La Norma Número Diez CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

Cuando los bomberos parece que ya van a dan por concluida la evacuación, una de las últimas chicas a las que han rescatado, y que está a tan solo un par de metros de donde se encuentra Rai, empieza a gritar que tienen que entrar al baño, que falta una persona, que no pueden dejarla allí.

—Entraremos en cuanto la situación mejore, ¿de acuerdo? —dice Andrés Luján tratando de tranquilizar a la chica que no para de gritar.

Y es en ese momento cuando Rai, por muy retorcido y maquiavélico que parezca, entiende a qué se refería el asaltante con las insinuaciones a si sería capaz o no de vencer el miedo a morir para hacer lo que tenía que hacer.

Siente como si, de algún modo, ese fuese su momento, el momento que el asaltante hubiese reservado para él.

Poniendo el foco en la puerta de entrada, coge aire y sin pensarlo detenidamente —la situación no lo permite— yergue la postura y se dirige hacia el centro de la tormenta de fuego. No ha dado ni un paso cuando siente cómo alguien lo agarra con fuerza por el brazo.

Es Andrés Lujan, que lo mira a los ojos y mueve el cuello hacia ambos lados con seriedad.

—¿En qué está pensando? Ni se le ocurra entrar ahí dentro, inspector jefe.

—Todavía podría haber una persona con vida.

—Es imposible llegar hasta los baños ahora mismo, si lo intenta morirá con total seguridad.

—Esa persona podría ser mi hija. Ni se le ocurra volver a intentar detenerme —dice Rai sin titubear.

A continuación, coge la mano de Andrés Lujan con la que lo está sujetando y es él mismo quien la suelta.

Los dos hombres se miran durante unos instantes tratando de comprenderse, de no interponerse el uno en el camino del otro.

Rai no ha dado ni dos pasos más cuando el cabo primero lo interpela de nuevo.

—Inspector Jefe.

Rai se gira y ve que el cabo primero le está tendiendo su equipo de respiración autónoma, el casco, las gafas, los guantes. Para un bombero, desprenderse de sus equipos de protección es un gesto que va mucho más allá de la generosidad.

—Lo que va a hacer es una locura, pero no voy a permitir que entre si no se protege mínimamente.

Rai acepta la especie de trato que le acaba de proponer el cabo primero y, con su ayuda, se coloca uno a uno los equipos de protección.

—Intente no tocar las paredes. Vaya con mucho cuidado con los objetos que podrían desprenderse del techo.

Y si por alguna de aquellas ve una puerta cerrada, ni se le ocurra abrirla.

Ahí dentro la temperatura podría ser superior a los dos mil grados centígrados, no haga la estupidez de intentar cruzar una cortina de fuego, o morirá.

Por si alguna de aquellas consigue llegar, los baños están al fondo a la derecha.

Tras escuchar con atención las palabras de Andrés, y ante la atenta mirada del personal del cuerpo de bomberos, de sus compañeros Berta, Santiago y Martina, cuyas expresiones mezclan la admiración y el horror, Rai entra directo a la boca del dragón.

Su infernal aliento se percibe desde muchos metros de distancia, pero cuando se adentra en su interior siente cómo todo el calor del mundo lo abraza.

Durante unos cuantos segundos no ve nada con claridad.

Se queda observando, paralizado, la macabra danza del fuego.

Las llamas bracean, se alargan y se encogen, lo intimidan con sus terroríficos rugidos.

Lenguas de fuego lo acarician con cada paso que intenta dar, es como la advertencia previa a la destrucción total.

Lo que tiene ante él no es una cortina de fuego, como le había advertido Andrés, es un auténtico océano de llamas.

Pero algo en su interior le dice que continúe, es una fuerza que, aunque de forma muy lejana, recuerda muy bien cuándo fue la primera vez que la sintió.

Esa fuerza le dice que no se quede ahí parado, o morirá en cuestión de segundos.

Y eso es exactamente lo que hace, correr hacia delante sin saber si las llamas tardarán dos, tres o cuatro segundos en descomponer todo cuanto es él.

Avanza deprisa hasta el final, y cuando llega a los cuartos de baño, ve que la puerta está cerrada. Andrés fue muy claro en lo que no debía hacer ante un caso así. Pero también le dijo que no entrara, que no cruzase cortinas de fuego, y allí está.

Cuando Rai abre la puerta, el fuego se toma su tiempo para responder, para contraatacar, como si estuviese cogiendo impulso, y él, instintivamente, se agacha y se protege la cabeza todo lo que puede ante la temible embestida, algo que no tarda en llegar.

Una bocanada de fuego, como el más potente de los lanzallamas, arrasa todo cuanto tiene delante, todo cuanto está por encima de unos cincuenta centímetros del suelo.

La chaqueta de Rai se calcina prácticamente al instante por la zona de su espalda.

La pintura roja de su casco desaparece de inmediato.

Y si antes sentía que se estaba quemando, ahora siente como si se estuviera desintegrando.

Se vuelve a levantar sin tiempo para evaluar los daños y se adentra en el cuarto de baño, asombrosamente, está mucho más libre de fuego que la sala de la discoteca que acaba de atravesar.

Recorre con la mirada el interior del cuarto de baño y ante él ve que hay tres cabinas con la puerta cerrada.

Empuja la primera y la encuentra vacía. Empuja la segunda, lo mismo.

Empuja la tercera. Y allí, en el suelo, no es una chica con lo que se encuentra, sino dos.

Están abrazadas y aterrorizadas. Hechas un ovillo y temblando de miedo.

Se han cubierto la boca con una prenda de ropa que han ido humedeciendo y gracias a ello todavía no se han ahogado.

Cuando alzan la mirada y ven a Rai frente a ellas, rompen a llorar de felicidad.

Cubriéndolas como puede con su chaqueta, y compartiendo el oxígeno de su botella con ellas, salen de allí a duras penas.

Tan solo unos segundos después de que Rai y las dos chicas chicas hayan salido de la discoteca ante las miradas de asombro, incredulidad y felicidad de todos los que esperaban expectantes el resultado final, se escucha una poderosa y destructora deflagración que hace que todo cuanto quedase en pie en el interior de la sala de baile, desaparezca por completo.

Si llegan a tardar unos pocos segundos más, su historia acabaría de terminar.

Antes de ser atendidos por el cuerpo médico, una de las dos chicas a las que Rai ha rescatado, mete la mano en el bolso y le entrega un sobre cerrado similar al que encontró en su casa. Está sellado con el símbolo del dragón enroscado.

—Alguien me dijo que se lo entregase a la persona que me rescatara. Por cierto, muchas gracias.

El corazón de Rai, que todavía no ha podido encontrar ese remanso en el que descansar, se vuelve a tensar.

Pero hay algo en su interior que ha cambiado.

El miedo, ese miedo a perder la propia vida del que le hablaba el asaltante en la carta, ya no lo ve por ninguna parte, se ha ido.

Y eso hace que, a pesar de las múltiples y feas quemaduras que presenta y que el cuerpo médico ya ha empezado a evaluar, se sienta fuerte, más que nunca.