La Norma Número Diez CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

Rai mira su reloj de pulsera, con el cristal agrietado tras su paso por la discoteca Mya, y ve que ese es el tiempo justo que queda para que sean las cuatro de la tarde.

Piensa en el acertijo que tiene que resolver y, como si de un salvavidas mental se tratara, piensa en Martina Vega, en que necesita que ella lo ayude con ello cuanto antes.

Después le pide a Silvana que le fotografíe la tarjeta de visita y se la envíe por mensaje, cuando lo ha hecho, Rai se la reenvía a Martina y le pide que la analice en tiempo récord, necesitan descifrar qué está queriendo decirles exactamente.

A continuación, le envía un mensaje a la inspectora Berta Díaz y le pide que vaya a la antigua papelera de San Jorge y averigüe si hay algo que les haya podido dejar preparado.

Está claro que Berta tardará cerca de una hora en llegar a la población de Xàtiva, lugar donde se encuentra esa papelera, y que, si allí hay algo que necesiten para resolver al acertijo de la justicia, no hay duda de que ya es tarde.

De todas formas, no pueden obviar el curioso hallazgo descubierto por el joven Gerardo Saavedra y su relación con San Jorge el matadragones, así que cuanto antes sepan de qué podría tratarse, mejor.

Lo siguiente que hace Rai es llamar al subinspector Santiago Bermejo, que en esos momentos ya debería estar abriéndole el paso al autobús.

—Dime, jefe.

—¿Estás ya junto al autobús?

—Así es.

—¿Tienes idea de hacia dónde os dirigís?

—Si tuviese que apostar, yo diría que estamos haciendo una especie de ruta en espiral.

Creo damos vueltas en círculos cada vez más pequeños.

El primer contacto que hemos tenido con el autobús ha sido en la avenida Antonio Ferrandis.

Después ha seguido por Tres Cruces, General Avilés, Peset Aleixandre, Primado Reig, Cardenal Benlloch, Eduardo Boscá y después Peris y Valero.

A mí me da la impresión, como te he dicho, de que estamos dando vueltas mientras nos aproximamos a un punto del centro de la ciudad.

—De acuerdo, Santiago, voy a hacer unas comprobaciones, enseguida te vuelvo a llamar.

—Perfecto, jefe.

Rai enciende el navegador GPS del Peugeot y enfoca el mapa de la ciudad por los lugares que Santiago le ha indicado.

Trata de visualizar el trayecto que Santiago le ha descrito e intenta proyectar en qué lugar podrían terminar de seguir más o menos la misma trayectoria en espiral.

Su mirada se detiene cuando identifica, en una zona no tan céntrica, el Palacio de Justicia.

Sin ninguna duda, teniendo en cuenta todo lo que saben hasta ahora de ese segundo reto, es allí a donde se deben dirigir.

Hacia el símbolo de la justicia más conocido e importante de la ciudad.

Y es allí hacia donde él pone rumbo a toda velocidad sin detenerse a pensarlo más.

A continuación, llama de nuevo a Santiago para decirle el posible destino, quien acata la sugerencia sin objetar nada.

Cuando Rai llega al palacio de justicia detiene el Peugeot entre dos bolardos de piedra.

En cuanto sale del coche da un par de vueltas sobre sí mismo en busca de una respuesta.

Pero allí, a simple vista, no hay nada ni nadie.

Mira su reloj y ve que apenas quedan doce minutos para las cuatro.

Con los nervios a flor de piel, llama a Martina con la vaga esperanza de que haya averiguado algo, de que pueda decirle algo que él no haya sabido interpretar.

—Por favor, Martina, dime que has averiguado algo, empezando por cómo parar esa maldita rueda.

Martina carraspea.

—La rueda de la que habla nuestro amigo es una clara referencia a una injusticia que se produce una y otra vez y que se comete con total impunidad sin que nadie haga nada.

Siguiendo con su propósito de hacer de ti esa gran persona que según él puedes y debes llegar a ser, no solo debes saber ser justo, también debes demostrarlo aplicando esa justicia.

—Todo eso está muy bien, Martina, pero ¿dónde se supone que debo hacer justicia? Estoy en el maldito palacio de justicia y aquí no hay nada ni nadie. Esto está cerrado a cal y canto.

—No lo sé, Rai, no me has dejado mucho tiempo que digamos.

—¿Y qué puedes decirme de la referencia sobre saber mirar bien, y de lo del gran corazón?

—Todavía no lo sé, Rai, ¿puedo saber por qué has ido hasta el palacio de justicia?

—Porque la ruta que está siguiendo ese autobús así me lo ha sugerido. No es seguro, pero todo apunta que el autobús está donde vueltas en espiral y en el centro de la misma está el estandarte de la justicia de la ciudad.

—Bien. Supongamos que estás en lo cierto. Ahora solo hace falta que veas algo que él haya podido dejarte por ahí, ¿estás seguro que no hay nadie?

—Ni un alma.

—¿Qué me dices de las fachadas, o bajo algún banco de piedra? Quizá ha escondido algo que debas ver.

—Espera.

Rai mira a su alrededor tratando de afinar la vista.

Es un edificio rodeado por múltiples cámaras de vigilancia, se le antoja imposible que alguien se haya podido arriesgar a esconder algo allí sin ser visto.

Así que, eso de saber mirar bien debe significar otra cosa.

Trata de concentrar sus pensamientos y organizar las pistas con las que cuentan hasta ahora, piensa en esa posible injusticia que se comete una y otra vez, que nadie quiere ver, por la que nadie, aparte de la minoría que suele resultar afectada, lucha.

Y es justo en esa cadena de pensamientos cuando piensa en algo que podría ser clave.

El palacio de justicia, por su carga simbólica y porque alberga al tribunal superior de justicia de Valencia, es el lugar más mediático de la ciudad para reivindicar algo.

Se dice que, si está a punto de producirse una injusticia que no es la primera vez que se produce, tal vez los días previos haya habido reivindicaciones minoritarias y generalmente desapercibidas en el lugar en el que está él ahora.

—Martina, ¿tienes un ordenador delante?

—Sí, por supuesto.

—Quiero que busques en internet alguna noticia relacionada con alguna reivindicación que haya tenido lugar en el palacio de justicia durante los últimos días.

Martina hace una breve pausa.

—Vaya, Rai, veo que vas aprendiendo de las mejores, bien visto. Voy a ver, enseguida te digo.

Rai elude hacer comentario alguno mientras espera a que Martina le dé algo positivo.

—Bingo, jefe, un hombre y una mujer llevan toda la semana apostados en el lugar en el que estás tú ahora reclamando la gran injusticia que se está cometiendo con ellos, bueno, mejor dicho, con su hijo.

—¿De qué se trata?

—Uf. Tema delicado. Afirman que su hijo llevaba más de un año esperando un trasplante de corazón, y que cuando por fin ha llegado y estaban a punto de operarlo, lo han descartado en el último momento por una presunta incompatibilidad de no sé qué.

La cuestión es que dicho corazón va a recalar en otro niño que, casualidades de la vida, es de muy buena familia y con muchas influencias en la ciudad.

Para más complicación, si a su hijo no lo operan ahora, es probable que no lo hagan nunca, porque se está muriendo.

Ese corazón era su última oportunidad para aferrarse a la vida, y se está a punto de esfumar.

Rai piensa durante unos segundos en lo que Martina le acaba de contar.

La gran injusticia que se perpetúa una y otra vez, esa gran rueda que da vueltas sin parar a la que se refería esa persona, es la desigualdad de trato en la vida.

Los privilegios de los que gozan a todos los niveles las personas con dinero y con poder, por encima de la clase media o la clase baja.

—Martina, ¿por qué has dicho que esa oportunidad se está a punto de esfumar?

—Porque en una de las noticias de un diario local decían que esta tarde era cuando presuntamente lo iban a operar.

—¿Esta tarde? ¿A qué hora?

—Según una entrevista que les hicieron a los padres del niño hace unos días, todo estaba preparado para que lo interviniesen esta tarde alrededor de las cuatro, la misma hora a la que van a operar al niño que ha ocupado su plaza en el quirófano.

—Dios. La madre que me parió. Ese chalado pretende que detenga esa operación.

—Y no solo eso, querido, también quiere que ese corazón vaya a parar al otro niño, al que han dejado fuera por esa presunta incompatibilidad.

Durante unos segundos Rai siente que su cabeza está a punto de explotar.

Se pregunta qué se supone que debe hacer, ¿detener esa operación para que operen al otro niño?

¿Es eso lo que debe hacer para parar la rueda?

¿Ese gesto se puede interpretar como una forma de romper esa injusticia que se perpetúa?

En cuyo caso, se dice, salvaría también a los sesenta y siete niños y ocho adultos que viajan en ese autobús y que se dirigen hacia donde él está en ese momento.

Pero ¿y quién es él para decidir a qué niño deben salvar la vida?

¿Y si los médicos tienen razón y la decisión que se ha tomado se ha guiado únicamente por criterios clínicos?

¿Y si el niño al que han dejado fuera es familiar directo del asaltante y lo único que intenta es coaccionarlo para que lo salven?

—¿Sigues ahí? —pregunta Martina con impaciencia.

—Sigo aquí. ¿Dice en la entrevista esa en qué hospital se va a llevar a cabo la operación?

—Sí, en el Hospital General de Valencia.

—Pues voy hacia allá. Búscame todo lo que puedas sobre las historias clínicas de ambos niños, necesito estar seguro de que los padres de ese niño están en lo cierto y lo han dejado fuera por razones no médicas.

—¿Te lo digo otra vez, Rai? ¿Crees que soy una especie de súper heroína o algo parecido? Desgraciadamente solo soy psicóloga y criminóloga, no una programadora informática.

—Joder, Martina, ya lo sé, ¿puedes avisar tú a Claudio? Seguro que él puede hacer algo más.

—Ja. Me parto con el fichaje del abuelo. Ahora se lo digo, pero, por otra parte, podría pedirle ayuda también al nuevo. A mí me ha causado buena impresión.

—¿A qué nuevo?