CAPÍTULO 27
LAS RUEDAS DEL AUTOBÚS
Presente
La angustia se apodera de Rai cuando la inspectora Berta Diaz le cuenta lo que está sucediendo justo en ese momento.
Alguien ha puesto una bomba en un autobús, y ese autobús se dirige a toda velocidad hacia un lugar al que nadie, aparte de la persona que está dando órdenes al conductor a través del teléfono móvil, sabe.
Para mayor terror, el autobús está lleno de niños y de niñas de entre nueve y trece años.
Setenta y cinco personas en total contando también a los adultos que esa mañana se habían despertado con la idea de pasar tres días en Mas del Capellà, una granja escuela situada en Olocau, una pequeña población del interior de Valencia que hay a los pies del Parque Natural de la Sierra Calderona.
Las instrucciones que ha recibido el conductor son muy claras: si detiene el autobús, explota, si trata de manipular las dos bombas que hay, una en la parte delantera, bajó el capó, y otra justo en el centro, bajo la trampilla de emergencias que hay en el pasillo central, también explota, y por supuesto, si no obedece las instrucciones que está recibiendo y se desvía de la ruta marcada por el asaltante, la amenaza es más que clara: el autobús también explota.
—¿Y cómo sabemos que es él? —pregunta Rai con desesperación.
—Una de las profesoras que viaja en el autobús ha encontrado un teléfono móvil que estaba sonando bajo un asiento.
Cuando lo ha cogido, al otro lado estaba quien ya sabes, el de la voz susurrante.
Primero le ha dicho que mirara bajo la trampilla del pasillo central, allí había una caja negra con el símbolo de un dragón circular en su exterior y también un display con una cuenta atrás, luego le ha dicho que esa caja estaba conectada a dos bombas que, en caso de explotar, todas las personas que hay en ese autobús morirán.
Después le ha explicado bajo qué circunstancias esas bombas serían detonadas, por último le ha dicho que le pasara el teléfono al conductor.
Rai, que en ese momento se dirigía a la Jefatura Superior de la Policía de Valencia, se hace a un lado y para su coche junto a una acera, todavía en el tranquilo barrio de Terramelar.
Intenta digerir la información que acaba de recibir por parte de la inspectora Berta Díaz y se pregunta de nuevo por qué esa persona está haciendo todo eso. Siente opresión en el pecho.
—Inspector jefe, ¿sigue ahí?
—Sí, Berta, sigo aquí. ¿Dónde se encuentra el autobús en estos momentos?
—Hace medio minuto estaba en la avenida Antonio Ferrandis en dirección a la avenida de Fernando Abril Martorell, camino de Tres Cruces.
—¿Está Santiago contigo?
—Sí.
—¿Sabes si ya hay algún coche patrulla flanqueando el autobús?
—No lo creo, jefe. Desde la centralita de la policía nacional hemos sido los primeros a los que nos han pasado la llamada de la profesora.
—Está bien, Berta, dile a Santiago que se dirija hasta ese autobús y que le vaya abriendo el paso para que no haya nada que lo detenga, no quiero ni accidentes ni sustos de ningún tipo hasta que encontremos la forma de desactivar esas bombas.
Que pida ayuda a un par de patrullas para que lo custodien por delante y por detrás. Yo me uniré a él en cuanto pueda.
—De acuerdo.
—Y en cuanto a la mujer que ha llamado, ¿podemos ponernos en contacto con ella?
—Imagino que sí, habría que llamar a la centralita para que nos localizase el número de su teléfono personal, supongo que no debería haber problemas…
—Pues hazlo, necesito hablar con ella inmediatamente.
—Enseguida, jefe.
En menos de un minuto Berta le pasa la llamada de la profesora que está en el interior del autobús. Se llama Silvana, tiene veintisiete años, y está muy nerviosa.
—Hola, Silvana, soy el inspector jefe Raimundo Viel, en primer lugar, quiero que sepas que estás siendo muy valiente, y que lo estás haciendo muy bien. Pero necesito tu ayuda para que nadie sufra ningún daño y podamos terminar con esto cuanto antes. ¿De acuerdo?
Rai escucha cómo la profesora solloza al otro lado de la línea.
—Dime, Silvana, ¿cuántos adultos más hay ahí contigo?
—Somos siete profesoras, y luego está el conductor del autobús.
—De acuerdo, Silvana. Has sido tú quien ha hablado con la persona que ha puesto ahí esa caja negra, ¿verdad?
—Sí.
—¿Recuerdas que te dijese algo más aparte de las instrucciones que tenéis que seguir? ¿Algo que tuviésemos que tener en cuenta?
Silvana suspira nerviosa antes de responder.
—Dijo que este era un mundo injusto en el que a veces pasaban cosas malas. Y que había llegado el momento de cambiar eso. Que alguien tenía que enfrentarse al dragón. Después me pidió que le diese el teléfono al conductor. Luego llamé a la policía.
Rai piensa en las palabras de Silvana, sobre todo en la referencia al dragón.
Cierra los ojos y deja que una imagen entre en su cabeza.
Hace apenas una hora Gerardo Saavedra le dijo que el tipo de papel utilizado en las cartas se fabricó en la antigua papelera de San Jorge de Xàtiva, algo realmente extraño si se tiene en cuenta que la fábrica cerró sus puertas hace más de treinta años.
Pero la imagen que se ha colado en la cabeza de Rai no tiene nada que ver con una fábrica de papel, sino con algo más simbólico, tiene que ver con un caballero medieval enfrentándose a un dragón milenario de alas interminables y piel escamada, y eso le recuerda a la leyenda de San Jorge, de quien se dice que acabó, a lomos de un caballo blanco y una lanza como arma, con la vida de un peligroso dragón que tenía atemorizada a toda la población.
La conexión entre la fábrica de San Jorge y el tener que enfrentarse a un dragón, la ve clara como el agua.
Se pregunta si esa persona habrá dejado alguna pista en aquella fábrica, y se dice que deben ir allí cuanto antes para averiguarlo.
Pero previamente hay dos bombas que desactivar si no quieren tener que lamentar la muerte de más de setenta personas.
—¿Cómo ves al conductor, Silvana? Por cierto, ¿sabes cómo se llama?
—Sí, es Gustavo, el que siempre nos envía la agencia cuando hacemos una excursión. Está un poco nervioso por la situación, como es obvio.
—Perfecto. Ahora quiero que me digas si crees que serías capaz de volver a abrir la trampilla donde está la caja negra y hacerle un par de fotos para que pueda ver bien el tipo de artefacto del que se trata.
Silvana vuelve a quedarse callada. La parálisis del miedo invade su cuerpo.
—Silvana, por favor, ¿puedes hacer lo que te pido?
—Sí, creo que sí.
—Perfecto, espero.
Mientras escucha cómo Silvana manipula la trampilla, Rai se dice que es muy probable que el asaltante tenga algún tipo de visión de lo que está ocurriendo en el interior del autobús, también de la ruta que está siguiendo, de lo contrario, ¿cómo saber que se están cumpliendo con las instrucciones que él ha dado?
Antes de que Silvana termine de hacerle las fotos a la caja negra, Rai también se dice que en cuanto acabe con esa conversación, llamará de nuevo a la inspectora Berta para decirle que vaya cuanto antes hasta la antigua papelera de San Jorge y busque cualquier tipo de pista que haya podido dejar para ellos.
—Ya está —dice Silvana mientras Rai percibe cómo vibra su teléfono móvil.
—Gracias, Silvana, no cuelgues todavía, por favor.
Rai visualiza las dos fotografías que ha recibido por parte de Silvana y rápidamente ve que la caja negra que hay en el autobús es igual a la que encontró en su casa. A la cuenta atrás le quedan veinte minutos. De la caja parten unos cables que se pierden por la parte inferior del autobús.
—Silvana, ¿te has fijado si la caja dispone de un mecanismo de apertura? En las fotografías no se aprecia bien.
—A simple vista no veo ningún tipo de cerradura o pestillo. Supongo que la caja se debe abrir levantando la tapa sin más.
Rai trata de decidir con rapidez. La cuenta atrás sigue su curso.
—Silvana, voy a pedirte que hagas una cosa. Quiero que abras la caja con mucho cuidado y que me digas lo que hay en su interior.
—¿Que abra la caja?
—Sí, tranquila, te aseguro que no pasará nada.
Silvana siente cómo sus pulsaciones ascienden. Durante los siguientes treinta segundos Rai apenas respira, permanece en el más completo silencio a la espera de escuchar de nuevo la dulce voz de Silvana.
—Ya está. Caja abierta.
Cuando vuelve a escuchar la voz de la joven profesora, Rai siente cómo la alegría, el amor, la paz y la calma se mezclan en un trago de dulce y curativa felicidad.
—Estupendo, Silvana, ¿hay algo dentro?
—Sí. Es como una pequeña tarjeta de visita. Tiene algo escrito.
—Léemela, por favor.
—Claro. Pone: «La justicia tiene las manos manchadas de sangre y los ojos cerrados de par en par, y tal vez ya sea tarde, pero a veces un pequeño gesto es suficiente para que todo cambie.
Para matar a un dragón no solo hace falta valor, hace falta un gran corazón.
Para poder ver, no solo hacen falta ojos, hay que saber mirar bien» —Tras terminar de leer esa frase, Silvana hace una pequeña pausa y, a continuación, dice: Por la otra parte de la tarjeta hay una imagen de Temis , la diosa de la justicia griega, en su brazo derecho sujeta en alto una espada, en su brazo izquierdo sostiene una balanza.
Tiene los ojos y la boca pintados con tinta negra.
Rai trata de pensar en las palabras que acaba de leerle Silvana. Se pregunta qué esconden en realidad.
—Gracias, Silvana, ¿puedes decirme cuánto tiempo le queda al contador de la caja?
—Sí, claro, diecisiete minutos y medio.