CAPÍTULO 14
LOS CHICOS
—¿Qué te ha pasado, hijo? ¿Dónde estabas? ¿Qué es lo que tienes que contarme? —Elena, la madre de Hugo, todavía no se cree que haya recuperado a su hijo. En ese momento, y a pesar de su grave enfermedad terminal, se siente más viva que nunca.
Hugo agacha la cabeza, diminutas lágrimas abrasan la piel de su cara.
—Lo siento mucho, mamá, yo no quería, no sabía que…
Elena, que siempre ha tenido una conexión muy profunda con su hijo, lo mira a los ojos y, aunque no es capaz de saber lo que le va a contar, intuye que es algo muy grave.
—¿Qué ha pasado, Hugo?
Hugo levanta la cabeza y, tras su madre, puede ver cómo los padres de Teo se han ido acercando hacia él disimuladamente. Eso hace que el miedo a contar la verdad aumente.
—Hijo, ¿qué ocurre? Soy tu madre, sabes que a mí me lo puedes contar todo, y que sea lo que sea, seguro que tiene solución.
—Esto no lo tiene, mamá. Yo no quería, fue culpa de los chicos.
—Hugo, me estás asustando, ¿me quieres decir de una vez qué ha pasado?
Hugo mira a su madre aterrorizado, pero también con la certeza de que, si existe alguien capaz de entenderlo y defenderlo en una situación así, es ella, la única persona que nunca le ha fallado.
—Hace tres días estábamos jugando a pillar por el bosque, ya sabes, los chicos, yo y… Teo Calatayud.
Los ojos de Elena se expanden.
—¿Y qué ocurrió?
Hugo niega con la cabeza antes de responder. Siente su corazón a punto de explotar.
—No sé muy bien cómo pasó, pero estábamos jugando a pasarnos…
una pelota, cerca del río Cabriel, y sin saber muy bien cómo, Teo resbaló y cayó al río.
Cuando nos dimos cuenta ya lo habíamos perdido de vista —Hugo es incapaz sostenerle la mirada a su madre, cuya respiración se ha vuelto muy ruidosa.
Elena ata cabos con rapidez y se lleva ambas manos a la boca, luego las separa con un ligero temblor en los dedos.
—Hugo, ¿cómo que Teo cayó al río? ¿Y qué hicisteis después? ¿Y dónde está ahora?
—Tratamos de seguirlo, pero justo en ese punto es donde empiezan los rápidos. Apenas pudimos recorrer unos cuantos metros tras él antes de que el propio bosque nos cortase el paso.
—Dios mío, Hugo, ¿y por qué no dijisteis nada?
Hugo se encoge de hombros y se refugia en un llanto desolado.
—No lo sé, mamá, nos asustamos, pensamos que si decíamos algo nos reñiríais o nos meteríamos en un lío. Lo siento mucho, mamá, no queríamos que pasara esto.
—¿Y dónde se supone que has estado esta tarde? ¿De dónde venías?
—De buscarlo. Me sentía fatal y he intentado volver a ver si lo encontraba, por si por alguna de aquellas todavía estaba…, pero…
—Pero, ¿qué?
Algo en el interior de Hugo resplandece como un lingote de oro reluciente en el fondo de una cueva. Recuerda a la extraña pareja del río que llevaba el colgante del dragón enroscado en el pecho, los que le pidieron el inhalador de Teo.
—Creo que a lo mejor alguien se lo llevó.
Elena siente el impulso de abofetear a su hijo, no sabe si se está inventando todo lo que le está contando o solo en parte, pero en lugar de eso se centra y piensa en que hay algo más urgente que todo eso, encontrar a ese niño que ya lleva tres días desaparecido.
Casi puede sentir la presencia de los padres de Teo cuando se gira, los cuales están a solo un par de metros.
—Ezequiel, Laura, tengo que contaros algo —dice Elena con el rostro lleno de pesar.
Los padres de Teo se quedan mirándola en silencio, luego miran a Hugo.
—¿Qué ha pasado? ¿Sabe Hugo dónde está Teo? —pegunta Laura, que es quien se mantiene más serena.
Y Elena, que todavía está asimilando lo que su hijo le ha contado, dice lo único que en realidad puede decir.
—En el río. Teo está en el río Cabriel.