CAPÍTULO 28
EL MÁS TEMIBLE DE LOS DRAGONES
La tercera norma dice que cada persona podrá escoger entre gratificaciones directas o indirectas.
Las directas están recogidas en el anexo I, y serán proporcionales a la antigüedad y al rol adoptado en el Movimiento.
Las indirectas están recogidas en el anexo II, y supondrán mejoras en el rol adoptado en el Movimiento, así como también la adquisición de otro tipo de derechos en el interior de los centros de interpretación.
El trayecto hasta el Hospital General de Requena dura casi treinta minutos.
Cuando entran al hospital acceden directamente al box de críticos del servicio de urgencias pediátricas.
Lo primero que hacen es transferir a Teo a la camilla de dicho box.
Luego conectan todo el aparataje del monitor de constantes y lo intuban para que reciba el aporte de oxígeno necesario para seguir respirando.
Acto seguido, alguien le pide amablemente a Laura que no puede estar allí, que debe abandonar el box, y ella, que todavía sigue en estado de shock, hace lo que le piden.
Nuevamente con sentimientos encontrados.
Ella es pediatra, y el paciente que hay tras las puertas de ese box es su único hijo, pero en ese momento siente que todas sus fuerzas, todos sus conocimientos, la han abandonado.
En cuanto se cierran las puertas del box de críticos, Laura vuelve a escuchar el odioso pitido que emite el electrocardiograma cuando un corazón se para. Luego se escuchan voces de alarma, pequeñas discusiones sobre qué pauta de resucitación aplicar, sobre el amperaje eléctrico con el que empezar.
Laura no puede soportarlo más. Se tapa los oídos y cierra los párpados con fuerza en un vago intento por aislarse del mundo, de la realidad. No es consciente del tiempo que pasa en esa posición, en ese estado de turbación. Ni tampoco de lo que está ocurriendo en el box.
Muy a lo lejos, como esa voz que se pierde y que se percibe al final de los sueños, escucha cómo alguien pronuncia su nombre.
—Laura, Laura…
Una mano, de forma tierna y paternal, acaricia la parte posterior de su cabeza. Abre los párpados y, a pesar de que sus ojos están sumergidos en lágrimas, distingue el rostro de su marido frente a ella, de Ezequiel.
—Ya estoy aquí, Laura, ¿cómo está Teo?
Laura solo es capaz de dirigir su mirada hacia el box de críticos, cuya doble puerta se está abriendo justo en ese momento.
Dos celadores empujan la camilla donde, cubierto por una maraña de tubos y cables, está su hijo.
Al menos tres personas más acompañan el traslado a ambos lados de la camilla.
Un médico se fija en ellos y se acerca con determinación.
—¿Lo padres de Teo? —pregunta mientras se quita los guantes de látex.
—Sí, somos nosotros —dice Ezequiel con preocupación—. ¿Cómo está Teo?
—Vamos a hacerle un TAC de cuerpo completo, unas radiografías y un ecocardiograma. Necesitamos saber cuanto antes el alcance de las posibles lesiones internas que pueda tener.
—Pero, ¿cómo está?
El médico mira a Ezequiel sin saber muy bien qué decir. Luego mira a Laura, que permanece absorta mirando al suelo.
—Hace un momento ha vuelto a sufrir una parada cardiorrespiratoria, y ya es la segunda en la última hora. Necesitamos evitar a toda costa que haya una tercera, y para eso tenemos que ver con mayor precisión si tiene algo interno que impide que su cuerpo se estabilice.
Ezequiel asiente y dirige su mirada hacia Laura, cuya mente está en otra parte.
—Tenemos una sala de espera privada para ocasiones como esta, creo que estarán mejor allí, les iremos informando cuando tengamos novedades.
—De acuerdo, muchas gracias por todo.
—De nada, un celador les acompañará enseguida.
El médico hace ademán de marcharse tras la camilla en la que trasladan a Teo, pero antes de que haya dado dos pasos, Ezequiel lo interpela.
—Doctor.
El médico se gira con cara de circunstancias.
—Dígame.
—Prométame que no permitirá que me hijo muera —dice Ezequiel con desesperación.
El médico vuelve a quedarse sin palabras.
Los padres necesitan palabras de esperanza, o al menos un gesto que abra la puerta a un futuro mejor, pero sabe de sobra que no puede prometer nada de eso, que no puede abrir esa puerta, porque no depende de él y porque tener que explicar que al final no se ha podido hacer nada, es todavía más difícil de asimilar.
—Vamos a hacer todo cuanto esté en nuestras manos, hasta el final. Su hijo está librando ahora una gran batalla, y mientras podamos, no lo vamos a abandonar.
—Gracias —dice Ezequiel, conmovido.
Durante la hora siguiente no reciben ningún tipo de información.
Son los sesenta minutos más largos de sus vidas.
Después se abre con sigilo la puerta de la pequeña sala de espera donde han permanecido.
Es el mismo médico con el que hablaron cuando se llevaron a Teo al TAC quien está frente ellos.
Su rostro está ligeramente congestionado.
Entre sus manos sujeta unos cuantos papeles.
—Ya hemos terminado de hacerle todas las pruebas a Teo —Al médico se le traba un poco la voz y tiene que hacer una pausa para deshacerse de toda emoción.
No hay lugar para los sentimientos cuando se planta cara a la muerte.
Si te muestras débil ante ella, pierdes, y si te muestras demasiado valiente, también pierdes.
Tanto Ezequiel como Laura lo miran sin decir nada. No se atreven ni siquiera a preguntar.
—Su hijo necesita una intervención urgente de corazón y una transfusión masiva de sangre, también vamos a tener que extirparle medio pulmón y probablemente un riñón.
Luego habrá que ponerle una válvula en la parte posterior de la cabeza para intentar bajar la presión intracraneal.
Necesito que me firmen estos papeles para ponernos en marcha cuanto antes.
Tanto Ezequiel como Laura se miran de refilón, pero no dicen nada. Los dos son plenamente conscientes de la gravedad.
—¿Tiene un bolígrafo? —pregunta Laura en un tono monocorde sin ni siquiera consultarlo con su marido.
—Claro, aquí tiene.
Laura firma uno por uno los consentimientos para las diferentes técnicas quirúrgicas que le van a practicar a su hijo.
Ezequiel puede leer fugazmente que en esos documentos repiten constantemente que no se hacen responsables de los posibles resultados que puedan tener esas cirugías.
Laura le devuelve al médico los consentimientos y el bolígrafo sin mirarlo a los ojos, como el condenado a muerte que espera derrotado y abandonado a los pies del cadalso.
—La intervención durará unas cuantas horas, disponemos de una sala más amplia con sillones que suele ocupar el personal del hospital que hace las guardias, pueden esperar allí si lo prefieren. Ya he dado instrucciones para que no les molesten.
—No será necesario, aquí estamos bien. Gracias de todos modos —dice Ezequiel tratando de corresponder algo de la amabilidad con la que el médico los está tratando.
En cuanto vuelven a quedarse en la más absoluta soledad, y viendo que ante ellos está la espera más larga de cuantas se han enfrentado, cada uno trata de refugiarse en ese espacio interior seguro que, a medida que pasan las horas, es cada vez más minúsculo.
Ezequiel se concentra en todo por lo que ha tenido que pasar en la vida, en todas las adversidades a las que se ha enfrentado desde su más tierna infancia, todo lo que ha luchado y todos los dragones a los que ha conseguido vencer.
Se pregunta ahora qué puede hacer, cómo enfrentarse al más temible, grande y poderoso de los dragones de cuantos ha visto y conocido: cómo enfrentarse a la muerte.