CAPÍTULO 22
DEMASIADOS AÑOS BAJO TENSIÓN
Presente
Dos días para el Solsticio de Invierno
En cuestión de un solo día, todo en la vida de Rai se ha puesto patas arriba.
Su mujer e hijas parece que ya no lo soportan, que se han cansado de él y que lo único que quieren es tenerlo lejos de ellas.
Es como si hubiesen estado durante largo tiempo esperando la ocasión para darle el empujón.
Eso hace que de pronto, todo el plan deje de funcionar.
Si la familia se rompe todo deja de tener sentido.
Sus padres, sobre todo su madre, hizo grandes esfuerzos por que su familia se mantuviese unida, y eso es justo lo que siempre ha tenido él en mente, aunque no tiene del todo claro que lo esté haciendo correctamente, de lo contrario no se estaría rompiendo lo que más quiere.
Antes de que tenga tiempo de pensar y reflexionar en nada más, empieza a ser consciente del fuerte dolor de cabeza que siente. También de que el lugar en el que está no es el salón de su casa, ni tampoco el hotel donde están alojadas su mujer y sus hijas. Es otro lugar.
—Buenos días, dormilón, ¿a ti también te va reventar la cabeza? Yo no sé ni dónde tengo la mía. Menuda noche. Voy a pegarme una ducha a ver si me despejo un poco, puedes ir haciendo café si quieres.
A uno cuatro metros de donde está él, justo en el umbral de la puerta, ve la figura de Martina con cara de dormida.
Rai, cuyo dolor de cabeza va unido a una pequeña amnesia en lo referente a cómo terminó la noche anterior, trata de hacer memoria mientras se dirige a la cocina para hacer ese café que necesita tanto como Martina.
En algún momento de la madrugada mandó al resto de compañeros de la unidad a descansar y, Martina, que ya se había dado cuenta de que algo no iba nada bien con su familia, le ofreció la posibilidad de usar el sofá de su casa para no complicar más las cosas con su mujer.
Rai, que lo cierto es que lo último que necesitaba era llegar a casa y enfrentarse al problema de tener que reanudar otra vez la fea y dolorosa discusión con Ana, aceptó de buen agrado la invitación de Martina.
El problema fue que al llegar a su casa ella le ofreció una copa de vino, esa copa llevó a otra, y esa otra a algunas más. Y hasta ahí puede recordar.
Hacía mucho tiempo que no bebía tanto, y ahora recuerda por qué dejó de hacerlo.
Las resacas, además de dolorosas, en su caso, empezaron a combinarse con extrañas pérdidas de memoria.
Demasiados años bajo tensión. Mientras enciende el fogón más pequeño del hornillo, coge su teléfono móvil.
Se alarma el ver que ya son las dos del mediodía.
Y se asusta al ver que tiene cuatro llamadas de su mujer y dos más de su jefe.
Lo primero que hace es llamar a su mujer. Que responde al primer tono.
—¿Se puede saber dónde te habías metido? —El tono de voz de Ana es beligerante.
Rai trata de que paren los pinchazos que siente a lo largo y ancho de todo su encéfalo.
—He estado trabajando, ¿o cómo te crees que se consiguen resolver los casos?
—¿Has estado trabajando toda la noche? ¿Y por qué en la oficina me han dicho que allí no estabas?
Rai vuelve a sentir los pinchazos atravesando su cerebro. Antes de decidir qué responder, escucha cómo se apaga el grifo de la ducha. Martina no debería de tardar en aparecer en escena.
—No estaba en la oficina porque estaba recabando pruebas en mil partes. Cuando quieras te invito a que veas en qué consiste mi trabajo, algo que nunca te ha interesado —miente Rai sin ser muy consciente de por qué lo hace.
—Mira, Rai, lo que tú digas. No me apetece tener esta discusión ahora. Tú verás lo que haces.
—¿Se puede saber para qué me has llamado cuatro veces exactamente, Ana? ¿Para esto? ¿Para fastidiarme con tus reproches? ¿No podías esperar a tenerme cara a cara? —Aunque no era su intención iniciar una discusión en ese momento, Rai siente que su mujer cada vez lo enerva antes.
—Te he llamado porque no sabía si te había pasado algo, si ibas a volver o si te habías marchado para siempre. Y también porque tus hijas y yo queremos saber si ya podemos volver a casa. Aunque para ti eso no signifique nada, nosotras tenemos una vida que nos gustaría reanudar.
Rai cierra los ojos y se lleva el pulgar y el dedo índice a la raíz del puente de la nariz.
Cuando vuelve a abrir los ojos ve a Martina frente a él, a un par de metros de distancia.
Lleva la toalla enrollada al pecho. Parece que la noche de copas le ha servido a la joven psicóloga para quitarse de encima la gran timidez que la caracteriza, al menos con él.
—Te he dejado una toalla limpia sobre el lavabo por si quieres darte una ducha. ¿Ya está ese café? —pregunta Martina ignorando que su jefe está manteniendo una tensa conversación telefónica.
Rai siente cómo la nuca se le tensa y el cuero cabelludo de toda la cabeza se le retrae. A continuación, le responde a su mujer.
—Voy a averiguar si la Científica ya ha terminado y podéis volver a casa. Te llamo en cuanto sepa algo.
Su mujer cuelga antes de que haya terminado de hablar.
Es más que probable que haya escuchado a Martina de fondo, en cuyo caso, sus elucubraciones acerca de dónde ha pasado la noche, sumado a que él tampoco le ha dicho dónde estaba, no habrá hecho otra cosa que hacer que Ana esté empezando a pensar lo que no es: que él se acuesta con otra mujer.
—He estado pensando en una cosa —dice Martina mirando a Rai a los ojos, algo no habitual en ella.
—¿El qué?
—Que puede que Santiago tenga razón en algo. Creo que, por encima de seguir analizando las cartas de esa persona, urge más empezar a buscar candidatos a tu alrededor, jefe, porque lo cierto es que todo apunta a que debe ser alguien que te conoce bien.
Rai se queda pensando en las palabras de Martina y, a pesar de que no le falta razón, su interior lo empuja hacia otra dirección. Si empieza a buscar demasiado en su pasado, la persona que está encerrada en el sótano, podría salir, y él no puede dejar que eso pase. Porque si sale, él se acaba.
—No estoy de acuerdo. Urge más hablar con las personas de la fiesta de anoche, empezando por la chica que me entregó la carta.
Además, alguien debió verlo, y es lo primero que vamos a averiguar.
Y también urge saber cómo y cuándo hay que parar esa rueda de la que habla.
No podemos olvidar que en cualquier momento podría ocurrir lo que amenaza con hacer, y no hay mejor estrategia que actuar antes de que lo haga tu enemigo.
Quien golpea primero lo hace más fuerte, él ya nos ha dado dos golpes, no podemos permitir que haya un tercero.
Así que lo que vamos a hacer es poner todos los recursos que tenemos para encontrarlo antes de que dé un solo paso más.
Yo voy a ir a ver a la chica que me entregó la carta cuando la rescaté, y lo que vas a hacer tú exactamente es averiguar dónde está la rueda que tenemos que parar.
Martina asiente mientras escucha cómo de fondo la cafetera empieza a burbujear.
Y Rai, que quiere pensar que todavía es capaz de evitar que la persona que tiene encerrada en el sótano salga, se dirige al cuarto de baño a darse una ducha que lo despeje y le permita encontrar la lucidez para acabar con ese caso de una vez, con la esperanza de que, como siempre ha hecho, las cosas entre su mujer e hijas se puedan arreglar.