La Norma Número Diez CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

EL LUGAR EN EL QUE TIENE QUE ESTAR

El camino hasta Villagordo del Cabriel, donde los espera la ambulancia a la que Laura ya ha dado el aviso, lo hacen prácticamente corriendo.

Y eso que los senderos del llamado «camino rápido» por los que Axel y Jimena los guían no están precisamente carentes de obstáculos.

Para más dificultad, ha empezado a llover, y eso hace que todo se vuelva más resbaladizo.

En cuanto llegan al pueblo ven a lo lejos las resplandecientes luces giratorias de la ambulancia.

Lo primero que hace la médica y el conductor de la ambulancia es transferir a Teo a su propia camilla.

Lo segundo que hacen es volver a preguntar unas cuantas cosas relacionadas con lo que le ha ocurrido a Teo.

Todas las respuestas que obtienen giran en torno a su caída al río, a los días que lleva desaparecido, pero ninguna menciona el lugar en el que ha estado durante los últimos días.

Ni a la gente que había en él. Ezequiel mira a su mujer y se pregunta por qué ni él ni ella dicen nada acerca del misterioso poblado donde ha estado su hijo durante los últimos días.

Busca con la mirada a los dos jóvenes que los han guiado hasta allí, Axel y Jimena, pero ya no están.

Lo único que ve es una pequeña y fina columna de humo negro que asciende desde algún lugar del bosque que acaban de abandonar, se dice que esa oportuna lluvia ha debido de servir para sofocar el incendio que estaba ardiendo en el templo de ese presunto centro de interpretación.

En cuanto introducen a Teo en el interior de la ambulancia, la doctora coloca unos electrodos sobre el pecho del niño y la pinza de un pulsioxímetro sobre el dedo índice de su mano derecha.

Pero ni la saturación de oxígeno en sangre ni la actividad eléctrica del corazón muestran lo que deberían de mostrar en una persona que está con vida.

La doctora apaga y enciende el monitor de constantes con nerviosismo.

—¿Qué ocurre, es que habéis traído un monitor estropeado? —pregunta Laura con temor.

—A veces falla, sobre todo cuando hay tormenta. Debe ser por la electricidad estática.

El rostro de Laura se retuerce, mientras que su corazón se encoge con inmensa fuerza.

La explicación que acaba de darle la doctora del SAMU no tiene ningún sentido.

La realidad es que su hijo, en ese momento, no tiene pulso.

Pero no ha tenido el valor de decírselo.

Nunca es fácil, pero cuando el paciente es un niño y la madre una colega de profesión, entonces no hay forma humana de decirlo.

Las constantes vuelven a mostrar lo mismo de antes.

Una hipoxia severa y una línea recta en la pantalla donde se traduce la actividad eléctrica del corazón.

La doctora del SAMU, a quien por primera vez en los últimos diez años se le apodera una tristeza incontenible, despliega sin decir nada el maletín donde se encuentra el desfibrilador portátil.

—Aléjense un poco, por favor —dice la doctora con la voz trémula mientras coloca un poco de gel conductor en las palas del desfibrilador.

—¿Qué está ocurriendo? —pregunta Ezequiel con extrema preocupación. Pero Laura no es capaz de decir nada, ni siquiera de mirarlo.

La primera descarga se escucha como si acabasen de saltar los plomos de la casa.

El cuerpo de Teo se eleva ligeramente, en el monitor de constantes se dibuja la misma línea recta de antes.

La doctora del SAMU aumenta la intensidad hasta los 200 Julios. Laura la mira con preocupación. Es una dosis demasiado alta para un niño. Pero tampoco es suficiente para reanimar a Teo.

La médica del SAMU, con la respiración muy agitada, sube la intensidad del desfibrilador hasta los 250 Julios, el máximo que permite el aparato. Con esa descarga podría tetanizar perfectamente el sistema eléctrico del corazón, en palabras coloquiales, quemarlo.

La descarga es tan intensa que hasta el propio aparato da muestras de querer apagarse. La gráfica del monitor empieza a dibujar irregulares picos, y la médica del SAMU lo apaga y lo enciende de nuevo sin decir nada.

Cuando el monitor se reinicia, todos pueden ver que, en esta ocasión, la línea recta se combina a intervalos más o menos regulares con suaves picos.

Tanto Laura como la médica sonríen tímidamente. Teo vuelve a tener pulso, aunque saben que tal vez no por mucho tiempo.

Cuando Ezequiel, a quien, por cuestiones de espacio, no permiten que también vaya en el interior de la ambulancia, ve cómo se cierran sus puertas traseras, se pregunta si volverá a ver a su hijo con vida, si volverá a estrecharlo entre sus brazos, si algún día podrán llevar a cabo todos esos planes que siempre se proponen y que al final acaban postergando.

Luego se pregunta lo más importante, si él puede hacer algo para evitarlo.

Mientras ve alejarse a la ambulancia se le pasa por la cabeza volver al bosque y pedirle explicaciones al hombre de pelo cano.

Preguntarle qué ha querido decir exactamente con lo de que acabaría volviendo a él.

No sabe por qué piensa en esa persona en ese instante, tal vez la seguridad de sus palabras, la convicción en su voz, su mirada plena.

Es como una fuerza que lo quiere arrastrar al bosque, pero rápidamente se quita esa idea de la cabeza y pone rumbo al hospital donde están llevando a su hijo.

Que es el lugar donde en ese momento debe estar.