La Norma Número Diez CAPÍTULO 25
25%

CAPÍTULO 25

LA LLAMADA

Presente

De camino al domicilio de la joven a quien el asaltante entregó la carta en la discoteca Mya, Rai recibe una llamada de la Científica.

Es Gerardo Saavedra, el joven policía con el que ya habló en su casa tras el asalto de la noche anterior.

Ya han terminado de recoger todas las pruebas, así que tanto él como su familia pueden volver a casa cuando quieran.

También le transmite los primeros resultados concluyentes con los que ya cuentan.

En su casa no ha sido posible encontrar ninguna huella que no pertenezca a su familia.

Tampoco en la caja negra ni en las dos cartas con las que cuentan.

Está claro que la persona que ha llevado a cabo esos actos utilizaba guantes y también que adoptó suficientes precauciones para no impregnar ningún objeto de restos biológicos que lo pudiesen identificar.

Rai se queda pensando en el detalle del origen del papel.

En el significado exacto que podría tener el hecho de haber utilizado ese papel en concreto.

Es posible que el asaltante trabajase allí antes de que cerrasen, pero el problema es que de eso hace ya más de treinta años.

Así que, tiene que haber otra cosa, algo más.

Tras la conversación con el policía de la Científica, y sin tiempo para seguir reflexionando sobre el origen del papel de las dos cartas, Rai no tarda en llegar a la casa de la joven que le entregó la segunda carta tras rescatarla de los baños de la discoteca Mya.

Pulsa el timbre de la vivienda donde vive Raquel Campos, un adosado ubicado en Terramelar, un barrio de Paterna, localidad de la comarca de l´Horta Oest que está pegada a Valencia.

Abre la puerta una mujer de unos cuarenta y largos muy bien llevados. Pelo rubio con algo de rizo recogido en una coleta. Figura esbelta y de pronunciadas curvas.

—Buenos días, señora, soy el inspector jefe Raimundo Viel, ¿está Raquel en casa? —dice Rai mostrando su identificación.

—Si, pero le adelanto que no está en las mejores condiciones. ¿Qué ocurre?

—Quisiera hablar con ella, si no le importa. Su hija es una de las personas que anoche tuvo la mala suerte de estar en la discoteca Mya. Alguien le entregó una carta que, posteriormente, ella me entregó a mí.

La mujer abre sus grandes ojos de par en par.

—¿Entonces es usted?

—¿Quién?

—La persona que salvó la vida de mi hija.

—Yo fui quien la sacó del cuarto de baño en el que estaba encerrada, el resto lo hizo ella. Fue muy valiente.

—Dios mío, es usted un ángel —La mujer se abalanza sobre Rai y le da un fuerte y sincero abrazo—. No sé cómo agradecerle lo que hizo, arriesgó su vida para salvar la de mi hija, es usted un héroe.

—Yo no diría tanto, solo hacía mi trabajo.

La mujer se emociona y se le escapa un delicado y sutil llanto. A continuación, invita a Rai a entrar en casa para que pueda hablar con su hija.

—¿Quiere tomar algo, inspector? Mi hija está descansando en el piso de arriba, ahora iré a buscarla.

—Un café no me vendría mal, si no es mucho pedir.

—Por supuesto. ¿Cómo lo toma?

—Solo, con un poco de azúcar.

—Perfecto, voy a prepararlo, tardo un minuto.

Rai se queda observando las fotos familiares que hay en el salón. Básicamente salen Raquel y su madre. En ninguna de ellas parece verse al padre de la joven.

—Aquí tiene, inspector —dice la madre de Raquel dejando la taza de café sobre la mesa de centro del salón.

—Gracias, señora.

—De nada. Mi nombre es Vanesa, que me llamen señora me hace sentir mayor de lo que soy, perdón por la impertinencia, pero es que no me acostumbro a que me llamen así, más si cabe desde que estoy separada de mi marido.

Supongo que es cuestión de ir haciéndose a la idea de que nuestro tiempo ya pasó. Voy a buscar a mi hija.

Rai asiente sin decir nada y reflexiona sobre lo que acaba de decir Vanesa. Se pregunta si su tiempo, lejos de estar por llegar, como pensaba hace poco, también pasó ya.

Madre e hija tardan un par de minutos en bajar por las escaleras del adosado, tiempo suficiente para que Rai se tome el café y termine de despejarse.

Raquel sonríe con ternura y cierta tristeza al verlo.

—Hola, Raquel, ¿qué tal estás? —pregunta Rai con educación.

La joven tuerce el cuello con un ligero temblor de labios.

—Lamento molestarte justo en este preciso instante, imagino lo cansada que debes estar, pero necesito hacerte algunas preguntas acerca de lo que pasó anoche. ¿Te parece bien?

Raquel dice que sí con la cabeza. Un par de lágrimas se escurren a través de sus finos párpados.

—Anoche me diste una carta que alguien te dio en el interior de la discoteca. Pensamos que esa persona fue quien provocó el incendio en el que ya han perdido la vida cuatro personas. ¿Podrías decirme qué recuerdas de ella?

Raquel mira hacia el lado derecho y se cruza de brazos con delicadeza. No debe tener ni veinte años, y a Rai le recuerda a su hija mayor, a Esther.

—Estaba todo muy oscuro. La música sonaba muy alta. En algún momento fui al baño con mi amiga Lorena y cuando nos dispusimos a salir nos encontramos frente a frente con esa persona.

—¿Y cómo era esa persona?

Raquel vuelve a mirar hacia la derecha.

—Llevaba puesta una máscara blanca y ropa negra. Parecía la muerte personificada.

—Aparte de la ropa, ¿podrías decirme algo más acerca de su altura o su complexión?

—Mediría un metro ochenta más o menos, como usted, diría yo, pero más delgado.

—¿Diría que era un hombre o una mujer?

—Un hombre.

—¿Y qué te dijo exactamente?

—Dijo que si salíamos del baño moriríamos, y que, si nos quedábamos dentro, viviríamos.

Que teníamos que esperar a que pasara la tormenta.

Después vendría alguien a rescatarnos, y tendríamos que hacerle entrega de la carta.

Luego nos encerró en el baño y en pocos segundos empezamos a percibir un fuerte olor a humo y a escuchar la señal de alarma antiincendios.

—¿Y no dijo nada más?

Raquel arquea los labios formando un arco apuntado.

—Dijo que no tuviésemos miedo a nada, porque lo mejor estaba por venir.

Rai se queda pensando en las palabras de ese hombre, en las posibles motivaciones que podrían esconder.

—¿Y no recuerdas nada más? ¿Algún detalle que nos ayude a encontrar a ese hombre?

Raquel niega con la cabeza. Rai se queda mirándola durante un par de segundos, después le sonríe con ternura.

—De acuerdo, Raquel, muchas gracias por tu amabilidad.

Me ha alegrado mucho ver que estás bien.

Si recuerdas algo más, o necesitas cualquier cosa, por favor, llámame —Rai le tiende una tarjeta, que la joven coge con las dos manos.

La observa durante un instante y después alza el cuello esbozando una triste sonrisa.

—Gracias a usted. Me salvó la vida.

Rai se marcha de esa vivienda con una sensación extraña en la punta del paladar. En cuanto se sienta en el coche, y sin tiempo para pensar, recibe una llamada de la inspectora Berta Díaz.

—Dime, Berta. ¿Qué ocurre?

—Está volviendo a pasar. Y tal y como nos advirtió, esta vez es mucho peor.