CAPÍTULO 17
UNA NOCHE MUY LARGA
Los padres de Teo, Ezequiel y Laura, pierden los nervios momentáneamente cuando escuchan lo que Hugo les cuenta, cuando les dice que él sabía desde el minuto cero lo que había pasado con su hijo.
La rabia por lo sucedido y por la confesión de Hugo se mezclan con el temor a que su hijo no esté vivo, algo que, si se tiene en cuenta que lleva tres días desaparecido y que cayó en el curso alto del río Cabriel, sería lo más probable.
Y eso que no saben que antes de caer se golpeó la cabeza contra una piedra, justo cuando estaba a punto de asfixiarse debido a la falta de oxígeno en sus pulmones, porque de eso Hugo, intencionadamente, no ha querido decir nada.
Sí ha contado, por el contrario, que se encontró con esa extraña pareja de jóvenes en el bosque, a los cuales se aferra con todas sus fuerzas como presuntos responsables, o al menos conocedores, del lugar en el que Teo podría encontrarse ahora.
Es de noche, y todo el mundo sabe que adentrarse en el bosque en esas circunstancias es muy peligroso.
Pero en algún lugar de las Hoces del Cabriel hay un niño de diez años que hace tres días que no duerme en casa, así que esperar a que salga el sol o llegue el equipo de rescate de los servicios de emergencia a quienes ya han llamado, ni se plantea, al menos por parte de los padres de Teo, que son quienes encabezan la partida de un total de quince personas que pone rumbo sin demora al lugar donde Teo fue visto por última vez.
Es el propio Hugo, impelido por el oprobio, quien va señalando hacia dónde hay que ir.
Caminan deprisa y nadie se atreve a quejarse cuando tropieza o se cae.
Todos siguen adelante y en la hora que tardan en llegar al lugar donde se dirigen, nadie dice nada.
Una vez allí, se detienen a la espera de algún tipo de respuesta.
Hugo, a quien, a pesar de toda la adrenalina segregada, el cansancio ya está superando, señala con un dedo un punto alejado del lugar exacto donde Teo se tropezó y cayó, evitando que pongan el foco de atención en la roca ensangrentada.
Está aprendiendo a pasos agigantados a contar la verdad que a él le conviene y beneficia.
Todos se fijan en que, tal y como el propio Hugo dijo, en esa zona es donde empiezan los peligrosos rápidos del río, seguir su curso es algo que, no solo es peligroso, sino muy difícil, más aun en mitad de la noche.
—Vamos, hay que seguir, no podemos detenernos ahora ni perder un segundo más. Es posible que el curso del río se relaje un poco más abajo —dice Ezequiel con urgencia en la voz.
Las horas pasan y el cansancio es tan sumamente grande que más de uno y de una llora de pura desesperación.
Algunos incluso piensan que todos van a morir allí esa misma noche.
Gritan el nombre de Teo, al unísono, por turnos.
Pero el sonido de sus voces lo engulle la inmisericorde noche tan pronto como sale de sus gargantas.
Es como estar en el interior de un mal sueño, allí las reglas no las ponen ellos, en absoluto, allí las reglas son de otra naturaleza, no tienen alma ni corazón.
Sin ser del todo conscientes, y abatidos por el fracaso del que nadie se atreve a mencionar, los sorprenden los primeros rayos del sol.
El día llega y, casi como por arte de magia, les permite ver a unos cien metros del lugar en el que se encuentran algo parecido al tejado de una casa.
El instinto los hace dirigirse hacia allí, más por encontrar un posible lugar en el que cobijarse y recuperar fuerzas que otra cosa.
Cuando llegan hasta el claro donde se encuentra esa casa, ven que es mucho más grande de lo que parecía.
Es una construcción de madera imponente, tipo iglesia, a su alrededor hay unas veinte cabañas, también de madera, todas ellas están numeradas.
El conjunto recuerda a un antiguo poblado medieval.
Todos guardan silencio durante unos instantes viendo que, la construcción principal, más que a una casa, en realidad se asemeja a un templo, a uno muy grande.
De la parte más alta de su fachada principal emerge una especie de torreón del cual cuelgan tres grandes listones de madera unidos entre sí.
En cada uno de los listones hay escrita una frase:
Véase el todo.
Presérvese el todo.
Sírvase el todo.
Por encima de dichos listones, en el lugar donde en las iglesias católicas suele verse una cruz, hay un símbolo circular. Es un dragón comiéndose a sí mismo.