La Norma Número Diez CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

UN AMARGO DESPERTAR

Cuando Hugo Vilafranca despierta ya es noche cerrada.

Lo primero que piensa en su familia, sobre todo en su madre, en lo preocupada que debe estar.

Las probabilidades de que sus padres ya hayan avisado a la policía y lo estén buscando son muy altas, y eso hace que su miedo se eleve hasta ese punto en el que lo psicológico trasciende a lo físico.

Las taquicardias, el sudor frío y la hiperventilación lo envuelven por fuera y por dentro convirtiéndolo en una marioneta de su propio miedo.

Pero tiene que reaccionar, quedarse allí parado, aparte de peligroso, no hará otra cosa que complicarlo todo más. Así que trata de orientarse utilizando lo único que allí se ve medianamente claro, los astros del cielo.

A pesar de que no puede avanzar a mucho ritmo debido a que apenas puede ver nada, se llena de optimismo al comprobar que, una tras otra, va localizando a su paso estructuras conocidas, como los Gigantes de Piedra de la ruta de los Cuchillos de Contreras, con sus aterradoras y cortantes siluetas, la Fuente de los Chuscos, con sus escaleras de madera, o la vieja Torre del Telégrafo, tan propia de otra época.

Ese viaje de regreso a casa, para él, significará mucho más de lo que en ese momento es capaz de entender y de asimilar.

Son más de las once de la noche, está cansado, parcialmente deshidratado, y antes de localizar su casa, lo primero que ve son las inconfundibles luces blancas y amarillas de un montón de linternas revoloteando entre la densa y espesa noche. Efectivamente, lo están buscando, y no poca gente.

Cuando por fin ve a su padre y a su madre, se llena de una alegría y una felicidad difíciles de superar. Lleno de magulladuras y con un abultado chichón en la frente, se abraza a su madre, que rompe a llorar cuando lo estrecha entre sus brazos.

Antes de responder a las preguntas de qué te ha pasado, dónde estabas o si alguien te ha hecho algo, Hugo puede ver que entre los vecinos del pueblo que se habían ofrecido a colaborar en la búsqueda, se encuentran los padres de Teo Calatayud, que a pesar de sus rostros pálidos y desencajados y de la tristeza que arrastran desde hace días, se alegran de verlo.

Se alegran de ver que él sí ha vuelto. En ese momento, Hugo ve claro lo que tiene que hacer ahora.

Mira a su madre a los ojos y, con una serenidad propia de alguien mucho mayor que él, dice:

—Mamá, tengo que contarte algo.