CAPÍTULO 20
HAY QUE PARAR LA RUEDA
Presente
Para mayor desgracia, dos de las chicas que habían sido ingresadas en el Hospital La Fe, acaban de perder la vida. Así que el número total de víctimas como consecuencia del incendio en la discoteca Mya asciende a cuatro.
Cuando Rai entra en las oficinas de la UICAV, todo su equipo aprecia que su semblante es más serio del que tenía antes de marcharse.
Martina se queda mirándolo durante más tiempo del que es normal en ella, cuando él la mira, baja la mirada.
Ese pequeño gesto es suficiente para que él sepa que ella sí ha percibido algo de lo que le pasa fuera de las cuatro paredes en las que se encuentran.
—Jefe, quiero presentarle a alguien —dice la inspectora Berta poniéndose en pie.
Raimundo gira el rostro y sus ojos viajan a unos cuatro metros más allá de donde está trabajando su equipo, lugar donde un joven que no debe llegar a los treinta lee, recostado en una silla, un libro de bolsillo de forma distendida.
—Es Leonardo Castro, viene a ocupar un puesto en nuestra unidad. Según dice, tú ya lo sabías.
Raimundo recuerda que Miguel Ángel Ochoa le ha hablado de él en repetidas ocasiones, empezando por el principio de esa misma noche.
Es uno de los «fichajes» o «regalos» de su jefe.
Según Miguel Ángel, el chico con gafas de montura redonda y pelo largo recogido en una coleta es un fuera de serie analizando casos, viene directamente de la prestigiosa Unidad Central de Inteligencia Criminal.
Su mayor virtud es su pensamiento lateral.
Ve cosas que otros no ven y plantea soluciones cuando todos los caminos están cerrados.
Todo eso es lo que Miguel Ángel le contó de él, pero ahora está por ver si es realmente así, o si es todo fachada.
Rai se acerca hasta él y observa cómo el joven tarda unos segundos en terminar la página que está leyendo. A continuación, se levanta colocando ambas manos sobre su zona lumbar, que la hace crujir en medio de una mueca de dolor.
—Disculpe, inspector jefe, nunca dejo una página a medias. Soy Leonardo Castro —dice el joven mirando a Rai a los ojos y tendiéndole una mano. Lleva puesto un suéter negro de punto de cuello alto y un pantalón vaquero gris que le queda grande.
Rai le estrecha la mano tratando de hacerse una idea rápida de la persona que tiene delante.
—Encantado de saludarte. Sí, me dijo Miguel Ángel Ochoa que llegarías entre hoy y mañana.
—Y no podría haber estado más acertado. Justo en el centro de la diana.
—No llegas en el mejor momento.
—Es algo a lo que estoy acostumbrado.
—¿Te han puesto en antecedentes?
—No, pero tampoco se moleste. Su equipo habla bastante alto y repite mucho las mismas ideas y hechos, no me ha costado demasiado trabajo escucharlos. Digamos que me he puesto al día yo solo mientras leía.
Rai se queda pensando durante unos segundos qué es exactamente lo que su jefe le ha «regalado». Porque un listillo es lo último que necesita en esos momentos.
—¿Y qué opinas?
Leonardo arquea las cejas mirando fugazmente al techo de la jefatura de la policía.
—Que a lo mejor lo estáis sobrevalorando.
—¿Sí? ¿En qué parte? —Ese comentario de Leonardo ha caído mal en Raimundo, que lo ve como un menosprecio hacia él y su equipo, a lo que han vivido.
—En la parte en la que pensáis que no ha dejado ni huellas ni pistas. Bajo mi punto de vista, todo el mundo deja un rastro. Solo hace falta utilizar las gafas adecuadas para poderlo ver.
—Y esas gafas las tienes tú —dice Rai con cierta ironía.
—Las mías no están mal.
—¿Y qué has visto a través de ellas?
—Que está muy interesado en que pongamos el foco de atención donde él quiere que lo pongamos, apartándonos de mirar hacia otras partes que puedan poner en peligro su plan.
—¿Y qué partes son esas?
—A bote pronto me pregunto si se ha seguido bien el cómo y el cuándo el asaltante entró y salió de su casa, jefe. Porque me extraña mucho que nadie lo viese.
—Es una urbanización con muchos ángulos muertos, y hay que tener en cuenta que solo han pasado unas cuantas horas desde el asalto. No ha habido tiempo de hacer un trabajo de campo adecuado.
—Y luego está el incendio en la discoteca Mya.
Algo así no se prepara en cinco minutos.
Debió tomarse su tiempo. Por no hablar de la chica a la que el asaltante le entregó la carta.
Eso me lleva a pensar que nuestro hombre enmascarado estaba en la pista de baile hasta que todo empezó, así que en algún momento alguien pudo verlo.
Hablar con toda la gente que ha salido indemne de la discoteca nos dará pistas jugosas sobre quién es.
—No veo que hasta el momento hayas planteado nada que no vayamos a hacer ya.
—Entonces veo que estamos en la misma línea. Eso me gusta.
—Mira, Leonardo, hasta el momento he sido bastante más amable contigo de lo que lo soy habitualmente.
—También es algo a lo que estoy acostumbrado. Forma parte de mi atractivo natural. Habitualmente, caigo bien.
—Pues conmigo te ha caído la excepción.
—¿Cómo dice?
—De momento harás trabajo de oficina. Revisar expedientes, transcribir declaraciones, ese tipo de cosas.
—¿Qué expedientes? ¿Y qué declaraciones?
—Las que lleguen a tu mesa.
—¿Y mi mesa es…?
—Todavía no se te ha asignado ninguna.
—¿Y entonces?
—Mira, Leonardo, ¿ves esa puerta de allí? —dice Raimundo apuntando hacia el fondo de la oficina de más de doscientos metros en la que se encuentran. Leonardo Castro se fija en una pequeña puerta gris sobre la que hay colgada una chapa metálica rectangular con la palabra «Archivo» escrita.
—Sí, eso es el archivo.
—Efectivamente, y ahora también tu lugar de trabajo hasta que se te asigne una mesa.
Leonardo tuerce el cuello hacia un lado. Mira al inspector jefe de reojo.
—No termino de entenderlo, jefe.
—Es que no tienes nada que entender. En el archivo hay montones de cajas que necesitan ser ordenadas, digitalizadas y posteriormente trasladadas al almacén general.
Y tú no tienes mesa. Así que de momento es lo que vas a hacer.
Ten en cuenta que con esas «gafas» tan especiales que dices tener a lo mejor puedes ver algo en el archivo que los demás no hemos visto, como por ejemplo unas cuantas telarañas.
Leonardo se queda observando a Rai, después mira a la inspectora Berta y al subinspector Santiago, que lo miran con una expresión de satisfacción y regocijo que no le agrada.
Martina, por el contrario, se mantiene ajena a mostrar cualquier tipo de emoción.
No se ve por ninguna parte a Claudio, que permanece casi todo el tiempo encerrado en su puesto de trabajo.
—Creo que se equivoca conmigo, inspector jefe, aportaría mucho más estando en el núcleo duro de la investigación que encerrado en un cuartucho.
—Dime, Leonardo, ¿de dónde eres?
—De Madrid, de dónde si no.
—¿Y en qué unidad estabas allí exactamente?
—En la Unidad Central de Inteligencia Criminal.
—Dios, pero si nos han traído a un cerebro.
—Digamos que me gusta leer mucho y muy variado.
—Pues entonces el archivo te irá que ni pintado.
Leonardo suspira con hastío.
—Creo que no hemos empezado con buen pie, jefe, ¿le parece si lo volvemos a intentar?
—Sí, me parece, pero después de que hayas ordenado el archivo. Siendo tan listo como dices que eres, dudo mucho que te lleve más de una semana.
—Creo que esto no es necesario, inspector jefe, ya he captado el mensaje.
—Pues ahora medítalo en el archivo. Y no hay más que hablar —Las últimas palabras de Rai se suben de tono, algo que hace que Leonardo no siga intentándolo. El cual agacha la cabeza y, tras asentir con seriedad, se da media vuelta y pone rumbo al archivo.
Rai, que lo ve alejarse de espaldas, se fija de nuevo en su vestimenta, muy vieja y poco cuidada, algo que no termina de gustarle.
Hay una parte de él, quizá esa parte que encerró en el sótano hace tantos años, que le dice que no está bien prejuiciar a nadie por su aspecto o apariencia, que no debería fijarse en esas cosas, porque en el fondo, él no es así.
Eso le lleva a pensar en lo que el asaltante le escribió en la última carta, que para ser justo debería dejar atrás los prejuicios y su educación, las cadenas éticas y morales.
Irremediablemente echa la vista atrás para mirar a ese lugar al que no le gusta mirar.
A continuación, de muy lejos, vuelve a escuchar ese ruido que le recuerda a los ladridos de un perro.
Para evitar el desastre, como ya es habitual en él, centra su mente en otra parte, en un punto fijo y estable.
—Martina, ¿tienes idea de cómo para la rueda de la que habla en la última carta?
La psicóloga levanta la mirada y sonríe con complicidad.
—Digamos que he pensado en algunas posibilidades.
—Cuéntame.
—Creo que la persona que está detrás de todo esto tiene una especial obsesión con los ciclos de la existencia, de la vida.
El primer escenario tuvo lugar en un incendio, con el fuego como elemento primario.
En este segundo escenario creo nos está hablando de la tierra cuando dice que mire hacia los estados sólidos , dicho término suele usarse cuando se habla del elemento primario «tierra».
A lo largo de la historia, multitud de culturas y religiones han coincidido en señalar cuatro elementos primarios como la base de la naturaleza, del mundo físico.
Dichos elementos son la tierra, el fuego, el aire y el agua.
Y simbolizan, cómo no, el ciclo de la existencia, de la materia.
Lo que estoy intentando decir es que lo próximo que ha preparado va a tener lugar en algo en lo que la tierra tenga mucho protagonismo, que a su vez congregue a muchas personas en un acto que identifique en cierta manera los principios y los valores de la sociedad actual, y, por último, es posible que, efectivamente, haya algo que ruede y ruede y que haya que parar de forma justa.
Todos se quedan pensando en lo que acaba de contarles Martina.
Lo que plantea no pasaría de un acertijo tan curioso como enrevesado si no estuvieran en juego la vida de muchas personas.
Todavía no saben qué es lo que realmente quiere esa persona, ni qué reivindica ni qué quiere conseguir con todo eso, pero sí saben qué es lo que pasará si no lo atrapan antes.
—Berta, ¿tú qué opinas? —pregunta Rai mirando a la ingeniera militar.
—Yo creo que, aparte de buscar un posible evento que reúna las características que acaba de contarnos Martina, hay que insistir en buscar el posible rastro que haya podido dejar.
Yo empezaría por interrogar a la chica que te dio la carta y a su amiga, también revisaría las cámaras de seguridad de la discoteca.
Es posible que hayan grabado algún movimiento extraño.
Rai medita el punto de vista de Berta y luego dirige la mirada hacia el subinspector Santiago Bermejo, que no tarda en dar el suyo.
—Pues a mí lo que me parece es que esa persona te guarda un profundo resentimiento, jefe, creo que te conoce bastante bien, y creo que, si buscamos a fondo en tu pasado, terminaremos encontrándolo.
No te lo tomes a mal, Rai, pero creo que hay alguien que, por mucho que no se atreva a confesarlo abiertamente y que lo camufle con propósitos espirituales, con oportunidades de convertirte en una gran persona y con ideales antisistema, en el fondo está muy enfadado contigo, y no va a parar hasta que tengas tu merecido.
Tras las secas y amargas palabras de Santiago, alguien que no conoce las medias tintas ni los formalismos, Rai hace una pequeña pausa y, dándose la vuelta internamente, mira hacia el lugar donde nunca quiere mirar.
Después piensa que, a pesar de que ese lugar siempre lo perseguirá, no puede ser verdad. Ese mal no pudo sobrevivir a ese lugar.