CAPÍTULO 10
MARTINA VEGA
Presente
Cualquiera diría que una llamada de trabajo pasadas las once de la noche es una putada, no Martina, para quien esa llamada no ha sido más que la excusa perfecta para largarse de la cena más aburrida en la que recuerda haber estado.
Estar rodeada de parejas de casados con aparentes vidas perfectas no es para ella.
A sus treinta y dos años, Martina es de ese tipo de personas que, vaya donde vaya, nunca encaja.
En primer lugar, porque carece de todo filtro social para callarse lo que realmente piensa —esto va unido a que lo que piensa no suele ser políticamente correcto—, y en segundo lugar, porque no suele gustarle lo que a los demás le gusta, ni se divierte del modo en que suelen hacerlo todos.
Ella es distinta, y eso implica que no suela ser bien recibida.
Aparca su Dacia Duster a medio metro de la acera y sale en dirección a la casa del inspector jefe.
La puerta está abierta, dos oficiales fuman bajo un farolillo de luz amarilla y la saludan estirando el cuello cuando la ven pasar.
Ella esquiva el contacto visual y solo les devuelve una mirada fugaz.
Mide un metro setenta, pero su corva postura y su largo flequillo diagonal de pelo negro azabache le echan una mano cuando quiere aparentar que no ve nada ni a nadie de quienes hay a su alrededor y, como consecuencia, no tiene por qué saludar.
A eso se le suma que, como esa noche, suele llevar gafas de montura extra grande que le tapan media cara.
—Buenas noches, Martina, gracias por venir tan pronto, y perdona por haberte molestado a estas horas —dice Rai en cuanto ve a Martina llegar.
—No te preocupes, me has hecho un favor, ¿dónde está la carta?
—La carta original se la han llevado los de la Científica para analizarla, pero le hemos hecho unas fotos y las hemos pasado a mi ordenador para trabajar mejor.
Son un total de tres imágenes, dos corresponden a las dos caras de la carta y una al sobre en el que se encontraba.
Como puedes ver, estaba sellado con un curioso símbolo, un uróboro de color rojo —dice Rai acercando su portátil a la joven psicóloga, que descansa sobre el banco de abedul de la cocina.
Martina asiente mientras arruga un poco el entrecejo, inclina el tronco hacia delante y empieza a leer con atención.
Durante los siguientes cinco minutos nadie dice nada, todos permanecen en silencio a la espera de la primera impresión de la experta en psicología, que parece estar centrándose, sobre todo, en la segunda parte de la carta, en concreto en los últimos párrafos.
Cuando endereza su cuerpo y separa un poco sus carnosos labios, el subinspector Santiago Bermejo se le adelanta antes de que empiece a hablar.
—¿Qué dice ese chalado? ¿Crees que va en serio o no?
Martina, cuya mirada estaba a punto de establecer contacto con la de Rai, mira a Santiago por la parte superior de sus gafas de pasta negra, justo por ese lugar por el que lo ve todo borroso y se siente más segura, luego dice:
—Primero, no creo que sea ningún chalado, es algo mucho peor, y segundo, por supuesto que va en serio, de hecho, es posible que su próxima actuación sea inminente —Martina hace una pausa con la que deja que se terminen de asentar sus pensamientos.
—¿Cuánto de inminente? —pregunta Rai con intranquilidad.
Martina alza la mirada y hace eso que rara vez suele hacer, establecer contacto visual.
—Esta noche.