La Norma Número Diez CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

EL TEMPLO

Tardan unos pocos segundos en adaptarse a la escasa iluminación que hay allí dentro, básicamente la que ofrecen los humildes candiles de metal que se desperdigan con desorden por el interior de ese extraño pero monumental templo.

El interior de ese lugar es como una gran vivienda diáfana que cuenta con diferentes ambientes entremezclados entre sí en cuyo centro hay unos cuantos sillones y sofás que rodean lo que parece ser una especie de pequeña pero exclusiva biblioteca.

Los libros que alberga están en el interior de una vitrina, un espacio protegido dentro de un lugar donde todo lo material parece carecer de la importancia y la relevancia de la que sí gozan esos libros.

Lo que nadie allí sabe es que la razón a ello es que son libros exclusivos, libros únicos que muy pocas personas han leído.

En el extremo más distante del templo hay una especie de tarima, de altar atípico en cuyo centro hay un gran sillón de madera tallado con tosquedad.

A su alrededor hay una veintena de cojines a modo de asientos.

Tras ese trono puede verse una especie de estructura secundaria, algo así como un gran biombo de madera de un solo panel en cuya parte superior hay talladas unas palabras: después de las tinieblas, llega la luz .

Unas luces emergen y zigzaguean por detrás de esa estructura.

El acceso de tos que los ha llevado hasta allí se vuelve a escuchar, y el sonido proviene precisamente de ese lugar.

Laura y Ezequiel corren hacia allí sin perder ni un instante. Rodean el trono de madera y se asoman tras esa pared que hay tras él. Y ahí, tumbado en un colchón rodeado por un sinfín de velas, pueden ver a su hijo Teo.