CAPÍTULO 27 #3
—Al mismo al que tienes quitándole el polvo al archivo, a Leonardo Castro. Formaba parte de la Unidad Central de Inteligencia Criminal. Es posible que él sí pueda ayudarnos, junto a Claudio, por supuesto, no quiero menospreciar a la tercera edad.
Rai no tarda más que lo que dura una exhalación en tomar, muy a su pesar, una decisión.
—De acuerdo. Voy a llamarlo. Pero tú avisa a Claudio, por favor. Si averiguas algo más me avisas.
—Buena decisión, Rai. Ve con cuidado.
Rai cuelga el teléfono y pone rumbo a toda velocidad al Hospital General. Faltan diez minutos para las cuatro, nuevamente tiene que pisar a fondo el acelerador.
De camino al hospital llama al «regalo» del Jefe Superior, a Leonardo Castro. Le cuenta en tiempo récord lo que necesita, lo que quiere que averigüe, a lo que el joven le responde, con su habitual soberbia, que eso para él no va a suponer ninguna dificultad.
Tras una carrera suicida por llegar al hospital antes de la cuatro, y tras recibir las llamadas del subinspector Santiago Bermejo y de la joven profesora Silvana para preguntar si ya pueden respirar tranquilos, Rai aparca frente a la puerta principal del hospital.
Donde puede ver a un matrimonio que debe tener su misma edad y que, con los rostros abatidos de tanto llorar, sostiene un cartel en alto que dice: «justicia para nuestro hijo».
Rai pasa ante ellos y lo único que tiene tiempo de preguntarles es por el quirófano donde van a operar a ese niño, el mismo donde iban a operar a su hijo, a lo que los padres, con un renacido brillo en los ojos, responden que se encuentra en el edificio anexo que hay junto al hospital.
Concretamente en la primera planta, quirófano número diez.
Rai corre hacia allí con todas sus fuerzas, falta un minuto para las cuatro.
Desconoce la rigurosidad de la puntualidad en los hospitales, pero tiene claro lo que pasará si el contador que hay bajo el autobús llega a cero sin que haya parado esa operación, lo que le lleva a pensar de forma fugaz en que, en el caso de que consiguiese parar esa operación y que dicho corazón recayese en el niño que han dejado fuera, ¿de qué forma iba a enterarse el asaltante de que lo ha logrado?
Sin tiempo para pensar en ese detalle, Rai entra al edificio anexo en busca de ese quirófano, cuando llega hasta allí, y justo antes de que irrumpa en él, recibe la llamada que estaba esperando. Es Leonardo Castro.
—Juraría que los padres del niño tienen razón, tanto Claudio como yo lo hemos visto más o menos claro.
A su hijo le han movido la silla sin un porqué claro.
Hemos comparado el historial clínico de ambos niños con un programa informático y son prácticamente idénticos, sin diferencias remarcables.
Tampoco hemos visto ningún informe que justifique el cambio de criterio en la operación.
—¿Estás seguro de lo que me estás contando, Leonardo?
—Teniendo en cuenta la información de la que disponemos, sí, aunque siempre cabe la posibilidad de que haya algún informe en papel físico que diga lo contrario y que por alguna razón no esté junto al resto de información.
—De acuerdo, Leonardo, buen trabajo, hablamos.
Tras colgar el teléfono y sin la menor idea de lo que va a hacer, Rai irrumpe en el quirófano número diez empujando las puertas batientes con fuerza.
—Dejen lo que están haciendo, ahora mismo —Las contundentes palabras de Rai hacen que las siete personas que hay dentro del quirófano, se giren de golpe.
—Pero, ¿quién es usted? ¿Quién le ha dejado entrar aquí? ¿Es consciente de que estamos a punto de empezar una intervención de trasplante de corazón, ¿es que está mal de la cabeza? —dice la mujer que está más próxima al niño que yace tumbado y dormido sobre la mesa de quirófano.
Durante un segundo Rai siente vértigo por lo que está a punto de hacer, por lo que ya está haciendo.
—Soy el inspector jefe de policía Raimundo Viel, y deben parar esa operación inmediatamente.
—¿Qué estupidez es esa? ¡Que alguien llame a seguridad, por Dios! —dice la médica alzando la voz.
Dos de las personas con mayor corpulencia de las que se encuentran en la sala, se dirigen espontáneamente hacia Rai extendiendo los brazos, el cual los percibe como una clara amenaza.
No tiene tiempo de mirar el reloj, pero intuye que, si no son las cuatro de la tarde, apenas deben faltar unos segundos.
Casi setenta niños explotarán por los aires si él no lo impide, si él no hace justicia.
—No den un paso más, se lo advierto. Les acabo de decir que esta operación no va a tener lugar, así que les ruego que no hagan ninguna tontería.
Rai desenfunda su arma reglamentaria, algo que hace que todo el cuerpo sanitario se quede petrificado, empezando por las dos personas que se dirigían hacia él.
—Pero, ¿se puede saber de qué va esto? —reitera la médica que, bisturí en mano, estaba a punto de hacer la primera incisión en el pecho del niño.
—Va de que hay un niño ingresado en este hospital cuya operación de trasplante de corazón ha sido postergada de forma ilegal. Va de que ese niño, es a quien van a operar, y no al que tienen ahora en esa mesa. Va de que, si no lo hacen, ese niño morirá. Y lo habrá hecho por una injusticia muy grave.
Un par de sanitarios que están pegados a la mesa de quirófano, miran a la cirujana jefa, que durante un instante se queda sin argumentos.
—¿Ya estamos otra vez con eso? ¿Quién le ha contado semejante mentira? ¿Los padres? ¡Se lo están inventando todo! ¡Hay suficientes razones de peso para no operarlo! —dice la doctora alzando la voz.
—No, no las hay. Está mintiendo, doctora, y puedo demostrarlo ampliamente.
Se han llevado a cabo las pertinentes comprobaciones en el historial médico de ambos niños y son prácticamente idénticos, la presunta incompatibilidad que han alegado es una invención que tendrá graves consecuencias, pero que serán infinitamente peores si no hacen lo que les pido.
—Está cometiendo un error de proporciones que no imagina. Le aseguro que pagará por esto.
—Y yo le aseguro que será usted quien pague. Personalmente me encargaré de que no vuelva a ejercer la medicina nunca más.
Durante unos segundos que se hacen eternos, la médica que ejerce de cirujana jefa, da la orden de que se lleven al niño que estaban a punto de operar y traigan al otro.
Mientras el equipo médico realiza el cambio de pacientes, Rai mira el reloj y ve que pasan cinco minutos de las cuatro, su corazón se retuerce.
Se pregunta si el autobús habrá explotado.
Se pregunta si habrá conseguido salvarlos.
Llama al subinspector Bermejo, que responde al primer tono.
—Rai, ya pensaba que te habías olvidado de nosotros.
—No digas estupideces. ¿Todo bien?
—El autobús sigue de una pieza, si es a lo que te refieres.
Rai suelta un suspiro de alivio.
—¿Y los niños y las niñas? ¿Están todos bien?
—Supongo que sí.
—¿Por qué lo supones?
—El autobús tiene las puertas cerradas. No pueden bajar. La profesora con la que has estado hablando dice que el contador del artefacto ha llegado a cero y ha empezado pitar, desde entonces está parpadeando como si estuvieses poniendo en hora un reloj digital.
—De acuerdo, Santiago. Buen trabajo, dame un momento, enseguida te llamo.
—¿Todo bien?
—Espero que sí —dice Rai viendo cómo traen al niño que habían dejado fuera y lo tumban en la mesa.
En apenas diez minutos, tras anestesiar al niño, la operación de trasplante empieza sin demora.
Momento en el que Rai recibe una nueva llamada de Santiago en la que le dice que el contador se ha apagado y el pitido ha desaparecido, a continuación, las puertas del autobús se han abierto y las setenta y cinco personas que habían dentro acaban de bajar.
Rai respira aliviado. El autobús no ha explotado, y ahora sí, están todos a salvo.
Durante la hora siguiente, un equipo de TEDAX se encarga de desactivar las dos bombas que había en el autobús. Nuevamente de fabricación casera. En una de ellas, pegado con un poco de celo, encuentran un sobre en cuya parte externa pone: «Para el inspector jefe Raimundo Viel».