CAPÍTULO 39
EL PRIMER INTERROGATORIO
Cinco días después del Solsticio de Invierno
Se llama Axel Ruiz, y presuntamente forma parte del Movimiento desde el principio.
Es un hombre de cincuenta y dos años, con el pelo ensortijado y el abdomen prominente.
Tiene los ojos de un verde muy oscuro. De mirada punzante y cejas pobladas.
Las manos fuertes, grandes, llenas de callosidades.
Cuando se sienta en la silla que hay frente a la mesa de la sala de interrogatorios, la inspectora Elísabet Bru puede sentir, a tan solo metro y medio de distancia, el intenso calor que desprende.
Elísabet se toma unos segundos antes de preguntar, no solo está buscando la mejor forma de empezar, también busca encontrar el tono correcto.
Después de varios años de inactividad, los interrogatorios, como cualquier otra actividad, requieren una presteza y un temple que solo se consigue con la práctica y la experiencia.
—¿Podría saber cómo está mi madre? Llevo casi cinco días encerrado y todavía no me han dicho nada.
—No es el momento de hablar de su madre, señor Ruiz, sino de los cargos de los que se le acusa, por cierto, tiene claro cuáles son, ¿verdad?
Axel agacha un poco la cabeza en un gesto apocado.
—Señor Ruiz, está siendo investigado por delitos de tortura, contra la salud pública, contra la integridad moral, contra la vida, por delitos de coacción, de falsedad documental y probablemente también de asociación de ilícita, bueno, y cómo no, por delitos de terrorismo.
Me gustaría saber, para empezar, cómo se declara ante tales acusaciones.
Axel Ruiz alza un poco el cuello y mira a la inspectora contrariado.
—¿Por qué el delito de terrorismo?
Elísabet lo mira de forma reprobatoria.
—Eso pregúnteselo mejor al fiscal jefe, pero creo que, de todas las acusaciones que le he nombrado, me parece que precisamente esa es de las que está más clara.
El terror que habéis sembrado entre la población durante la última semana es algo que hacía años que no se veía, en cuanto al resto de cargos que se le imputan, por lo que veo, no los niega, ¿cierto?
Axel vuelve a mirarla desde la contrariedad. Da la impresión de estar inmerso en un estado de estupor. Es como si de pronto hubiese despertado en un lugar y en un día distinto a los que él creía que estaba.
—Por lo que tengo entendido, señor Ruiz, usted empezó a formar parte del Movimiento, también llamado, Movimiento para la liberación del alma humana , desde sus inicios, ¿es cierto?
Axel sube la mirada y, en esta ocasión, afirma con la cabeza sin titubear.
—Y dígame, ¿podría decirme dónde encontrar a la persona responsable de todo esto?
Axel se encoge de hombros. Luego dice que no con la cabeza.
—Tenga en cuenta que prestar falso testimonio es un delito muy grave, señor Ruiz, encubrir a un asesino de masas, lo es todavía más.
Axel vuelve a levantar la cabeza con la expresión llena de contrariedad.
—No tengo ni idea de dónde podría estar en estos momentos.
Elísabet lo mira con dureza.
—De acuerdo, usted verá lo que hace. Cambiando de tema, ¿recuerda en qué año empezó el Movimiento?
Axel dirige una mirada hacia arriba. Hace memoria.
—Yo diría que entre el ochenta y siete y el ochenta y ocho, por aquel entonces yo tenía entre diecisiete o dieciocho años. Estaba terminando el instituto.
—¿Y qué puede decirme de esos inicios? ¿Por qué se unió a ellos?
—El profesor Diego Valbuena nos ofreció la oportunidad de participar en una especie de estudio que consistía en crear algo nuevo, algo distinto, algo de verdad, y para gente como yo, oportunidades así, no pasan todos los días.
—¿A qué te refieres con lo de gente como tú?
—Pues a eso, a gente como yo. Gente que no encaja, que se siente incomprendida, que no se siente identificada con el estilo de vida de la sociedad de su época, ni con las ideologías políticas o religiosas. Gente que necesitamos llenar un vacío.
—¿Qué vacío? ¿A qué vacío se refiere?
Axel mira a Elísabet con solemnidad. Luego, señalado su propio pecho con el dedo índice, dice:
—A este de aquí, inspectora, al vacío interior. ¿Usted nunca lo ha sentido?
—No sé a qué se está refiriendo.
—Me refiero al lugar desde donde partimos y desde el que tomamos cada una de nuestras decisiones, el lugar donde se supone que deberían encontrarse las certezas y respuestas a las preguntas más básicas y necesarias del ser humano, muchas personas sentimos que lo tenemos vacío.
—¿Puedo saber a qué certezas y respuestas se refiere exactamente?
—Cuál es el sentido de nuestra existencia, por qué estamos aquí, en la Tierra, qué ocurre después de la muerte, y un largo etcétera más que, si usted misma se para a pensar, no tendrá problemas en identificar.
—Y por lo que puedo entrever, todas esas respuestas y certezas, sí se encontraban en el Movimiento, ¿verdad?
Axel mira a Elísabet con mayor seriedad.
—Sí, por supuesto que sí.
—Y dígame, señor Ruiz, ¿en qué lugar de toda esta historia encajan la tortura, los asesinatos, las amenazas o la coacción?
Axel agacha la cabeza con cierta vergüenza.
—No hacíamos daño a nadie, el Movimiento funcionaba y no queríamos que parara, tan solo queríamos…
—¿Qué? ¿Qué es lo que queríais?
—Queríamos saber la gran verdad, inspectora, y llegar a ella.
—¿Y cuál es esa gran verdad?
—La gran verdad es la gran verdad, la respuesta a si hay vida después de la muerte, a si todo esto, nuestra vida, la existencia en sí, tiene algún sentido. A esa verdad me refiero.
Elísabet asiente mientras anota algo en su cuaderno. Percibe cómo Axel se reacomoda en la silla.
—Sigo sin entender qué tienen que ver todas estas cuestiones con torturar y asesinar a personas, pero por lo que estoy viendo, me está dando la impresión de que ni usted mismo entiende lo que le estoy preguntando, eso me lleva a pensar que, o bien es usted un mentiroso, o bien, solo era la marioneta de otra persona, alguien a quien, desde un principio, han estado mintiendo y engañando.
—¡No! —dice Axel alzando la voz.
—Sí, señor Ruiz, sí. Y no levante la voz, haga el favor, de momento no tengo problemas de audición, no quisiera empezar a tenerlos por su culpa. Todas esas respuestas y certezas a las que usted se ha referido antes, tan solo eran una burda mentira, un engaño.
—¡No! ¡No era mentira! ¡Usted es la que miente! —Además de alzar la voz, Axel también se levanta.
—Señor, Ruiz, vuelva a sentarse. Haga el favor.
—Y usted retire lo que ha dicho —dice Axel apuntándola con un dedo.
—No tengo nada que retirar, señor Ruiz, todo, absolutamente todo, era una burda mentira, usted y todos los demás no han sido más que las marionetas de una persona muy enferma.
—¡Miente! ¡Miente! ¡Miente! —grita Axel mientras se acerca a Elísabet con la intención de agredirla.
No ha dado ni un paso cuando dos funcionarios de prisiones entran en la sala de interrogatorios y lo reducen con suma rapidez.
El estado de nerviosismo y agitación de Axel es tal que la inspectora Elísabet Bru tiene que suspender la sesión de interrogatorios.
Cuando vuelve a quedarse ella sola, no puede evitar mirar hacia ese lugar del que le ha hablado Axel, el lugar donde se supone que se encuentran esas certezas y respuestas desde las que dirige su vida.
Es una mirada fugaz, no contemplativa, pero suficiente para ver que, allí dentro, tal y como ha dicho Axel, tampoco hay nada.