La Norma Número Diez CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

LA PAPELERA DE SAN JORGE

Presente

La inspectora Berta Díaz ha tardado unos cincuenta minutos en llegar a la antigua papelera de San Jorge, situada en las afueras de la localidad de Xàtiva. El termómetro marca unos cinco grados menos que en Valencia, y eso hace que sienta un poco de frío.

La fábrica de papel es mucho más grande de lo que se esperaba, dado que la papelera en cuestión está formada por un conjunto de edificaciones que deben abarcar entre los quince y los veinte mil metros cuadrados.

Tiene dos grandes chimeneas de piedra que flanquean el recinto y apuntan hacia el cielo con asombrosa rectitud.

Durante el trayecto a la papelera Berta ha vuelto a pensar en Sergio, el joven al que conoció hace unos meses en una cafetería y con quien inició una relación sentimental que ella misma se encargó de aniquilar de la noche a la mañana, como suele hacer con la mayoría de cosas que la atan a la vida.

Primero estuvo un par de años como ingeniera militar profesional en una tranquila base del ejército, pero cuando todo apuntaba a que la iban a ascender, lo dejó y se marchó a Irak para adiestrar al ejército iraquí y ayudarlo en su lucha contra el DAESH.

Después de cinco años en el país asiático, y con todo a su favor para ser la nueva coordinadora de una de las bases más importantes del ejército a nivel internacional, tras un terrible suceso que la cambiaría para siempre, decidió que su periplo allí había terminado.

Luego se hizo policía, y no tampoco tardó en destacar sobre el resto, antes de que su carrera fuese a más, solicitó participar en el proceso selectivo de la unidad que acababan de crear para la investigación de crímenes altamente violentos.

Antes de entrar en la primera edificación con la que se topa, se vuelve a preguntar lo mismo que lleva preguntándose durante los últimos meses, ¿hacia dónde está dirigiendo exactamente su vida?

¿Dónde y cómo se ve dentro de diez años?

¿Y de veinte? ¿Por qué siempre se encarga de romper con todo aquello que la ata a algo?

¿Qué busca exactamente? Pero rápidamente saca de su cabeza todos esos pensamientos y se centra de lleno en la misión que tiene ante ella

Las ventanas del edificio que está frente a ella están tapiadas, así como la mayoría de puertas.

Da un rodeo en busca de algún punto por el que pueda entrar y, tras casi darle toda la vuelta a la nave, ve una puerta trasera que no ha sido tapiada, que está cerrada por una puerta de reja que no le lleva más de un minuto abrirla.

Al entrar en la nave percibe un olor muy característico. Es el olor que desprende un libro nuevo cuando lo abres por una página al azar y acercas la nariz a la parte central.

Tras unos cuantos pasos entre restos de viejas máquinas industriales despedazadas en los que no ve nada que llame su interés, se topa en el suelo con una página de papel que sí llama su atención, principalmente porque, a diferenciar de todo lo que hay allí, no parece que tenga acumulada cantidades ingentes de suciedad y polvo, parece haber sido impresa hace muy poco.

Es como la llamada portadilla de un libro, una de las primeras páginas impresas.

En ella está escrito: “ El Libro de las Instrucciones ”.

Bajo dicho título, impreso con un tamaño de fuente más pequeño, pone: “ La Enseñanza Original ”, y un poco más abajo, a pie de página, está escrita la frase “ Después de las tinieblas, llega la luz ”.

Berta frunce el ceño y se pregunta qué tipo de libro es ese exactamente.

Siente el impulso de seguir buscando más páginas, pero un ruido seco hace que sus sentidos se agudicen.

Tras ese ruido se vuelve a escuchar otro muy parecido.

Es como si se hubiese caído algo muy pesado cerca de donde está ella.

Mira hacia su alrededor en busca de su procedencia y localiza a muy pocos metros unas escaleras descendentes que, al parecer, conducen a una planta inferior, a un sótano.

La experiencia le dice que tal vez debería pedir refuerzos, de hecho, el terrible incidente de Irak tuvo un origen similar y, casualidades de la vida, ella actuó de forma similar a como va a actuar ahora.

Pero, ¿qué otra cosa puede hacer? ¿No bajar?

Tal vez esté a pocos metros de la persona responsable de lo que está pasando, tal vez esté a pocos segundos de dar con ella y acabar con el caso de una vez e impedir que más personas puedan estar en peligro.

Así que desenfunda su arma reglamentaria con mucho cuidado y empieza a bajar dichas escaleras tratando de no hacer ruido.

Una vez abajo ve que ante ella solo hay un pasillo que, de no ser por una suave luz que procede del final del mismo, estaría completamente a oscuras.

No ha dado ni cuatro pasos cuando vuelve a escuchar el mismo ruido de antes, pero con más intensidad.

Sus manos se tensan sobre la pistola. Aprieta los músculos de su abdomen y los de sus hombros.

Cuando Berta llega hasta el final del pasillo, tuerce hacia la derecha, la única opción posible.

Y tras recorrer unos cinco metros llega a una habitación de unos veinte metros cuadrados, es de ahí de donde procede la luz.

Al fondo de dicha habitación hay una imprenta mucho más moderna que las que se ha encontrado a pedazos en la planta de arriba y que, a pesar de haberse quedado sin papel, sigue funcionando.

De ella proviene el ruido que ha escuchado antes.

La máquina tiene el eje de uno de los rodillos un poco suelto y golpea contra el de abajo de vez en cuando.

A un lado de dicha máquina puede ver varias pilas de libros a los que solo les falta la cubierta.

El olor a tinta y a aceite industrial es muy intenso.

Se acerca lentamente hasta la pila de libros, pero antes de que pueda alcanzar uno de ellos, siente la presencia de una persona justo detrás de ella.

—Inspectora Berta Díaz, encantado de saludarla.

Antes de que lo piense, le aconsejo que no intente girarse.

Todavía no ha llegado su momento, así que no trate de acelerar el curso de lo que va a pasar.

Si es tan amable, deje su pistola en el suelo lentamente —La voz de esa persona es como un susurro quejumbroso.

Berta aprieta los párpados con fuerza y hace lo que le piden.

Deja la pistola en el suelo muy lentamente.

Después se endereza y sube las manos a la altura de sus hombros.

Internamente se pregunta si esa persona se encuentra a su izquierda o a su derecha, si está a más o menos de un metro de distancia.

Todo eso es fundamental para neutralizarla.

Pero parece que también para so llega tarde.

—Si está pensando en girarse para poder alcanzarme, le adelanto que no lo logrará, en cambio en la pistola que hay en mi mano hay una bala que si la alcanzará a usted si trata de intentarlo.

Creo que ya he dado muestras suficientes de que no soy precisamente un bromista. De que cuando hablo lo hago en serio.

—¿Quién eres? ¿Qué es lo quieres? —pregunta Berta sin hacer ademán de girarse.

—Inspectora Diaz, en este juego, las preguntas las hago yo, y curiosamente tengo una para usted.

—¿Cuál?

—¿Qué es para usted la felicidad?

—¿Cómo dice?

—Creo que la pregunta es muy sencilla. Responda y seguirá jugando.

—¿Y si no?

—¿De verdad quiere averiguarlo?

Berta tiene una larga experiencia tratando de razonar con personas que estaban a punto de cometer un crimen.

Con el paso de los años ha aprendido a distinguir cuándo puede lograr que la persona con la que negocia cambie de opinión o no.

Tiene claro que la persona que tiene detrás no va a dialogar, no en la dirección que a ella le gustaría.

Así que decide seguirle el juego a la espera de encontrar una oportunidad.

—La felicidad es alcanzar aquello por lo que luchas, aquello que anhelas.

La persona que tiene detrás esboza un carraspeo que se entremezcla con un pequeño arranque de tos.

—Respuesta incorrecta, inspectora. La felicidad es justo lo contrario, no desear ni anhelar alcanzar nada. Solo dejarse llevar y dar gracias por lo que se te da.

Berta se queda pensando un instante en la respuesta de la persona que tiene detrás. Después responde.

—Supongo que depende de cada persona. No todo el mundo ve las cosas de la misma manera.

—Se equivoca, inspectora. Eso es precisamente lo que quieren que pensemos, pero las cosas solo son de una manera, puede estar segura de ello.

Segunda pregunta, ¿hacia dónde se dirige exactamente, inspectora?

Y antes de que me responda con otra pregunta, me refiero a su vida, ¿hacia dónde la está dirigiendo?

Berta hace una pausa antes de responder. Tiene la impresión de que la persona que tiene detrás le está leyendo la mente, porque esa misma pregunta se la ha hecho ella misma varias veces durante las últimas semanas. Y la respuesta, en su interior, siempre aparece muy borrosa.

—Intento hacer las cosas bien.

—¿Hacer las cosas bien? Querrá decir que intenta hacer el bien, ¿no es así?

—Más o menos.

—¿Y con qué fin?

—Hacer de este un mundo mejor. Evitar que mueran personas inocentes.

—Buena respuesta, inspectora. Por lo que veo no es muy distinta a la que yo daría, eso me gusta. Tercera y última pregunta, ¿alguna vez ha pensado en la muerte?

—Por supuesto que sí.

—¿Y qué es lo que piensa exactamente?

Berta se toma unos segundos. Tiene claro que todo el mundo termina muriendo, pero también que es un horror que haya personas que tengan que hacerlo antes de tiempo.

—Que es algo natural que tarde o temprano siempre termina ocurriendo, cada persona tiene su tiempo, y nadie debería interferir para cambiar eso.

—Me gusta, inspectora, ha empezado mal, pero ha terminado bien. Aunque eso no signifique que su tercera respuesta sea la correcta. A veces sí que hay que interferir para cambiar eso.

Antes de que Berta pueda asimilar las palabras de la persona que tiene detrás y poder reaccionar, recibe un golpe seco en la parte posterior de la cabeza que hace que inmediatamente pierda el conocimiento. Su cuerpo se desploma en el suelo mientras a su alrededor se dibuja un charco de sangre.