CAPÍTULO 36
NO SERÁ FÁCIL
Demasiados años juntos como para saber a la perfección que, aunque apenas se estén viendo últimamente, su marido lleva días rumiando algo.
Pero Laura no tiene fuerzas para preguntarle nada.
Su marido siempre ha sido alguien incansable, en cierta manera igual que ella, pero con otras técnicas, aun así, nunca hubiese imaginado que llegaría a donde algún día llegará.
Y el motivo por el que Laura está tan cansada y, como consecuencia, pase tan poco tiempo cerca de su marido, es que ha pedido el traslado a la sala de hospitalización donde está ingresado su hijo.
Aunque no sea lo habitual ni, según mucha de la gente de su alrededor, lo más recomendable, ella ha querido ser la persona que preste los cuidados que su hijo necesita diariamente.
Es tal su implicación que muchos días dobla los turnos o duerme en el hospital para no despegarse de él ni un instante.
Pero el tiempo va pasando, y el estado cognitivo de Teo, tal y como los médicos adelantaron, no ha cambiado ni un solo milímetro.
El problema es que su corazón y su presión intracraneal no siempre permanecen estables, la adaptación de su cuerpo a la profunda intervención quirúrgica que le hicieron no está siendo buena.
Así que nadie se atrevería a apostar muy fuerte a que el corazón de Teo siguiese latiendo durante mucho más tiempo.
Y es en ese punto donde Ezequiel toma de una vez la decisión que lleva tantos días meditando: volver al bosque donde estuvo su hijo y pedirle ayuda al hombre de pelo cano. A ese que, como si de una especie de brujo se tratase, le adelantó que volvería a buscarlo.
Ezequiel no comenta nada con su mujer porque no quiere calentarle más la cabeza con sus cosas.
Cada uno está librando esa guerra a su manera, Laura en el hospital, permaneciendo junto a su hijo más tiempo del saludable, y Ezequiel maquinando la forma de ir más allá, de encontrar métodos alternativos para conseguir que su hijo vuelva, que no muera.
De camino al bosque piensa mucho en los cuatro chicos que abandonaron a su hijo en el río, en realidad lo ha estado haciendo desde el día que lo encontraron.
Por su cabeza no han dejado de pasearse pensamientos horribles.
Como por ejemplo tomar algún tipo de represalia hacia esos chicos, darles un susto, un escarmiento por su insensatez, por su falta de responsabilidad y de humanidad.
De todos ellos solo uno ha tenido la delicadeza de ir a visitar a Teo en alguna ocasión.
El pequeño Hugo Vilafranca. Los otros tres, como no queriendo mostrar ningún tipo de arrepentimiento que los pudiese de algún modo vincular con lo ocurrido, no han mostrado ni un ápice de empatía con Teo ni con él o su mujer.
Y eso es algo que enfada profundamente a Ezequiel.
Porque ve en ese detalle un gran menosprecio hacia su hijo, hacia lo que más quiere.
Si ha habido algo que lo haya contenido es que ir contra esos chicos tampoco le devolvería a su hijo, solo haría que se encontrase aun peor, pero aún así…
no puede quitarse esa idea de la cabeza, la de darles un severo escarmiento a esos chicos que no dijeron nada.
Esos chicos, aparte de Hugo Vilafranca, son Enrique Lavara, José Ricardo, y el peor de todos ellos, su líder, Raimundo Viel.
Tarda casi tres horas en encontrar el misterioso poblado donde estuvo Teo. El silencio reina en ese claro del bosque, tras recorrer algunas de las cabañas de madera y comprobar que están todas vacías, se dirige al templo que, medio quemado, sigue en pie.
Para su sorpresa y tranquilidad, en el interior del templo encuentra a cuatro personas.
Tres mujeres jóvenes que están terminando de meter algunas cosas en cajas y el hombre de pelo cano, que les está dando instrucciones precisas acerca de algo que no logra escuchar bien.
Al advertir su presencia, las tres chicas se quedan medio paralizadas, el hombre de pelo cano, a quien se dirigen como «Maestro», levanta la mirada y no puede sentir cierto asombro en su interior, que se apresura a cubrir con esa serenidad de la que ya hizo gala la primera vez que se vieron.
Apenas unos momentos antes sentía que todo había terminado, que el Movimiento —y todo lo que hay tras él—, había llegado su fin, pero ver la presencia de ese hombre allí, hace que se replantee nuevamente si no debería continuar, después de todo, él siempre ha sido el primero en creer que realmente estaban construyendo algo importante, que realmente iban a llegar a un lugar al que nadie nunca antes había llegado, a pesar de ese otro trasfondo artificial que jamás ha hablado con nadie.
—Ezequiel. Te estaba esperando. Has tardado más de lo que pensaba, pero ya estás aquí. ¿Hablamos? —dice el «Maestro» llenándose nuevamente de ilusión.
Ezequiel asiente sin decir ni hacer nada. Se fija de nuevo en el colgante del dragón enroscado que ese hombre lleva y en el extraño silbato con forma de cilindro que también cuelga de su cuello.
—Cuando nos fuimos de aquí me dijiste que algún día volvería a buscarte.
—Y aquí estás.
—¿Qué querías decir exactamente?
—¿Cómo está Teo?
—En coma profundo. Aunque tal vez no por mucho tiempo. Su corazón se está apagando.
—¿Y qué es lo que deseas? ¿Por qué has venido aquí?
El entrecejo de Ezequiel se contrae con fuerza.
—Creo que eso lo sabes de sobra. Quiero que mi hijo viva, y he venido aquí por qué tú me dijiste que me ayudarías a llegar hasta él.
El hombre de pelo cano inclina la cabeza hacia delante en tono afirmativo, su corazón palpita con fuerza.
Internamente, vuelve a creer con todas sus fuerzas en el Movimiento, en que debe continuar, hasta el final, hasta las últimas consecuencias.
Levantarán un nuevo centro de interpretación no muy lejos de allí, tiene a su disposición más terrenos en otras zonas de las Hoces del Cabriel algo más escondidas, y recursos económicos no le faltan.
—El lugar en el que se encuentra tu hijo no es lo que tú piensas. No es un lugar como este.
—Mi hijo está en una habitación del Hospital General de Requena, por supuesto que no es un lugar como este.
—No me refiero a eso, sino al alma y a la conciencia de tu hijo, es ahí a donde tienes que llegar para salvarlo, para traerlo de vuelta.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Cómo llego hasta su alma?
El hombre de pelo cano emite una profunda respiración.
—No es un camino fácil, ni tampoco seguro. ¿Hasta dónde serías capaz de llegar?
Ezequiel extiende ambos brazos, la sombra que proyecta su cuerpo sobre el suelo dibuja la silueta de una cruz.
—Hasta donde haga falta.
—¿Tienes miedo?
—A perder a mi hijo sí, y mucho. Al resto, no.
El hombre de pelo cano se muestra satisfecho con la respuesta.
—¿Qué serías capaz de dar a cambio de la vida de tu hijo?
—Todo cuanto tengo y pueda tener en esta vida, para mí él lo es todo, así que, si lo pierdo, todo pierde el sentido.
—Cuando dices que darías todo cuanto tienes, ¿eso incluye tu propia vida?
—Por supuesto que sí.
El Maestro vuelve a hacer otra pausa, se recrea de nuevo observando a Ezequiel. Luego mira hacia un lado, donde hay unas cuantas cajas apiladas, las mismas que estaban manipulando las tres jóvenes cuando él entró al templo.
—¿Sabes lo que hay dentro de esas cajas?
—No.
—Son libros muy antiguos. Libros que muy pocas personas han leído.
Tratan sobre cosas importantes, las más importantes de la vida, de secretos que nadie más conoce.
En esos libros hay muchas de las respuestas a las grandes preguntas del ser humano.
Todos ellos son especiales, y todos son imprescindibles, pero hay uno en concreto que está reservado para ti.
El corazón de Ezequiel se acelera con fuerza. Expectación y miedo se entremezclan en un remolino lacerante.
—¿Qué hay en ese libro?
—Es un libro que habla sobre lo que tú necesitas para traer a tu hijo de vuelta, es un conocimiento sobre el único modo que existe.
—¿Qué modo es ese?
—Como ya te he dicho antes, tu hijo está en un lugar que no es como este. Es el lugar que hay más allá de la vida. Si quieres traer a Teo de vuelta, tienes que ir hasta allí. En el libro del que te hablo se explica cómo ir a ese sitio, aunque, tal y como te he dicho, no es fácil.
Ezequiel cabecea sin saber muy bien qué responder.
Una parte de él piensa que está perdiendo el tiempo, que su hijo podría estar muriéndose en ese momento mientras él intenta razonar con un lunático, con una persona que en cierta manera tiene parte de culpa del estado en el que se encuentra su hijo.
Si en lugar de haberlo tenido tirado en una camilla durante tres días lo hubiese trasladado a un hospital en cuanto lo vio, tal vez en estos momentos no estarían manteniendo esa conversación.
—¿Puedo saber por qué no llevaste a mi hijo a un hospital en cuanto lo viste? No sé si lo sabes, pero podría denunciarte por secuestro, negar la asistencia médica, y por unas cuantas cosas más relacionadas con lo que tenías aquí montado y de lo que ahora no me apetece hablar.
El hombre de pelo cano, que internamente siente cierta zozobra, da la apariencia de no inmutarse ante las acusaciones y amenazas de Ezequiel.
Pero en el fondo él sabe perfectamente que hizo una apuesta muy fuerte tomando la decisión de que Teo fuese trasladado al interior del templo y no a un hospital, una apuesta casi tan fuerte como la que está a punto de hacer entregándole el libro que le va a entregar a Ezequiel.
—Tu hijo hubiese muerto si no lo hubiésemos recogido, eso para empezar.
¿Y quién te dice que hubiese llegado con vida al hospital de haberlo llevado en ese mismo momento?
¿Quién no te dice que los cuidados que recibió aquí no fueron buenos?
¿Quién no te dice que, si en estos momentos aún sigue con vida, es gracias a lo que hicimos por él? ¿A este lugar?
Ezequiel va a rebatirle que los cuidados que su hijo está recibiendo en el hospital nada tienen que ver con los que estuviese recibiendo en el camastro donde lo encontraron, pero no le apetece discutir más sobre eso.
Lo cierto es que si está allí es porque su hijo se está muriendo, porque se va a morir si alguien no lo impide, si él no lo impide.
Porque lo que está claro es que el cuerpo médico ya lo ha dado por perdido.
Algo que, el hombre que tiene enfrente, por loco que parezca, no ha hecho.
—Está bien, no quiero discutir más sobre esto ahora. Ya veré qué hago si esto sale mal. Dime qué es exactamente lo que he de hacer para salvar a mi hijo, y lo haré.
El hombre de pelo cano hace una pausa meditada y a continuación se agacha y abre una de las cajas que hay en el suelo. No necesita escarbar demasiado para encontrar el libro que busca. Tiene las tapas tapizadas en piel marrón, cerradas con una especie de hebilla de latón.
—Olvida todo cuanto has oído, escuchado o aprendido con anterioridad y después lee este libro con atención, pero sin tratar de racionalizar nada.
Solo dejando que el libro llegue a ti conseguirás lo que quieres.
Ábrete a él y deja que te guíe. Después tendrás que dirigirte a un lugar que en él se indica y seguir con lo que se te pida.
El hombre de pelo cano extiende el brazo en el que tiene el libro, antes de dárselo, hace una pequeña pausa.
—Si te hago entrega de este libro es porque tu hijo es muy especial. Algún día será importante, y el mundo lo verá. Despójate de todos tus miedos, de todo cuanto se anteponga entre tú y tu objetivo, y, sobre todo, no te detengas ante nada. No pierdas nunca la confianza.
Tras esas palabras, hace entrega del libro a Ezequiel, cuya sobrecubierta, que está revestida en piel, tiene una rigidez mucho más dura de lo normal, es como si tras dicho revestimiento hubiese algún tipo de estructura sólida distinta al papel o al cartón.
Antes de marcharse de allí, Rai hace una última pregunta:
—¿Alguien ha hecho alguna vez lo que yo voy a hacer?
—No puedo responderte a esa pregunta. Solo que la confianza y la creencia plena es esencial para que funcione, es todo lo que puedo decirte.
Cuando llega a casa, como ya suele ser costumbre, su mujer no está. Así que se prepara una taza de café bien cargado, se sienta en el sillón de lectura que tiene en el cuarto, desata la hebilla de latón, y abre el libro por la primera página.