La Norma Número Diez CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

ADENTRARSE EN LA OSCURIDAD

Dos días después del Solsticio de Invierno

La conversación con el fiscal jefe de Valencia no fue como Elísabet Bru esperaba.

Su rotunda oposición a participar en cualquier tipo de actividad policial o judicial se fue debilitando poco a poco a medida que el fiscal le empezó a contar detalles acerca de lo que había pasado.

Y Elísabet Bru ya no pudo hacer nada por no escucharlo, por no poner las noticias y ver en primera persona cómo había terminado todo.

Mira a su hijo a los ojos y siente una gran tristeza por toda esa gente. Se pregunta qué le pasa a la sociedad, cuál es el verdadero problema, qué es lo que angustia tanto a tantas personas. No encuentra ninguna respuesta.

Le pidió al fiscal jefe que le dejase un día para decidirse, y ese día ya ha pasado, así que en cualquier momento volverá a recibir la llamada de su secretaria para saber qué decisión ha tomado, para saber si participa o no el caso por el que todo el país —y gran parte de la prensa internacional— ya está hablando y hablará durante mucho tiempo.

El fiscal ya ha empezado a ordenar los primeros autos de trámite para la admisión de pruebas que podrían ser cruciales.

Pero, sobre todo, ya ha empezado a señalar a quiénes hay que empezar a investigar y a interrogar.

El proceso penal va a suponer muchas horas de trabajo, porque hay muchos implicados y porque llegar al verdadero fondo del asunto no va a ser fácil.

Su teléfono móvil empieza a vibrar y siente cómo antes de responder, sus manos le tiemblan. Es el mismo número largo que le llamó el día anterior. Sin dejar que pase más tiempo en el cual solo acabará dándole más vueltas al asunto, descuelga.

—Lo siento mucho, pero dígale al fiscal jefe que mi respuesta es un no.

Ahora mismo no me encuentro en las mejores condiciones para enfrentarme a un caso así, dígale también que agradezco su confianza y que haya pensado en mí, pero creo que no soy la persona que está buscando para hacerse cargo del sumario.

—Pues yo creo que sí —responde para sorpresa de Elísabet el propio fiscal, que es quien ha hecho la llamada en lugar de su secretaria, algo muy poco habitual—.

Inspectora Elísabet Bru, no quiero forzarla a hacer algo que no quiera, por supuesto que no, pero sí me gustaría que pensase por última vez en la angustia que deben estar sintiendo los padres y las madres de todas esas personas, ¿ha visto las imágenes?

¿Ha visto los vídeos? ¿Sabe que se va investigar a compañeros y compañeras de profesión?

¿Y sabe que esta noche han fallecido dos personas más que se encontraban ingresadas en el hospital y que no llegaban ni a la mayoría de edad?

¿Y qué me dice del principal responsable de toda esta tragedia?

¿Sabe que todavía se encuentra en paradero desconocido?

El fiscal hace una pausa en la que Elísabet Bru trata de controlar la respiración.

—No sabía que se iba a investigar a compañeros.

—Inspectora Bru, solo quiero que considere que estamos ante un caso de una envergadura social nunca antes vista, y que lo que le estoy pidiendo no es por mí, si no por un país y una sociedad que necesita respuestas, que necesita soluciones, que necesita ver entre rejas a la persona responsable de todo esto para poder volver a dormir bien por las noches, incluido yo, incluida mi familia.

No sé si lo sabe, y que esto quede entre usted y yo, pero detrás de todo lo que ha pasado hay cosas realmente inquietantes, cosas que creo que necesitamos entender y explicar cuanto antes.

Solo le pido que me ayude hasta que terminemos con el sumario, en cuanto empiece el juicio y demos con la persona responsable de todo, yo me encargaré del resto.

Una o dos semanas de trabajo a lo sumo. ¿Qué me dice?

Cuando el fiscal jefe termina de hablar, Elísabet Bru se da un pequeño mordisco en su mano izquierda y aprieta los párpados con fuerza. Ya había tomado una decisión, pero los argumentos del fiscal jefe la están haciendo dudar, la están empujando de nuevo hasta ese lugar del que decidió escapar.

—De acuerdo, solo hasta que terminemos con el sumario, ni un día más —dice Elísabet Bru tratando de asimilar y digerir sus propias palabras.

—Buena decisión, inspectora, yo me encargaré personalmente de que se le recompense adecuadamente.

—No quiero ninguna recompensa, señor —responde Elísabet con rotundidad.

—Claro, inspectora. Le diré a mi secretaria que vaya preparándole las credenciales de acceso a los juzgados, la veo en mi despacho en un par de horas.

Antes de que Elísabet pueda decir algo más, el fiscal jefe cuelga el teléfono, dejándola con una horrible sensación en el cuerpo. Al final va a tener que hacer lo que se dijo que nunca más haría, volver a adentrarse de lleno en la oscuridad.