CAPÍTULO 18
TENEMOS UN PROBLEMA
Presente
Las lágrimas bordean el contorno de la cara de Rai cuando se abraza a su hija Esther.
Es la segunda vez que su hija mayor podría haber muerto esa noche, y tiene la horrible sensación de que, a pesar de todos sus esfuerzos, él no hubiese podido hacer nada por impedirlo.
La vida a veces te hace jugar sin ni siquiera haberte repartido una mano de cartas, y así es imposible ganar.
—¿Estás bien, Esther? ¿Has sufrido algún tipo de daño? —pregunta Rai mirando a su hija a los ojos, que los encuentra más apagados de lo normal.
—Parece que está bien, me ha dicho que tuvo bastante suerte porque cuando empezó el incendio estaba cerca de la puerta, así que salió de las primeras —dice Ana respondiendo por su hija.
—Le he preguntado a ella, Ana, así que, si eres tan amable, deja que sea ella quien responda. Es importante.
Ana se queda un instante mirando a su marido. Después baja la mirada. Se fija en los múltiples vendajes que cubren sus manos. También en las rozaduras de su rostro, que han sido cubiertas con una crema.
—Lo siento.
Rai vuelve a centrarse en su hija.
—Esther, necesito saber si te encuentras bien, si respiraste mucho humo en el interior de la discoteca, si te diste algún golpe o sufriste algún otro tipo de daño.
Esther mira a su padre con el ceño fruncido. Él percibe que está rabiosa, lo que no sabe es por qué ni hasta qué punto.
—Creo que ya te ha respondido mamá. Estoy bien, no he sufrido ningún tipo de daño. Y tampoco respiré humo. Cuando empezó el incendio yo acababa de entrar junto a una amiga, así que no tuve demasiados problemas en volver a salir.
—¿Con qué amiga?
—Por Dios, papá, con Marga, ¿qué importancia tiene eso?
—Aunque no te lo creas, importa, hija, en una investigación cualquier detalle puede resultar determinante.
—Pues en esta ocasión me parece que no lo es. ¿Ya has terminado?
Rai se queda un instante mirando a su hija mayor a los ojos. Ni entiende ni se acostumbra a esa rebeldía y a ese distanciamiento con su hija.
—Intenta descansar, hija, creo que lo mejor será que duermas un rato, mañana seguiremos hablando.
—Sí, yo también creo que será lo mejor —dice Esther con enfado poniendo rumbo a una de las dos habitaciones que hay en esa suite.
Tras ella, sus otras dos hijas, Lidia y Valentina, lo miran con desaire y siguen los pasos de su hermana mayor. Rai, que no tiene tiempo de reaccionar ni tampoco fuerzas para hacerlo, las sigue con la mirada y cuando las pierde de vista, se gira hacia su mujer.
—¿Puedo saber qué está pasando aquí, Ana?
Su mujer lo mira desde la pena y el cansancio.
—No lo sé, Rai, creo que será mejor que hables tú con ellas.
—¿Tú sabes algo?
Ana niega con la cabeza.
—¿Es cosa tuya? ¿Las estás poniendo en mi contra?
—¿Qué? ¡Claro que no! ¿De qué estás hablando? ¿Se te ha ido la cabeza?
—No se me ha ido ninguna cabeza, digo lo que pienso, lo que veo.
—Pues me parece que no ves demasiado bien.
—Sé lo que estás intentando, Ana.
—¿Sí? A ver, sorpréndeme, inspector jefe.
Rai ríe con sarcasmo.
—¿Lo ves? A eso me refiero. Tú sola te delatas.
Ahora es Ana quien ríe con nerviosismo.
—¿Y qué es eso a lo que te refieres, si se puede saber?
—Llevas tiempo intentando distanciarme de ellas, ponerlas en mi contra, llevas tiempo empujándome fuera de esta familia. Lo que todavía no tengo claro es el por qué. ¿Envidia, tal vez?
Ana va a replicar con contundencia, pero de pronto escucha cómo una de sus hijas golpea sin querer la puerta tras la que se encuentra. Al parecer, los están escuchando a escondidas.
—Creo que será mejor que dejemos esta conversación para otra ocasión, Rai, además, imagino que tendrás mucho trabajo que hacer. Te estarán esperando asuntos más importantes en otra parte, como siempre.
—¿Ves? Lo has vuelto a hacer. Te has vuelto a delatar. Me estás invitando a irme, me empujas fuera continuamente. Pero no te preocupes, porque esto no va a acabar así, y te aseguro que no te vas a salir con la tuya.
Ana se lleva ambas manos a la cabeza, después aprieta las mandíbulas para retener un estruendoso grito de rabia.
—En algo sí te he de dar la razón, Rai, hace un rato estaba muy asustada por si te había pasado algo, pero ahora solo quiero que te marches de esta casa.
Rai vuelve a mirarla fijamente, pero por muy poco tiempo. Se da la vuelta y se marcha del hotel sin decir nada más. No tiene ni idea de lo que le está ocurriendo a su familia, de lo que le está ocurriendo a él, es como si se estuviese descomponiendo segundo a segundo.
En cuanto se sienta en el coche y pone las manos sobre el volante, recibe una llamada de su jefe, Miguel Ángel Ochoa.
—¿Me puedes explicar qué mierdas está pasando aquí y por qué todavía no me has informado de lo de la discoteca?
Lo último que necesita Rai es una bronca de su jefe, otro ataque directo desde otro ángulo.
—Pasa que tenemos un problema, Miguel Ángel, uno de los grandes.