CAPÍTULO 40
LA MÁS TIERNA INFANCIA
Presente
Esther
Hacía mucho tiempo que Esther no sentía su interior tan agitado.
Pensaba que esa fase ya estaba superada.
La discusión que ha presenciado entre sus padres le ha afectado más de lo que debería, y eso hace que se sienta un poco preocupada.
Porque se supone que a estas alturas ya tendría que haber cortado todos los lazos emocionales que la unían a su familia carnal, pero al parecer todavía quedaba alguno.
Los recuerdos de la más tierna infancia, la única época de su vida en la que considera que realmente fue feliz, se cuelan en su cabeza que, como el viento que aprovecha cualquier resquicio o grieta, entra por las ventanas en una noche de tormenta.
Su padre y su madre trabajan juntos para terminar de montar el árbol de Navidad.
Valentina, la pequeña, tiene poco más de dos años, pero ya corretea tan rápido como alguien de tres.
Lidia, que ya ha cumplido los cuatro, se ha convertido en esa hermana con la que poder jugar, pintar y reír a todas horas, se ha convertido, con creces, en su mejor amiga.
Las dos ayudan a sus padres a colocar la decoración navideña, que se miran de reojo y se sonríen dándose tiernos codazos cada vez que alguna de sus hijas los sorprende con sus ingeniosos comentarios sobre dónde colocar esto o aquello.
En ese momento, sin ser consciente de ello, Esther se siente la niña más afortunada del mundo.
La invade algo indescriptible que, a una velocidad imposible de calcular, recorre cada terminación nerviosa de su cuerpo para llenarla de la más pura felicidad.
Esa bonita e inolvidable sensación, por alguna razón que desconoce, no volverá nunca más.
A partir de entonces todo irá a peor. Su vida se convertirá en una continua e interminable caída hacia un lugar cuyo fondo no parece tener fin.
Un par de lágrimas descienden por el rostro de Esther, que apresura el paso mientras se esfuerza por hacer los ejercicios que el Profeta les enseñó. Esos que sirven para eliminar todos los recuerdos que impiden avanzar, los falsos recuerdos de felicidad, como el Profeta los llama.
Cuando llega al centro de interpretación donde el Profeta les ha dicho que debían estar, llama a la puerta golpeando cuatro veces la aldaba de bronce con forma de cabeza de león.
Tiene miedo a que alguien vea que ha estado llorando y piensen que ha sufrido una recaída, que no está preparada.
Espera unos segundos y llama otra vez con cuatro nuevos golpes. La puerta se abre y la hacen pasar.
Se despoja de toda su ropa y, mientras se pone una túnica blanca, se va sintiendo cada vez más tranquila.
Respira con fuerza y la paz interior vuelve a ella como por arte de magia.
Se dirige hasta el salón de las oraciones y se sienta sobre sus rodillas junto al resto que repite los mantras uno detrás de otro: «la verdadera familia nunca te juzga, te comprende».
«La verdadera familia nunca te abandona, permanece a tu lado».
«La verdadera familia no te dice quién debes ser, deja que seas quien realmente eres».
«La verdadera familia no espera nada de ti ni te empuja a que hagas algo que no quieres, deja que fluyas hacia la vida, que sigas tu propio camino».
No lleva allí ni un minuto cuando alguien llega y se queda de pie, a su lado, le tiende una túnica negra.
No dice nada, pero ese gesto lo dice todo.
La túnica blanca es para los puros de corazón.
Es para los que están preparados. La túnica negra es para los que todavía no lo están.
Tarda unos segundos en reaccionar, tras los cuales se levanta.
Por mucho que no le guste ni le apetezca, sabe qué debe hacer.
Son las normas. En el Movimiento todo el mundo es libre para ser quien realmente es, pero eso no significa que no deban respetarse ciertos ritos que contribuyen a su buen funcionamiento, a su crecimiento y a su cohesión.
Para que todo fluya en armonía se han de respetar las nueve normas que son iguales para todo el mundo.
Esther se quita la túnica blanca y se coloca la negra. Después acompaña a la persona que se la ha tendido fuera de la sala de las oraciones. Se han dado cuenta de que no está bien.
Llega a otra habitación donde hay unas ocho personas.
Todas ellas vestidas con túnicas negras.
Están sentadas sobre sus rodillas de cara a una pared.
Esther imita al resto, cierra los ojos y empieza con las respiraciones, con los ejercicios para dejar la mente en blanco.
No han pasado ni cinco minutos cuando percibe una presencia a su lado.
A pesar de no verlo, sabe que es el Profeta.
Lo reconoce por su olor, por su ruidosa respiración a través de la máscara que siempre lleva puesta.
Nunca le ha visto su verdadera cara. De hecho, en el Movimiento hay quien dice que no tiene una cara definida y que ningún miembro tiene permitido verla porque en realidad esa es la cara de Dios.
Y la cara de Dios solo se puede ver cuando se da el paso al otro lado.
—Ten, tómate esto —dice el Profeta tendiéndole una pequeña copa dorada.
Esther se gira unos pocos milímetros y coge la copa que le está tendiendo el Profeta.
No sabe qué es, pero tiene un olor muy fuerte y un color blanquecino, y si el Profeta se la ofrece se la tiene que beber.
Le da un fuerte trago y siente un escozor en la garganta.
De reojo, ve que las otras personas también tienen a su lado una copa como la suya que ya está vacía.
Esther percibe cómo el Profeta se retira un par de metros, pero no se marcha de la habitación, permanece allí dentro en silencio.
Unos cinco minutos más tarde, Esther empieza a sentir algo extraño.
Es como un fuerte pinchazo en el pecho. A ese pinchazo le siguen unos fuertes calambres estomacales y, a continuación, empieza a sentir cómo le falta el aire, luego empieza a perder la sensibilidad en las piernas, en los muslos, en los brazos.
La persona que tiene al lado cae de espaldas hacia atrás como un cuerpo inerte.
Esther se gira para ver lo que le sucede.
Tiene los ojos en blanco y la boca llena de una baba blanca.
La chica que tiene al otro lado, a su derecha, también cae de espaldas.
Luego, una tras otra, también cae el resto.
Esther empieza a sentir cómo su corazón se retuerce por detrás de su pecho con una intensidad imposible de soportar.
Todo da vueltas a su alrededor. De pronto, deja de ser consciente de lo que está pasando. Ella también cae de espaldas.