A lo que lleva preparando todo este tiempo, a eso para lo que está preparando al jefe.

Quiere destruir algo, y quiere hacerlo a lo grande, para después, empezar de cero otra vez en busca de algo mejor, más perfecto.

Tal vez deberíamos empezar a prepararnos para lo peor, para algo realmente malo.

Ahora es Santiago quien, tras escuchar las palabras del joven, siente verdadero miedo.

Piensa de nuevo en la foto de esa chica que guarda en la cartera, la misma de la que está enamorado desde hace veinticinco años y a la que nunca se ha atrevido a decirle nada.

Santiago puede ser capaz de adentrarse de lleno en la peor de las batallas, pero le aterra mostrar sus sentimientos más profundos, concretamente los más bellos.

—¿Alguna idea sobre los cuatro cubos? —pregunta Santiago.

—Ni la más remota, pero habrá que levantarlos.

Leonardo, que no parece sentir ningún tipo de atracción por el riesgo, espera a que sea Santiago quien los levante, que no tiene reparo alguno en hacerlo.

Bajo el primero de los cubos hay unas semillas de trigo amarillas.

Bajo el segundo hay una carta del Tarot, concretamente la número trece, la Muerte.

Bajo el tercero hay un anillo, y Santiago no tarda reconocerlo, pertenece a Berta.

Bajo el cuarto cubo hay un pequeño coche de juguete de color amarillo.

Antes de salir de allí, llaman a la Científica para que se ponga cuanto antes a rastrear toda la papelera en busca de alguna prueba o pista que les pueda decir algo acerca del lugar donde podría estar Berta, pero tanto el uno como el otro, en esos momentos, sienten que todavía están más en desventaja con la persona que está haciendo todo eso.

En lugar de estar acercándose, parece que se alejan.