La Norma Número Diez CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

CAOS

Presente

El camino hasta la discoteca transcurre entre llamadas nerviosas a otras unidades y a los bomberos, velocidad y mucho riesgo en las curvas, en los cruces, en los pasos de peatones que atraviesan sin mirar.

Rai recuerda la discusión que tuvo con su hija mayor antes de que se marcharan al hotel.

Él le dejó claro que ni se le ocurriese salir esa noche, se lo prohibió tajantemente.

Pero, también es cierto que, durante el último año, concretamente desde su traslado a Valencia, sus tres hijas se han ido mostrando cada vez más distantes y rebeldes hacia él, especialmente Esther, con quien creía tener un vínculo especial, pero que, día tras día, parece alejarse más.

Hace un año hubiese puesto la mano en el fuego a que su orden ni tan siquiera habría sido puesta en entredicho, pero no ahora.

Lo siguiente que hace Rai, ante la presencia de su equipo, que va con él en el coche, es llamar a su mujer, quien descuelga al cuarto tono.

—Dime —responde Ana con desgana.

—¿Están ahí las tres chicas contigo?

El silencio de su mujer lo pone nervioso.

—Ana, te he preguntado que si están ahí las tres chicas contigo.

—Lidia y Valentina, sí, Esther ha salido. Había quedado esta noche y estaba muy ilusionada, ya sabes lo mucho que le está costando adaptarse a la ciudad, no iba a ser yo quien le dijese…

—¡Por supuesto que no ibas a ser tú! ¡Se lo dije yo! ¡Y a ti también! ¡Que no saliese! ¡Creo que fui lo suficientemente claro, joder! ¡Y tampoco sabrás a qué discoteca ha ido! ¿Verdad?

Todos en el coche escuchan el tono agresivo que el inspector jefe está empleando con su mujer. Nunca lo habían visto perder las formas de esa manera.

—Pero, ¿tú quién te has creído que eres para hablarme así?

¿Es que acaso piensas que yo y tus hijas somos de tu propiedad?

Para empezar, Esther ya ha cumplido la mayoría de edad, así que me parece que antes de censurar, lo que deberías hacer es hablar más con ella, pero me temo que el diálogo ya no forma parte de tu vocabulario.

Y para continuar, tanto yo como tus hijas ya estamos bastante hartas de que nos digas constantemente lo que tenemos o no que hacer, creo que somos bastante mayorcitas como para tomar nuestras propias decisiones.

Así que, si quieres conservar a tu familia, yo que tú empezaría por cambiar radicalmente eso —El tono de voz de Ana transmite algo más que enfado y que es mucho peor, se trata del rencor.

A lo lejos ya pueden ver la irregular nube gris que se está formando en el cielo como consecuencia del incendio, con la ventanilla de Martina bajada hasta la mitad, también pueden oler el exceso de dióxido de carbono y de azufre que está produciendo el fuego, un mal síntoma en el lenguaje de los incendios.

Apenas unas manzanas los separan de la discoteca de donde procede la alarma.

—Dime de una maldita vez a qué discoteca ha ido tu hija, Ana. Por si te interesa, el psicópata que ha estado esta noche en nuestra casa acaba de provocar un incendio cuya gravedad aún no hemos podido comprobar.

—¿Qué? —pregunta Ana con temor en la voz. No entiende nada.

—Dime por Dios que Esther no ha ido a la discoteca Mya.

Ana tarda un par de segundos en responder.

—Ha ido a la discoteca Mya, pero… ¿qué está ocurriendo, Rai?

—Ya te lo he dicho, el chalado que ha estado esta noche en nuestra casa acaba de prenderle fuego a esa discoteca.

—Pero…

—Ana, escúchame con atención, te juro por mi vida que como le pase algo a Esther no te lo perdonaré nunca, será única y exclusivamente culpa tuya.

Antes de que su mujer pueda añadir algo más, Rai cuelga el teléfono. Acaban de llegar, y ante ellos pueden ver la viva imagen del caos y la desesperación. Decenas de personas corren desesperadas invadiendo la avenida del Profesor López Piñeiro.

—Ve más despacio, Rai, hay mucha gente, podrías atropellar a alguien —dice Martina cuando Rai sube el coche a la acera.

En cuanto apaga el motor, el inspector jefe coge el móvil y llama a su hija Esther, pero le salta la señal de apagado.

Sale del coche con rapidez y la busca entre la multitud, pero a simple vista no la ve.

Hay dos camiones de bomberos aparcados junto a la puerta. Los cuatro agentes de la UICAV ponen rumbo hacia allí sin dudarlo. Cuando llegan, Rai se dirige a uno de los bomberos que parece estar dando instrucciones al resto.

—Soy Raimundo Viel, Inspector jefe de la UICAV, solicito informe de situación.

El bombero se gira hacia Rai y asiente, pero antes de hablar con él, termina de dar órdenes a los dos bomberos que tiene al lado. Les pide que insistan con la evacuación de la zona sur, antes de empezar con las operaciones de extinción, es conveniente que ya no haya nadie en el interior.

—Encantado de saludarle, inspector jefe, soy el cabo primero Andrés Luján —El bombero le tiende una mano enguantada que Rai no duda en estrechar—.

Hemos recibido la alarma hace unos quince minutos y hemos llegado hace cinco.

Tengo dos hombres dentro que están evaluando el alcance y el tipo de fuego al que nos enfrentamos, espero que no tarden en salir.

Por lo que nos ha dicho el personal de seguridad de la discoteca, el fuego podría haberse iniciado en un cuarto de almacenaje y de ahí haberse propagado con relativa rapidez.

Se desconoce la fuente de ignición. El problema está siendo el humo.

—¿Qué ocurre con el humo?

—Que hay demasiado, si la gente que aún queda dentro no sale en los próximos minutos, sufrirá una intoxicación fulminante, si es que no lo ha hecho ya.

Rai levanta un poco la mirada. Sus pulsaciones se disparan.

A unos cuantos metros ve cómo llegan dos ambulancias.

El personal sanitario no tarda ni veinte segundos en empezar a asistir a las personas que han salido y que, fruto del mareo por la gran inhalación de humo, se han dejado caer en el suelo.

—¿Y por qué no entráis vosotros? —pregunta Rai muy nervioso, algo que percibe el bombero y que trata de apaciguar.

—Ya le he dicho que tengo dos hombres dentro evaluando la situación y que en estos momentos se están jugando la vida, según la información que me transmitan, actuaremos de una forma u otra.

Entrar ahí con las mangueras sin conocer el alcance real de la situación ni el tipo de fuego al que nos enfrentamos, es una completa locura.

No solo podríamos empeorar la situación y poner en serio peligro a la gente que aun no ha salido, sino que estaría conduciendo a mis hombres a una muerte casi segura.

Rai se lleva las manos a la cabeza y se pregunta qué debe hacer. Se pregunta a qué se refería el asaltante de su casa con la carta que le dejó. Se pregunta si debería entrar él mismo ahí dentro.

Antes de que la situación se tense más, los dos hombres que estaba esperando el cabo primero emergen de la humareda gris oscura en la que se ha convertido la puerta.

Van ataviados con todos los equipos de protección de los que disponen.

Cuando están frente a su inmediato superior, se quitan la máscara respiratoria y las gafas.

Sus caras, llenas de surcos enrojecidos, son la imagen de la desolación.

—¿Queda mucha gente dentro? —pregunta Andrés Luján.

—Entre diez y veinte. Desconocemos su estado de salud, pero hay que sacarlas ya —dice uno de los bomberos con lágrimas en los ojos.

Andrés asiente a sabiendas de que es muy difícil determinar un número más exacto con lo poco que puede verse ahí dentro.

—¿Tipo de fuego?

—Del que menos nos gusta. Avanza muy rápido y devora todo lo que encuentra a su paso. Tiene mucha fuerza vertical y no ha encontrado ningún tipo de límite hasta el momento para seguir creciendo. Lo peor es que ahí dentro se están generando muchas corrientes, y eso es muerte.

Andrés se queda poco más de un segundo tratando de tomar la mejor decisión para todos, para la gente que está ahí dentro y para la que va a entrar.

No es fácil. Porque ningún incendio es igual a otro y nunca se sabe cómo va a evolucionar.

Pero lo que sí sabe a ciencia cierta es que, si no sacan de ahí dentro a las personas que en estos momentos no pueden hacerlo por sí mismas, morirán con total seguridad.

—Bien. Todos dentro. Hay que terminar la evacuación antes de plantearnos cómo apagar el fuego. Que Luismi y Eva os acompañen en la retaguardia con mangueras de rescate —dice Andrés con determinación.

Rai, que ha estado escuchando con atención la tensa conversación, se dice que el cabo primero ha tomado una buena decisión, pensando, entre otras cosas, que una de esas personas que aún no ha salido podría ser su hija.

—¿Cómo podemos ayudar? —pregunta Rai respetando a la persona con mando en plaza que en ese momento tiene delante.

—Ayudad al personal sanitario cuando empecemos a sacar a las personas que quedan dentro, es posible que haya que reanimar a más de una.

Rai asiente y nota cómo le tiemblan las piernas. El tipo de miedo del que le habló el asaltante en la carta está haciendo acto de presencia. El miedo a sufrir una muerte lenta y dolorosa.

En total son siete los bomberos que entran a la discoteca.

Siete héroes que en los próximos minutos se van a jugar la vida a cara o cruz.

Los primeros rescates no se hacen de esperar.

Son un chico y una chica, inconscientes.

Dos personas del servicio de emergencias sanitarias se hacen cargo de ellos inmediatamente.

A continuación, sacan a dos chicas más. Rai, Berta, Santiago y Martina se hacen cargo de ellas y empiezan con las maniobras de reanimación, pero no les resulta nada fácil.

Ni tan siquiera saben con seguridad si están vivas o están muertas.

De fondo se escucha cómo llegan más refuerzos. Tres camiones de bomberos y cuatro ambulancias, aparte de unas cinco patrullas de policía.