La Norma Número Diez CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

LA VIDA DE MENTIRA

Presente

Esther

Esther siempre ha sentido que no encajaba, que no era como las demás personas. De pequeña nunca le faltó de nada, pero lo que a la mayoría de niñas y niños le hacía sonreír, por alguna extraña y desconocida razón, a ella solo la convertían en alguien cada día más infeliz.

Siempre ha tenido la impresión de estar viviendo una vida de mentira.

De que más que vivir, lo que ha hecho es interpretar a un personaje que no le hace la menor gracia.

Y siente rabia porque, si bien antes pensaba que era la única en esa situación, ahora cree que la realidad es que hay mucha gente en la misma situación que a ella, meros intérpretes que no se atreven a decir ni a hacer nada por cambiar la vida de mentira sobre la que gira el mundo.

Piensa que en un mundo donde reina la interpretación, si alguien se queja del guión o del director, lo sacan inmediatamente de la función.

En algún momento de su vida llegó a pensar que tenía una depresión endógena.

Que, si no conseguía ser feliz, teniéndolo todo a su alcance, era porque el problema era ella, o que estaba dentro de ella.

Pero, afortunadamente, ya no piensa así.

No desde que conoció a las personas que pertenecen al Movimiento, las que se concentran en los centros de interpretación.

Y eso, en parte, tiene que agradecérselo a su padre.

Si no se hubiesen ido a vivir a Valencia en uno de sus traslados, tal vez, nunca los hubiese conocido, y entonces sí estaría perdida.

En el Movimiento nadie tiene que demostrar nada.

No hay compromisos ni obligaciones. Nadie juzga a nadie.

Las personas escuchan de verdad, con todo su ser, no anhelan que alguien termine de hablar para coger el turno de palabra.

En el Movimiento, todo el mundo ama a todo el mundo, sin excepción, porque las personas son lo único que realmente importa, ningún bien material tiene la menor importancia cuando se compara con la vida de una persona.

No hay que llegar a ningún lugar, a ninguna meta, el Movimiento es el lugar, vivir cada día es la verdadera meta.

Esther respira profundamente y llena sus pulmones de aire.

Agradece al mundo y al universo todo cuanto es ella, todo cuanto hay a su alrededor.

Se despoja como cada mañana de la rabia y el resentimiento que lleva años acumulando, de los miedos, inseguridades y preocupaciones infundadas, y se centra en las personas que, como ella, forman parte del Movimiento, en lo que le transmiten y le enseñan cada día.

Ahora sabe que su vida tiene sentido y, sobre todo, cuál es su verdadero propósito.

Ella ha nacido, tal y como no se cansa de decir el Profeta, para ayudar a enseñarle al mundo el verdadero camino.

El camino para encontrar la vida eterna.