CAPÍTULO 19
EL CENTRO DE INTERPRETACIÓN
La primera norma dice que es imprescindible guardar confidencialidad absoluta. No está permitido hablar con nadie del Movimiento, ni tan siquiera si ya se ha dejado de pertenecer a él. La confidencialidad es de por vida.
Durante unos segundos todos se quedan contemplando ese extraño poblado. Después de una noche sin dormir y llena de experiencias muy intensas, tienen la sensación de que lo que están viendo, de tan inesperado, y de tan fuera de lugar, no es real.
Al principio dudan acerca de si hay alguien viviendo allí, pero el ruido que proviene de las ramas secas al partirse hace que todos miren hacia uno de los extremos de ese poblado.
Tras unos árboles aparece un chico que debe rondar la mayoría de edad.
Empuja una carretilla llena de pequeños troncos con la vista clavada en sus pies, no es hasta que está a unos quince metros de la expedición que lleva toda la noche buscando a Teo, cuando alza la vista y los ve.
Instintivamente suelta los brazos de la carretilla, que se posa en el suelo sin apenas hacer ruido.
—Eh, chico, ¿vives aquí? —pregunta Ezequiel alzando un poco las palmas de las manos. No quiere asustarlo más de lo que ya está.
Pero el joven, al contrario de lo que pretendía Ezequiel con su tranquilizador gesto, percibe miedo y sale disparado la construcción que parece un templo.
—¡Eh, chico, espera! —grita Ezequiel.
El chico no tarda ni veinte segundos en llegar a la casa grande, rodearla y desaparecer tras ella.
Ezequiel, que sin pensárselo dos veces ni preguntar al resto, también ha salido corriendo, se detiene de golpe cuando empieza a escuchar el estruendoso tañer de una campana.
Tras un par de segundos de tensa expectación, las puertas de las cabañas se empiezan a abrir una a una, y del interior de las mismas, despacio y con prudencia, empiezan a salir personas: hombres y mujeres de entre dieciocho y veinticinco años, aunque también hay de más y menos edad.
Nadie dice nada, solo miran con sorpresa y cierta cautela al grupo de personas al que, sin pretenderlo, rodean.
Por último, también se abre la puerta de la casa que se asemeja a un templo, hacia donde todos miran.
Primero salen tres chicas de entre dieciocho y veinte años, una pelirroja, una morena y una rubia.
Luego sale un hombre de unos cincuenta años, aparentemente el adulto de mayor de edad en esa extraña aldea.
Tiene una melena de pelo cano y una barba del mismo tono que cubre gran parte de su cara.
De su cuello cuelgan dos objetos, uno es un colgante cuyo símbolo es el dragón enroscado, el otro es un fino y alargado cilindro de metal, parece un extraño silbato similar a los que usan los ornitólogos.
De entre ese conjunto de personas, en total, unas setenta, Hugo puede reconocer a la pareja que le pidió el inhalador de Teo. Movido por un acceso de valor no habitual en él, se acerca con decisión hasta Ezequiel y, señalando hacia una de las cabañas, dice:
—Son esos dos de allí, ellos son los que fueron a por mí en el bosque, ellos saben dónde está Teo, se llevaron su inhalador.
La determinación y seguridad con la que habla Hugo, seguido por el desasosiego que su dedo acusador ha provocado en la pareja que ha señalado, de nombres Axel y Jimena, hace que las dudas que pudiese tener Ezequiel acerca de la versión de los hechos que les contó, se disipen con rapidez.
Pero cuando se pone en movimiento para acercarse a ellos, el hombre que salió en último lugar de la casa grande, el de mayor edad, lo interpela con una voz ronca y grave.
—Disculpe, señor, ¿puedo saber qué le ha traído hasta mi propiedad?
Ezequiel lo mira con firmeza y, con un involuntario reproche en la voz, le dice:
—Mi hijo desapareció hace tres días en este bosque, y creo que esos dos saben algo —Ezequiel alza la voz y apunta a la pareja que segundos antes le ha señalado Hugo.
—¿Cree? ¿O lo sabe? —pregunta el hombre con soberbia.
—Lo sé.
—¿Y qué sabe exactamente, si se puede saber?
—Ya se lo he dicho, mi hijo Teo desapareció hace tres días y esos dos jóvenes saben algo, de lo contrario no hubiesen vuelto al lugar donde cayó al río para recuperar el inhalador que tanta falta le hace a mi hijo.
No sé quiénes son ustedes ni lo que se supone que están haciendo aquí, pero tan pronto me digan dónde está mi hijo, nos marcharemos.
El hombre de pelo cano, que, según parece, es quien ejerce de líder en ese grupo, no muestra ninguna emoción reactiva ante las palabras de Ezequiel. Sus ojos, de un marrón muy claro similar al ámbar, lo miran con atención. Tarda unos segundos en responder.
—Como le he dicho antes, esta es mi propiedad, y como ha dicho usted, lo que hagamos o dejemos de hacer aquí no es de su incumbencia, no obstante, respetando el estado de confusión en el que se encuentra, le diré para su tranquilidad que somos un centro de interpretación del medioambiente, nada más, ni nada menos.
Tenemos permiso para estar aquí, de hecho, esta propiedad está a mi nombre, solo queremos arreglar lo que otros rompen.
Somos estudiosos y conservadores de la naturaleza, del mundo que nos rodea, nada más.
Ezequiel elude entrar en un debate acerca de lo que hacen o no allí.
—Me parece muy bien, y ahora, si no le importa, hablaré con ese chico y esa chica, ellos fueron quienes se llevaron el inhalador de mi hijo, después nos iremos.
El hombre de pelo cano, que observa cómo Ezequiel está decidido a hacer lo que acaba de decir, le corta el paso poniéndose delante. Durante un par de segundos, ninguno dice nada, solo se estudian con la mirada. Es Laura quien, con desesperación en la voz, rompe el hielo.
—Me llamo Laura, y mi hijo Teo es junto a mi marido todo lo que tengo, toda mi vida.
Lleva más de tres días desaparecido y tiene un asma bronquial grave.
Por favor, necesitamos encontrarlo cuanto antes, necesitamos que Teo vuelva a casa.
Solo queremos eso, nada más. Así que le suplico que, si esa pareja nos puede conducir a él, se lo agradeceré durante el resto de mi vida.
El abatido y desesperado rostro de Laura contrasta con la expresión del hombre de pelo cano, que se muestra extremadamente tranquilo, ajeno a cualquier tipo de emoción. Observa a Laura con escrupulosa atención, como si estuviese analizando y estudiando cada detalle de su alma.
Antes de que el hombre de pelo cano se pronuncie, sucede algo que hace que todos dirijan su atención hacia la casa grande, es el sonido que emite un fuerte acceso de tos.
Tras ese acceso de tos, tanto Ezequiel como Laura miran de nuevo al hombre de pelo cano, cuya expresión ya no se ve tan relajada como lo estaba segundos antes.
En ese momento siente la tentación de, por primera vez, utilizar el silbato que cuelga de su pecho, pero en el último momento se serena y no lo hace, a continuación, dice:
—Lo vimos caer desmadejado río abajo hace tres días, estaba empapado en sangre, lleno de heridas, amoratado, no vimos nada en él que pudiese hacernos pensar que seguía con vida.
Nos imaginamos que debió caerse en alguna zona accesible de los rápidos, los cuales quedan bastante lejos de aquí.
Eso nos llevó a confirmar lo que ya intuíamos, nadie podría haber sobrevivido a algo así, es imposible, así que…
—El hombre de pelo cano hace una pausa y se emociona recordando algo—.
Cuando comprobamos que estaba vivo, supimos de inmediato que estábamos presenciando un milagro.
Supimos que era él, al que estábamos esperando.
Desde entonces ha recibido los mejores cuidados y estamos a la espera de que su cuerpo sane, algo que solo será posible si permanece en este lugar.
Por otra parte, y antes de que lo veáis, necesito que sepáis que la persona que está ahí dentro, en realidad, no es quien vosotros pensáis.
Tras escuchar atónitos el discurso de ese hombre, y sin tiempo para analizarlo o interpretarlo, la primera reacción de Ezequiel es coger al hombre de pelo cano por las solapas de la chilaba blanca que lleva.
Lo acerca a su cara, lo zarandea y lo amenaza con la mirada, pero no dice ni hace nada más.
Lo suelta y sale corriendo hacia la casa grande, su mujer no tarda ni dos segundos en unirse a él.
—¡Esperad! ¡Esperad! ¡No podéis entrar ahí solos!
¡Es un lugar sagrado! —grita el hombre de pelo cano.
Pero nadie impide que Ezequiel y Laura lleguen a la casa, abran la puerta, y entren en busca de lo que más quieren.
El hombre de pelo cano se dice que tal vez no fue buena idea mandar a que Axel y Jimena borraran cualquier rastro que pudiese hacer justo lo que acaba de ocurrir, que personas ajenas al Movimiento encontrasen y entrasen a uno de sus centros de interpretación.
La tentación de usar el silbato, vuelve a él con fuerza.