La Norma Número Diez CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

EL CÍRCULO INFINITO

La cuarta norma dice que el tiempo de permanencia general en el Movimiento será por un año, no obstante, se podrá prorrogar anualmente previa evaluación psicológica. No existe tiempo de permanencia máxima, ni en el Movimiento ni en un centro de interpretación concreto.

El libro de tapas de piel marrón que le dio el hombre de pelo cano no es demasiado grueso, pero sus páginas son finas como el papel de fumar, eso hace que, lo que parecía corto, en realidad sea largo.

Tras tres tazas de café y un par de horas sin levantarse del sillón, Ezequiel está empezando a sentir que ha sido víctima de algún tipo de estafa que no termina de comprender.

El libro está escrito en una lengua que desconoce por completo, así que no ha sido capaz de leer ni una sola palabra.

Se enfada consigo mismo por haber creído por un solo segundo que realmente podría encontrar algún tipo de información o de respuesta útil en ese libro.

La frustración, sumada a la rabia que deja tras de sí el engaño y la estafa, hace que Ezequiel se levante del sillón y, preso de la más absoluta desesperación, lance el libro contra una de las paredes de la habitación, estrellándolo con fuerza.

Una especie de crack se escucha con claridad.

El libro no tarda ni medio segundo en caer al suelo.

Un nuevo crack, esta vez parecido al que se escucha cuando se rompe un cristal, resuena entre las cuatro paredes del humilde cuarto.

Algo en el interior de Ezequiel, esa conciencia e inclinación por hacer las cosas bien, hace que se sienta horriblemente mal.

Con el corazón encogido por lo que acaba de hacer, y porque una parte de él ya ha empezado a asumir que no hay nada que pueda hacer por su hijo, se acerca hasta el libro y lo recoge como a un animal herido al que acaban de atropellar, con suma delicadeza para no dañarlo más.

No tarda en darse cuenta que después del fuerte golpe contra la pared, las cubiertas del libro han perdido la firmeza.

Han pasado de ser rígidas como una tabla de cortar alimentos a ser como dos sacos medio vacíos.

A través de la piel de la cubierta percibe que tras ella hay una estructura que juraría que es similar al cristal y que con el golpe se ha partido en mil pedazos.

La curiosidad y el misterio que rodean a ese libro no hacen más que aumentar.

Sin pensarlo demasiado, Ezequiel va hasta la cocina y escoge el cuchillo más afilado de cuantos tiene; el deshuesador.

Abre el libro por la cubierta superior y, con sumo cuidado, va cortando la piel que la reviste justo por el lugar por donde parece haber sido cosida.

Cuando ha terminado por ese lado, continúa con la cubierta posterior, repitiendo la misma operación.

Todo él se llena de una extraña esperanza.

En cuanto termina de descoser toda la cubierta de piel, la extiende en su totalidad y, antes de proceder a separar con cuidado las páginas del libro, observa con curiosidad que dicha piel forma un rectángulo de aproximadamente cincuenta centímetros de ancho por unos veinticinco de alto.

Lo que le había parecido algo similar al cristal, en realidad es una especie de resina fosilizada de color amarillento que alguien trabajó con esmero para lograr una superficie plana y uniforme.

Los ojos de Ezequiel se iluminan cuando ve que, bajo los trocitos de esa resina, sobre la parte interna de esa cubierta de piel, hay dibujado un mapa.

Al retirar todos los trocitos de resina ve que entre ellos también hay otra cosa que lo llena de inquietud.

Es una especie de esfera con un agujero en el centro, es como un medallón traslúcido que dibuja un dragón comiéndose a sí mismo, igual que el que colgaba del cuello del hombre de pelo cano o de algunas personas más que estaban con él.

Ezequiel no tarda en empezar a identificar en el mapa algunas formas que le resultan familiares.

De un salto corre hasta la habitación de su hijo y descuelga de la pared el mapamundi enmarcado que le regalaron un par de años atrás.

Su emoción se vuelve más intensa cuando comprueba que, efectivamente, el mapa dibuja un lugar real, uno que se encuentra entre la India y China.

Si no se equivoca, ese lugar es un punto concreto del Tíbet, rodeado por las imponentes montañas del Himalaya.

En la esquina superior del mapa, puede ver una especie de circunferencia en cuyo centro hay como una parte del mapa ampliada.

En esta ocasión, junto con ese conjunto de palabras escritas en un alfabeto que le es completamente desconocido, también hay dos palabras que sí están escritas en el alfabeto romano: Lhasa.

Dongji. Tras hacer una rápida búsqueda en la gran enciclopedia que Laura y él compraron a plazos para que su hijo pudiese tener acceso a todo tipo de conocimientos, ve que Lhasa es la capital del Tíbet, también conocida como la ciudad sagrada, y que Dongji es una pequeña región de dicha capital que se encuentra perdida entre las montañas que más se acercan al cielo.

Preso de una emoción incontenible y sin ni siquiera haberlo racionalizado ni un segundo, se dice que el hombre de pelo cano, después de todo, puede que no le estuviese mintiendo, que en ese lugar podría encontrar ese camino para llegar hasta el alma de su hijo.

Antes de dar un paso más, y mientras no deja de observar esa circunferencia del mapa ampliada, sus ojos se van directos hacia el medallón con forma de dragón enroscado.

A simple vista, circunferencia y medallón tienen un tamaño y una forma similar.

Instintivamente, lo coge y lo coloca sobre la circunferencia del mapa.

A través del cristal de ámbar puede ver, como si de una lupa se tratara, una serie de números seguidos por una letra que, debido a su minúsculo tamaño, apenas eran visibles, todo indica a que son coordenadas geográficas.

Al lado de dichas coordenadas, también puede leer varias palabras más escritas en el alfabeto romano cuyo significado desconoce por completo.

Con todo su interior a punto de explotar, y decidiendo en un segundo plano de su conciencia que se ha de marchar a ese lugar inmediatamente, escucha el ruido de unas llaves. Es su mujer entrando por la puerta de casa.