La Norma Número Diez CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

LOS PRIMEROS SÍNTOMAS

Presente

Raimundo Viel no es de las personas que pida ayuda a la primera de cambio, si acaba de llamar a su jefe directo ha sido porque debe informar a la persona que está al mando en la Jefatura de lo que ha pasado, no porque esté pidiendo ayuda.

Lo que ha ocurrido no solo es grave, sino que hace pensar que, si no actúan con rapidez, es posible que se convierta en catástrofe.

Miguel Ángel Ochoa, el Jefe Superior de Policía de Valencia, odia que lo molesten cuando está descansando, cuando está con su familia, algo que no suele pasar muy a menudo, todo sea dicho.

—No hace falta que venga, Miguel Ángel, la situación está controlada. Solo lo llamaba para informarle de lo que ha pasado y del operativo de acción en el que he pensado.

—¿En qué has pensado exactamente? —pregunta Miguel Ángel con determinación.

—La inspectora Berta Díaz y el subinspector Santiago Bermejo están coordinando la búsqueda del asaltante y de posibles evidencias en mi casa y en los alrededores con un par de patrullas de apoyo.

Si el asaltante ha dejado algún tipo de rastro, o alguien ha visto algo, ellos lo encontrarán.

En cuanto a la caja, el sobre y la carta, ya están de camino al laboratorio de pruebas.

Mientras tanto, yo seguiré analizando lo que pone en esa carta para tratar de averiguar qué se propone hacer exactamente.

—¿Alguna teoría acerca de cómo ha entrado en tu casa? Tenía entendido que Mas Camarena contaba con vigilancia privada, ¿no?

—Sí, vigilancia privada hay, pero de aquellas maneras.

La urbanización tiene al menos una veintena de puntos muertos, no es muy difícil entrar sin ser visto.

De todos modos, ya le he pedido al operario a cargo del circuito cerrado de televisión que esta noche está de guardia que me prepare todo lo que han grabado las cámaras de vigilancia durante las últimas veinticuatro horas.

Y en cuanto a cómo ha entrado en mi casa, en fin —Raimundo hace una pausa para pensar bien lo que va a decir, se serena y apacigua su cólera—, mi mujer y mis hijas no son que digamos las reinas de la prudencia.

Suelen dejarse las ventanas medio abiertas, la puerta trasera entrecerrada para que pueda entrar y salir el gato, nunca pasan la llave…

—Entiendo. ¿Y qué hay de la bomba? ¿Alguna pista acerca de su procedencia?

—Los TEDAX me dirán algo en unas horas. Pero según sus primeras impresiones, a simple vista parecía C-4, posiblemente de fabricación casera.

—Ya, joder. Encima sabe cocinar bombas.

—Eso parece.

—Y dime, ¿alguna teoría de por qué te está tocando las pelotas justo a ti?

—En absoluto.

—Malditos lunáticos, siempre se les va la cabeza en los momentos más inoportunos. ¿Crees que la amenaza velada de la carta va en serio? ¿Crees que está preparando algún tipo de atentado?

—Diría que va en serio. Y que lo que está preparando podría ser similar a lo que ha hecho en mi casa, tal vez peor.

Miguel Ángel resopla como un bisonte. No le gusta nada lo que está oyendo.

—Vaya mierda con el lunático. Te aseguro que lo primero que voy a hacer cuando lo atrapemos es darle un par de hostias yo mismo por joderme la primera noche en familia en diez años. Hostia, ¿a quién coño se le ocurre poner una bomba en navidades?

A alguien que es diferente y que no tiene ningún miedo a lo que pueda pasar, ni a él ni a los demás, piensa Rai, aunque no lo dice.

—Voy a llamar a Martina para que venga y se ponga conmigo con la carta y me ayude con el perfil psicológico de la persona que hay detrás de ella. Si por alguna de aquellas tiene pensado actuar pronto, me gustaría llegar antes de que lo haga.

—Está bien, ¿necesitas algo más?

—No. Le mantendré informado de cualquier avance.

—Perfecto, hablamos más tarde. Ah, Raimundo, se me olvidaba, ¿ha llegado ya el chico?

—¿El chico? ¿Qué chico?

—La nueva incorporación de la unidad, Leonardo Castro. Creo que llegaba entre y mañana, ¿no te lo dije?

Claro que se lo dijo, pero lo había olvidado por completo. A veces Rai tiene la impresión de estar perdiendo facultades cognitivas. Demasiados años en tensión, conteniendo el dique.

—Sí, claro que me lo dijo, disculpe, Miguel Ángel, lo había olvidado. Aún no ha llegado, supongo que dadas las horas lo hará ya mañana.

—De acuerdo, Raimundo, mantenme informado de cualquier novedad.

—Por supuesto, Miguel Ángel. Hasta luego.

Antes de llamar a Martina Vega para que le ayude a analizar la carta, vuelve a mirar a su mujer y se pregunta por qué no se la ha enseñado a ella.

Seguro que le hubiese dado un punto de vista tanto o más bueno que el que le pueda dar Martina.

Probablemente más bueno. ¿Y entonces? ¿Qué es lo que nos pasa?

Se pregunta Rai inconscientemente. Es como si entre su mujer y él se hubiese roto algo en el más completo silencio y ese algo fuese precisamente lo que los mantenía unidos.

Como el cable que une al astronauta con la nave.

Todo el mundo sabe lo que pasa cuando se corta.

Cuando Rai sugiere a su mujer e hijas que se tienen que marchar ya a un hotel, no les parece nada bien que él haya tomado esa decisión sin haberles consultado antes.

Esther, que es la mayor de sus tres hijas, añade que esa noche había quedado con sus nuevas amigas de la ciudad para salir a bailar después de cenar, y que por nada del mundo se lo va a perder, con todo lo que le ha costado integrarse esta vez.

Ana la defiende a capa y espada, también Lidia y Valentina, que siempre las tiene de cara, todas parecen muy enfadadas con él.

Es como si hubiesen estado poniéndose de acuerdo para culparlo, para declararlo responsable de lo que ha pasado.

Después de discutir un buen rato sobre el asunto, su mujer e hijas se marchan con un acusado enfado, antes de salir por la puerta, Rai le dice algo a su primogénita.

—Esther, ni se te ocurra salir esta noche. ¿Me has entendido? Es una orden.

Tanto su hija mayor, como su mujer y sus otras dos hijas, lo miran como si fuese el malo de la película. Ninguna de las tres responde. Solo se van dando un sonoro portazo que todo el mundo ve y oye.

En cuanto se han ido, Rai se arrepiente inmediatamente del tono y las palabras que ha utilizado con su hija mayor.

No debería haberle hablado así. Sabe perfectamente que los sistemas autoritarios pueden funcionar a corto plazo, pero también que a la larga fracasan estrepitosamente.

Él, por su parte, percibe la situación con su mujer e hijas como los primeros síntomas de algo peor, como ese pequeño acceso de tos que acaba en cuarenta de fiebre y subiendo.

Mientras la Científica despliega todo su operativo para terminar de recoger huellas y recabar pruebas materiales, Rai llama a Martina, la psicóloga de la unidad, quien responde antes del tercer tono.