La Norma Número Diez CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

TODO SE DERRUMBA

Presente

Lo primero que hace Rai cuando sale de las oficinas de la UICAV es llamar a su mujer e hijas, pero ninguna le coge el teléfono. Pasa por el hotel donde están alojadas, pero le dicen que allí no están, que se han marchado hace al menos una hora. Rai intuye a dónde han ido.

Sin recrearse en pensamientos negativos, pisa el acelerador rumbo a Mas Camarena para llegar cuanto antes. Le duele todo. Hace dos días que no se ha tomado su medicación y en esos momentos es consciente de lo mucho que depende de ella para estar bien, o al menos para aparentar que lo está.

En cuanto entra en casa respira aliviado al comprobar que tanto su mujer como sus hijas están allí.

En ese momento se pregunta por qué no se marcha ahora mismo de allí con ellas a un lugar lo suficientemente lejos como para que todos puedan empezar de cero.

Se pregunta qué puede ser más importante que su familia, por qué no lo abandona todo y se dan una nueva oportunidad de hacer bien las cosas.

Impelido por esa energía que lo acaba de recorrer internamente, que lo empuja a cambiar radicalmente su vida, se dirige hacia su mujer con determinación, que se encuentra ordenando la cocina.

—Ana, ¿podemos hablar un momento?

Ana, cuya expresión denota un enfado muy grande, no responde. Cuando termina de guardar las cosas en el lavavajillas se dirige hacia el cuarto de la secadora y coge el aspirador.

—Ana, ¿te importa si hablamos un momento, por favor? Es importante.

Pero Ana continúa sin decir nada. Enciende el aspirador y se dirige al salón.

Lidia lee una revista con apatía en un extremo del sofá.

Valentina se quita el esmalte de uñas con los pies apoyados sobre una silla.

A Esther no la ve por ninguna parte. Imagina que debe estar encerrada en su habitación, con los cascos puestos a todo volumen o, quién sabe, empezando a estudiar ya las materias en las que se ha matriculado para el segundo cuatrimestre de Derecho.

Rai desconecta el cable del aspirador para llamar la atención de su mujer. Necesita hablar con ella como sea, aunque no sea eso lo que ella quiere en ese momento.

—Ana, por favor, hablemos.

Cuando Ana ve el cable del aspirador tirado en el suelo, siente el impulso de gritar con todas sus fuerzas.

Siempre tiene que ser cuando él quiere. Coge aire para empezar con la sesión de gritos, pero en el último instante se retiene.

No le gusta en lo que se están convirtiendo.

Siempre ha detestado a las parejas que se dicen de todo delante de sus hijos e hijas, exponiéndolos a una violencia doméstica cuyas consecuencias nunca son buenas.

Se prometió a sí misma, hace muchos años, que si algún día su matrimonio se convertía en uno de esos, lo dejaría.

Y hace ya un tiempo que, aunque le duela reconocerlo, se ha convertido en uno de esos.

Ana exhala el aire con lentitud y el rojo de sus mejillas pierde intensidad. Rai se ilusiona al ver que la vía de la comunicación se abre de nuevo entre los dos. Es él quien toma la palabra.

—Quiero que empecemos de cero en otra parte, Ana, los cinco juntos, quiero que todo sea como antes.

Tú y las chicas sois lo único que quiero.

Te pido perdón por todo. Por no haber sido mejor marido, ni mejor padre.

Por no haber estado más tiempo en casa. Por los traslados.

Por todo. Pero todo eso va a cambiar, te lo prometo.

Puedo ser quien tú quieras que sea. Te aseguro que puedo hacerlo.

Ana lo mira con lágrimas en los ojos.

—¿Y por acostarte con otra mujer? ¿Por eso también me vas a pedir perdón?

La pregunta de Ana coge a Rai desprevenido. Había olvidado por completo ese asunto. Ha dicho unas cuantas mentiras en su vida, algunas de ellas muy graves, pero no le ha sido infiel a su mujer, de eso está seguro, así que no tiene que mentir para decirlo alto y claro.

—Anoche no me acosté con ninguna mujer, Ana. Me quedé dormido en casa de Martina después de estar toda la noche trabajando, eso sí es verdad. Pero no hay ni ha habido nada entre nosotros dos. Te lo prometo —Rai empuja sus palabras con fuerza, tratando de que en ellas no quepa la duda.

—¿Y entonces por qué cuando te llamé no me dijiste que te habías ido a su casa? ¿Por qué me dijiste que llevabas toda la noche buscando pruebas?

Rai se hace esa pregunta a sí mismo, ¿por qué miente sin necesidad? Porque, ¿le resulta más fácil que decir la verdad? Eso le recuerda peligrosamente a alguien: su madre.

—La verdad es que no lo sé, supongo que por si reaccionabas como estás reaccionado y pensabas lo que no era, que es lo que ha pasado.

—Rai, no puedo más con esto. No quiero seguir así —Las palabras de Ana resuellan con tristeza. Se resquebrajan en el aire al no ser capaces de soportar el peso de su propia carga.

—Ana, te estoy diciendo que no pasó nada entre Martina y yo. Te lo juro.

—Rai, de verdad, déjalo, no me apetece estar discutiendo contigo esto. Me hace sentir como alguien que no soy.

—Vale, no discutamos, pero, por favor, no dudes ni por un segundo de mi amor por ti.

Ana niega con la cabeza. La ansiedad, como una suave brisa otoñal, rodea su cuello con aspereza. La conversación con Rai, como suele ser normal, no está yendo por donde ella quiere que vaya.

—No estás entendiendo nada, Rai. No dudo de que me quieras, por supuesto que no, ni a mí ni a nuestras hijas. Pero necesito un cambio. No puedo seguir con esto.

—Por supuesto, Ana. Lo sé. Por eso te he dicho que nos marchemos, que empecemos de cero en otra parte. Los cinco juntos.

—Raí, no lo estás entendiendo, no quiero que nos marchemos los cinco juntos, quiero que nos demos un tiempo, necesito que nos demos un tiempo.

Los ojos de Rai se llenan de lágrimas con rapidez.

Es cierto, no lo estaba entiendo, pero ahora sí lo entiende, perfectamente.

Levanta la mirada y ve que tanto Lidia como Valentina los miran con tristeza, con sufrimiento.

Se pregunta cuántas veces más, a lo largo de los últimos años, los habrán mirado así.

Desde esa preocupación tan sincera y primitiva.

—Ana, te prometo que todo va a cambiar, esta vez es de verdad, desde ya, y que vamos a empezar otra vez, y que voy a ser el hombre que quieres que sea, que necesitas que sea.

—No se trata de eso, Rai, tú tienes que ser quien realmente eres, ¿no te das cuenta? Ni yo ni tus hijas necesitamos que te conviertas en otra persona.

—¿Y entonces?

—Entonces, te lo pido por favor, Rai, quiero que nos separemos durante un tiempo.

Necesito pensar, despejar la mente, aclarar mis ideas y mis sentimientos.

Por favor, te pido que me respetes. Si no te quieres marchar tú, me marcho yo.

Esta casa es de los dos y no soy quien para decidir tal cosa.

Pero necesito espacio, y lo necesito ya.

La determinación y la desesperación con la que Ana le habla y lo mira hacen que Rai haga una pausa y se tome su tiempo antes de responder.

Mira de nuevo a sus hijas, que agachan la mirada con pena.

Lo que le está pidiendo su mujer lo entristece profundamente.

Después dirige su mirada a las escaleras que conducen a la primera planta.

Esther baja con una pequeña mochila colgada a la espalda.

Por la expresión de su cara, parece que también ha sido testigo, en la sombra, de la conversación que acaba de tener lugar en el salón del hogar.

De la inminente separación entre sus padres.

Pone rumbo hacia la puerta sin decir nada.

—¿Te marchas, Esther? —pregunta Rai viendo que su hija mayor acaba de pasar por delante de él sin decirle nada.

—Sí, he quedado con unos amigos.

—¿Con qué amigos?

Esther resopla con resignación y masculla algo inaudible. Luego abre la puerta para salir.

—Esther, perdona, no te oído, ¿a dónde has dicho que vas? ¿Y con qué amigos?

Esther se gira y mira a su padre con los ojos llenos de furia.

—¡He quedado con unos amigos! ¡Mis amigos! ¿Cómo quieres que te lo diga?

—No me levantes la voz, Esther, solo te estaba haciendo una pregunta.

—Y yo te he dado una respuesta, ¿qué más quieres?

Rai mira a su hija mayor con preocupación.

Nunca antes la había visto así, tan lejos, tan llena de rabia.

Se pregunta si solo está enfadada por lo que está pasando entre él y Ana o si hay algo más.

Él nunca ha sido bueno con las emociones, pero tiene claro que, a la edad de su hija, con las hormonas en plena ebullición, todo se complica aún más.

—Ve con cuidado, por favor, y vuelve pronto —dice Rai con el mejor tono de voz que puede reunir.

Esther se va dando un portazo. Y Rai, tras soltar un suspiro ahogado, se gira en busca de las miradas de su mujer y sus otras dos hijas.

Las tres lo evitan, como intentando no ser cómplice ni partícipe de lo que esté pensando.

La sensación de que aquello que lo mantenía unido a su familia, se ha roto, aumenta con cada minuto que pasa en esa casa.

Rai tarda unos diez minutos en cargar una pequeña maleta con unas cuantas cosas. Forzar otro tipo de situación solo empeoraría las cosas.

Antes de marcharse le pide a su esposa que esté muy pendiente de sus hijas, de cuándo entran y cuándo salen, algo que irrita todavía más a Ana, quien siempre ha tenido la sensación de que su marido la ve incapaz para hacer lo que él cree que hace tan bien: proteger y cuidar de sus hijas.

Tras despedirse de sus dos hijas con un frío abrazo, y de su mujer, con un adiós con la mano, se va de casa con el corazón lleno de tristeza y contrariedad. Se dice que la única manera de protegerlas, es dar cuanto antes con ese asaltante. Después ya encontrará la forma de recuperarlas.

En cuanto se sienta en el coche recibe una llamada de Martina Vega.

Le dice que ha encontrado algo muy importante que podría acercarlos al asaltante, o al menos al lugar del que proviene: Villagordo del Cabriel.

Rai tiene que hacer una pequeña pausa antes de responder, coger aire y tratar de controlar la respiración.

Después pone rumbo hasta el domicilio de la psicóloga para que le cuente todos los detalles con la horrible sensación de que todo se está derrumbando, todo lo que había construido y levantado con sus propias manos, se está viniendo abajo.

Solo espera que el derrumbamiento no coja a su familia dentro.