La Norma Número Diez CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

LA TEMPLANZA

Presente

Enhorabuena, inspector jefe. Veo que no me equivocaba con usted. Ahora ya es una persona más fuerte y más justa, posee dos de las virtudes más valiosas y poderosas que puede adquirir un ser humano. ¿Ve como no era tan difícil? ¿Y ve qué bien se siente?

Pero todavía no hemos terminado. Aunque ya falta menos.

Se preguntará qué viene ahora, aunque imagino que a estas alturas ya sabrá que nos quedan dos, ¿no es así, jefe?

Dos para llegar al final. Dos para que todo acabe.

Todavía me pregunto si será capaz de lograrlo, en cualquier caso, dentro de muy poco, con o sin usted, habremos terminado.

Seguro que no termina de comprender por qué arriesgar la vida de tantos niños para que usted aprendiese a ser justo, pero le sugiero que no lo haga, no malgaste su tiempo con eso, no lo entendería, no en estos momentos.

El caso es que no han muerto, al menos de momento.

Porque todos morimos antes o después, jefe, no lo olvide.

La vida es un ciclo, nada más, del que tarde o temprano debemos escapar.

Este es un mundo en el que nacemos, crecemos y vivimos rodeados de tentaciones y placeres que acostumbran a erigirse por encima de nuestra razón, a gobernar nuestros actos y a dirigir nuestras vidas.

Si no somos capaces de controlar nuestras propias emociones, solo somos seres vulnerables, como animales.

Ese es el siguiente paso que debe dar, jefe.

Debe ser capaz de adquirir la templanza suficiente que le permita sofocar y ahuyentar el deseo, que le permita tener a raya sus emociones, por muy fuertes que a veces sean.

Nunca debe permitir que estén por encima de su razón, que es el lugar desde donde se deben tomar las decisiones.

Porque actuar en caliente nos aleja del objetivo, jefe, ¿no cree?

Solo piense durante unos instantes en lo que acabo de decirle y trasládelo a su propia vida, a su propia historia.

Piense en todas las veces en las que ha actuado movido por la rabia, el miedo, el deseo, la ambición, la ira, el rencor, incluso el amor.

Seguro que son más de las que se imaginaba.

Ahora piense qué habría escogido o cómo habría actuado de haber tenido la templanza suficiente para pensar bien las cosas.

No puedo decirle mucho más, de lo contrario estropearía el factor sorpresa, solo ha de estar muy atento porque la siguiente prueba será inminente, también distinta a todas las demás, puede ocurrir en cualquier lugar, a cualquier hora, de cualquier manera.

Esté muy pendiente de sus seres queridos, de todos los que están cercan de usted.

Ya ha visto en más de una ocasión lo fácil que sería perder a alguien, ¿verdad?

No pierda el tiempo, inspector, y sumérjase de lleno en la boca del dragón.

Nos vemos muy pronto .

Rai y los miembros de la unidad que se encuentran con él, que son el subinspector Santiago Bermejo, Martina Vega, el veterano Claudio y el joven Leonardo Castro, a quien Rai le ha levantado el castigo tras su rápida resolución de la información que le pidió, han leído la tercera carta al menos diez veces durante los últimos treinta minutos.

Y de momento nadie ha encontrado la clave para resolver el tercer reto, aunque todos coinciden en que, por la referencia final a sumergirse de lleno en la boca del dragón , el elemento clave esta vez podría ser el agua, que es donde se sumergen las cosas.

No han pasado ni treinta minutos desde que llegaron a la oficina cuando irrumpe como un tornado Miguel Ángel Ochoa. Su rostro es la viva imagen de la furia y el enfado.

—¿Se puede saber qué mierdas has hecho? —Miguel Ángel está rojo como el Sol de un amanecer en verano.

Rai lo mira desde el cansancio. Se encoge de hombros. Su jefe no parece consciente de que en los últimos dos días no ha dejado de arriesgar su propia vida, de que está siendo sometido a una presión que muy pocos aguantarían.

—Mi trabajo.

—¿Tu trabajo, dices? ¿Encima te ríes de mí? ¿Llamas trabajo a entrar en un puto quirófano a mano armada?

—Se iba a cometer una gran injusticia.

—¡Me cago en la puta! ¿Qué coño de injusticia? ¡Estaban a punto de operar a un crío y tú lo has impedido! ¡Estás loco!

—En cambio han operado a otro niño que esperaba desde mucho antes.

—¿Sabes quién es el padre del niño al que has impedido que operasen?

—Ni idea.

—Por supuesto que no. Claro que no. ¿Por qué ibas a saber que es uno de los empresarios más importantes de este país? ¿Por qué ibas a saber que esto traería unas consecuencias catastróficas? ¡Ese hombre está pidiendo tu puta cabeza, la mía y la de los que están por encima de mí!

Rai inspira profundamente antes de responder. Valora el enfado de Miguel Ángel y trata de entenderlo. No le cuesta demasiado trabajo lograrlo, aunque no esté de acuerdo con él.

—Tome las decisiones que estime oportunas, jefe, pero en mi defensa diré que usted me contrató porque necesitaba crear una unidad policial diferencial, una que tomase las mejores decisiones en las situaciones más críticas. Y eso es lo que he hecho.

El rostro de Miguel Ángel se colorea todavía más.

Está siendo testigo en primera fila de cómo su criatura se revela contra él.

Se siente como el doctor Víctor Frankenstein, horrorizado al ser consciente del monstruo que ha creado.

Formó la Unidad de Investigación de Crímenes Altamente Violentos para no tener los problemas que habían tenido sus predecesores, para resolver los casos que suelen acarrear problemas a nivel político en tiempo récord.

No pensó que fuese la propia unidad la que fuese a terminar creándoselos.

Seleccionó a Rai porque lo vio hablar un día en las noticias, en la posterior rueda de prensa a la desarticulación de una peligrosa banda criminal que operaba en varias ciudades del territorio español.

Le impresionó su tranquilidad al hablar, su elocuencia, sus ideas claras.

Por eso le dio plenos poderes para formar una unidad de élite a su medida, con la única excepción de Leonardo Castro, claro está.

Al joven de la central de inteligencia también lo seleccionó él personalmente para dotar de más cerebro a la unidad.

—Lo que has hecho es ponernos a todos la soga al cuello, Rai. Me gustaría encontrar una sola razón por la que no deba destituirte ahora mismo.

—Si habla con los TEDAX le explicarán mejor que yo la fuerza explosiva que poseían las dos bombas que han desactivado de un autobús infantil con setenta y cinco personas en su interior, sesenta y siete de las cuales eran menores de edad.

Sé que es difícil de entender, pero la persona que está detrás de todo esto hubiese hecho volar por los aires ese autobús sin parpadear de no haber hecho lo que he hecho.

—Ah, ¿sí? Pues a mí lo que me parece es que te han utilizado. Te han coaccionado para que cometieses un grave delito en nombre de otra persona.

—El delito lo iba a cometer el cuerpo médico que había dejado fuera de una operación a un niño que, para más gravedad, aguardaba ante su última oportunidad de seguir viviendo. Puedo enseñarle las historias clínicas que demuestran lo que digo. Pégueles un vistazo y verá que estoy en lo cierto.

Miguel Ángel, algo más tranquilo, entrecierra los ojos y masajea sus párpados con su mano derecha.

—¿Ya tienes alguna idea de por qué ese psicópata se dirige a ti en particular?

Rai se vuelve a encoger de hombros.

—Estamos trabajando en ello, espero que podamos averiguarlo muy pronto —dice con sequedad.

Miguel Ángel mira una vez más a Rai. Después mira al resto del equipo y siente algo de pena por ellos.

Lo cierto es que no quisiera estar en su lugar.

Lo cierto es que, si ese autobús llega a explotar, la situación sería muchísimo peor.

Se recoloca un poco el pelo y se ajusta el traje tirando un poco de las solapas del mismo.

Después vuelve apuntar a Rai con un dedo.

—Voy a tener que hacer malabares para que esto no nos revienta en la cara.

Entretanto, no quiero ni media palabra a la prensa o a cualquier otra persona que no sea de esta unidad, porque os aseguro que entonces nos asfixiarán de tal manera que no podremos respirar, y entonces esta unidad y todos nosotros nos iremos rápidamente a tomar por culo.

Y por Dios, traedme a ese puto loco cuanto antes, quiero mirarle a los ojos y darle el par de hostias más grandes que le han dado en su vida.

Cuando el jefe superior abandona la oficina de la unidad, Rai da órdenes a la Científica de que analicen al milímetro el autobús donde iban los niños en busca de alguna huella en la zona cercana al lugar donde estaban alojadas las bombas, también en busca de alguna cámara que pudiese estar alojada en algún lugar de ese autobús, porque está convencido de que estaban siendo observados.

Santiago insiste en buscar profundamente en el entorno y en el pasado de Rai, algo en lo que todos coinciden, empezando por Leonardo Castro, quien se ofrece para participar activamente en dicha misión.

Rai no se opone a tal propuesta, pero sigue sin querer mirar hacia atrás, mucho menos dejar salir y escuchar lo que le tenga que decir la persona que mantiene encerrada en el sótano.

Asigna al joven Leonardo y al veterano Claudio a revisar los expedientes de los peores criminales a los que Rai ha encerrado durante los últimos años, tal vez entre ellos haya alguien especialmente enfadado.

Martina Vega, por su parte, propone seguir investigando las cartas con mayor profundidad en busca de las posibles motivaciones de esa persona, en busca de su posible vinculación con una religión o creencia que pueda orientarlos hacia el verdadero propósito de lo que está haciendo.

Santiago se encargará de continuar interrogando a algunas personas de la discoteca Mya, así como también a los adultos que iban en ese autobús.

Antes de dividirse, llaman a la inspectora Berta Diaz para ver si ha visto algo relevante en la papelera de San Jorge, pero de momento no les coge el teléfono.

Rai, a quien no le han pasado desapercibidas las advertencias de la última carta a que cuide de su familia, se marcha a descansar y a ver a su mujer e hijas. Antes de continuar necesita estar seguro de que no van a sufrir ningún daño.