La Norma Número Diez CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

AHORA ME TOCA A MÍ

La intervención de Teo dura unas ocho horas.

El cuerpo médico y el personal de enfermería han dado lo mejor que tenían, y dentro de lo que cabe, la operación ha sido todo un éxito.

Teo está estable y sus constantes ya han dejado de sufrir esos temibles vaivenes, pero a pesar de todo el esfuerzo, no han conseguido hacer que despierte.

—Pero, ¿cuándo despertará? —pregunta Ezequiel con inocencia.

El médico busca la mejor forma de decirlo. No le resulta fácil. El cansancio está haciendo mella en él.

—Su hijo está ahora en lo que llamamos estado de coma, un estado profundo de inconsciencia cuya progresión es muy difícil de determinar.

Hay que esperar a ver cómo evoluciona la presión intracraneal y repetir algunas pruebas dentro de unos días.

También habrá que estar pendientes de ver cómo responde y se adapta el corazón, aparte del triple bypass también hemos tenido que intervenir la válvula aórtica y la pulmonar.

El nivel al que hemos intervenido el corazón de su hijo es poco habitual, así que no es fácil saber qué esperar.

—¿Y entonces? ¿Ahora qué?

—Como ya le he dicho, ahora hay que esperar —reitera el médico, que no sabe qué más puede decir.

Laura, en un gesto que sorprende a Ezequiel, coge las manos de su marido y lo mira a los ojos con ternura. Trata de transmitirle algo de calma y serenidad, de sosiego, es lo mejor que pueden hacer en ese momento.

—¿Cuándo podremos verlo? —pregunta Laura mostrando algo más de entereza.

—En un rato lo trasladarán a la UCI, cuando lo hayan instalado les avisarán para que puedan estar con él un rato.

—Gracias.

El médico se marcha arrastrando un poco el pie izquierdo.

Aproximadamente una hora después les avisan de que ya pueden ir a ver a su hijo, y es lo que hacen.

Tanto el uno como el otro se emocionan, se asustan, lloran y, sobre todo, se alegran de volver a ver a su hijo. Los envuelve un torbellino de emociones y sentimientos difíciles de diferenciar y, mucho menos, de controlar.

Tras unos cuantos minutos en los que lo besan una infinidad de veces, lo cogen de la mano y le dicen lo mucho que lo quieren, las enfermeras de la sala les piden amablemente que se tienen que marchar, que el tiempo de visita ha terminado.

Tras algo más de una semana en la UCI, justo el tiempo que el cerebro de su hijo tarda en reabsorber todo el edema, a Teo le retiran la válvula intracraneal y, tras realizar una nueva resonancia y un nuevo TAC, es trasladado a una planta de hospitalización normal.

El diagnóstico, tras largas discusiones entre el equipo médico y valorar todos los datos y resultados de las pruebas que le han estado haciendo, es absolutamente demoledor.

Teo se encuentra en estado de muerte cerebral.

El equipo médico, tratando de impregnar a sus palabras de las debidas condolencias, les informan que a partir de ahora poco más van a poder hacer por su hijo, aparte, claro está, de prestarle los cuidados que necesite su cuerpo para seguir funcionando.

Pero no pueden esperar que su hijo despierte próximamente ni, en el caso de que lo haga, tenga alguna de sus funciones cognitivas principales conservadas.

Su hijo está y estará a partir de ahora en lo que se conoce como estado vegetativo.

Tras esa dura noticia, Ezequiel, que siente cómo todo su ser se revela y se retuerce en su interior, con los ojos llenos de lágrimas, piensa: los médicos ya han terminado su trabajo, ahora me toca a mí.