CAPÍTULO 24
LA DECISIÓN
La segunda norma dice que, si alguien, por alguna razón, se ve obligado a hablar de cualquier aspecto relacionado con el Movimiento, lo hará estrictamente en los únicos términos en los que están permitidos hablar del Movimiento.
Ezequiel se queda momentáneamente paralizado viendo el terrible aspecto que presenta su hijo.
Laura, en cambio, no duda ni un segundo en abalanzarse sobre Teo para abrazarlo, tumbando sin querer al menos cinco o seis velas de cuantas lo rodean, una de las cuales rueda por el suelo y avanza caprichosamente hasta una pequeña montaña de chilabas y sábanas que alguien había ido arrinconando a modo de cesta de la ropa sucia.
Ajena al camino que, sin apagarse, ha emprendido dicha vela, Laura aprieta a Teo contra su pecho sumergiendo una vez más la nariz sobre el cuello de su pequeño.
—¿Cómo está? —pregunta Ezequiel con la voz rota.
Laura, que inconscientemente ha incorporado un poco el cuello y la cabeza de su hijo para facilitar la apertura de sus bronquios, se gira y su mirada lo dice todo. Está muy mal.
—Hay que llevarlo a un hospital inmediatamente —dice con la voz quebrada.
—Ya, pero… ¿cómo lo ves? —Ezequiel vuelve a preguntar con la esperanza de encontrarse con una repuesta mejor de lo que sus ojos ven. Pero con la esperanza no siempre basta.
Laura abre los ojos de su hijo para intentar evaluar el movimiento reactivo de sus pupilas. Es inútil, sus ojos miran completamente hacia arriba y solo muestran la parte inferior del globo ocular.
—Hay que llevarlo a un hospital inmediatamente —repite Laura sumida en el desánimo.
—No sobrevivirá si os lo lleváis —dice de pronto el hombre de pelo cano, que ha irrumpido en ese pequeño santuario seguido de varios jóvenes.
Ezequiel se levanta como un resorte y vuelve a coger al hombre de pelo cano por las solapas de la chilaba. Lo zarandea otra vez con fuerza.
—¡Maestro! ¡Maestro! ¡Fuego! —grita Jimena, la joven que fue en busca del inhalador de Teo junto a Axel. Su dedo señala el montón de chilabas y sábanas sobre las que impactó la vela que involuntariamente desplazó Laura.
Pero el hombre de pelo cano no se molesta en desviar ni un solo segundo su mirada de la de Ezequiel. Permanece en asombrosa calma y no muestra oposición alguna a que lo que tenga que ocurrir, ocurra.
—Ezequiel, si no llevamos a Teo al hospital inmediatamente, morirá —dice Laura tratando de recuperar a su marido, a esa parte de él que nunca se ha rendido.
Ezequiel se gira en dirección a su mujer y advierte que la situación es más que crítica. Sus manos dejan de apretar las solapas de la chilaba del hombre de pelo cano.
—No sobrevivirá si os lo lleváis de aquí, ya os lo he dicho —repite ese hombre que, internamente, siente cómo todo su trabajo no solo está en grave riesgo de irse abajo, sino que también, con las palabras y decisiones que está tomando en ese momento, lo está apostando todo a una única carta, a la carta de aquello en lo que creen todas las personas que, poco a poco, han ido adhiriéndose al Movimiento.
Internamente tiene serias dudas de si lo que está diciendo esa noche y las decisiones que está tomando desde que ese niño apreció en la orilla del río, son las correctas.
Se pregunta si el Movimiento y todo lo que concierne, no se le estará yendo de las manos.
—Dime cuál es la forma más rápida de llegar al pueblo —exige Ezequiel con la respiración entrecortada.
Axel y Jimena, con la ayuda de otras personas, están tratando de apagar las prendas de ropa que han empezado a arder con rapidez, si no se dan prisa, pronto estará todo en llamas.
—Dinos cuál es el camino más rápido, te lo ruego —suplica Laura desviando un instante la mirada de su hijo para dirigirla hacia ese hombre.
El hombre de pelo cano la mira y la observa desde la condescendencia, luego, sin dejar de mirarla, dice:
—Axel, ven, acércate.
—Sí, maestro —dice el joven de pelo ensortijado que le quitó el inhalador a Hugo.
—Acompáñalos al pueblo por el camino rápido, que te ayude Jimena.
—Claro, maestro —responde el joven inclinando su tronco hacia delante.
En menos de dos minutos transfieren a Teo a una especie de camilla manual para poner rumbo al pueblo siguiendo las indicaciones de ese par de jóvenes que el hombre de pelo cano ha puesto a su disposición a modo de guías del bosque.
Antes de salir, el hombre de pelo cano, alza la voz.
—Ezequiel.
Ezequiel siente un escalofrío al escuchar su nombre en boca de ese hombre, que lo pronuncia como si lo conociese desde siempre.
Se gira y sus ojos advierten que, tras el hombre de pelo cano, las llamas están creciendo en número y tamaño.
Si consiguen alcanzar el techo del templo, ya nadie podrá apagar ese incendio.
—¿Qué quieres? —pregunta Ezequiel sosteniendo los brazos de uno de los extremos de la camilla donde languidece su hijo.
—No sobrevivirá ahí fuera. Pero yo sí seguiré aquí. Volverás a mí. Y si es lo que quieres, te enseñaré el camino para que tú vuelvas a él.
Tras esas extrañas y enigmáticas palabras, Ezequiel, Laura y el resto de vecinos que los habían acompañado hasta allí, parten a toda velocidad al pueblo para, posteriormente, llevar a Teo al Hospital General de Requena, el más cercano a Villagordo del Cabriel.
Antes de que las llamas devoren todo cuanto hay a su alrededor, el hombre de pelo cano mira al cielo tratando de adivinar si las nubes tendrán a bien ayudarles a parar lo imparable, luego mira a las tres jóvenes con las que ha yacido esa noche, y les dice:
—Salvad los libros y ordenad que salgan todos fuera.
Y eso es exactamente lo que hacen las chicas. Sacan uno a uno todos los libros de la exclusiva biblioteca del templo. Después salen fuera y observan cómo el fuego, por una vez, le roba todo el protagonismo al nuevo amanecer.