La Norma Número Diez CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

VOLVER AL RÍO

Tal y como les ha dicho a sus amigos que haría, Hugo Vilafranca ha esperado al atardecer para volver al río. Debe darse prisa antes de que en su casa lo echen en falta para cenar, porque entonces será él a quien empiecen a buscar.

De camino al río su cabeza empieza a ponerse en lo peor, como acostumbra últimamente, concretamente desde que a su madre le diagnosticaron el cáncer.

Si alguien lo ve mientras está intentando recuperar el inhalador y la piedra, no sabrá qué decir, nunca ha sabido lidiar con la mentira, por eso quería contar una especie de verdad a medias, porque sabe que, como lo aprieten mucho, al final hablará, y entonces lo que contará es toda la verdad, la horrible verdad.

Cuando llega al lugar donde todo pasó empieza a buscar el inhalador y cualquier tipo de rastro que se hayan podido dejar. Tiene que darse prisa porque la luz pronto empezará a escasear, y a pesar de que esa parte del bosque la conoce bien, si se le hace de noche puede ser peligroso.

Tras unos cuantos minutos buscando, atrapado en la grieta de una gran piedra, y a punto de ser engullido por el continuo burbujeo del agua del río, ve el inhalador de Teo.

Se acerca hasta él con cuidado y cuando lo coge se lamenta otra vez por lo que han hecho, por lo que han estado haciendo todo este tiempo.

Abusar de alguien está mal, abusar de alguien débil, o frágil, no tiene perdón de Dios. Es injusto, y es de ser muy cobardes.

Le basta un segundo para comprobar que, tal y como dijo su amigo que podía pasar, el inhalador presenta las marcas de la dentadura de Lobo.

Sus ojos se abren de par en par cuando, muy cerca de donde estaba atrapado el inhalador, ve una piedra de canto afilado con una gran mancha de un color entre el rojo y el marrón.

Se apresura hasta ella y tira con fuerza, pero es inútil, esa piedra es solo la parte superior de una roca mucho más grande y que está oculta bajo tierra.

Va a ser imposible que él solo la mueva.

Se acerca hasta la orilla del río y trata de recoger agua formando un cazo con las dos manos, luego la lanza sobre la roca, como el que intenta apagar el fuego de una hoguera.

Pero la mancha está incrustada en la roca y solo con agua tampoco la va a poder borrar.

Mira hacia arriba y ve que el cielo está empezando a adquirir ese tono anaranjado que pronto dará paso al negro.

Con la camiseta empapada en sudor y el miedo retumbando en el interior de su cabeza, decide que el momento de marcharse ha llegado, de lo contrario la noche lo acogerá entre sus brazos.

Se dice que hablará con sus amigos y entre todos decidirán cómo deshacerse de esa piedra, pero esta vez la operación la llevarán a cabo todos juntos.

Él ya ha hecho bastante recuperando el inhalador.

Cuando se da la vuelta para volver a casa, sus peores miedos y temores se hacen realidad: a tan solo un par de metros de distancia hay dos personas mirándolo.

Son un chico y una chica de aproximadamente veinte años.

El pelo largo y desgarbado, la ropa ancha y algo raída, aunque bien cuidada.

Él se llama Axel Ruiz, y ella Jimena Sánchez, aunque en ese momento ninguno de los dos le va a decir su nombre.

Le llama la atención que tanto él como ella llevan una especie de amuleto colgando del cuello, es como una especie de dragón enroscado sobre sí mismo que da forma a un círculo.

Sin tiempo para pensar quiénes son esas personas, qué hacen allí o qué es lo que han visto, la chica estira su brazo derecho, y dice:

—Dámelo.

—¿El qué? —pregunta Hugo a punto de echarse a llorar de puro miedo. Definitivamente, lo han visto.

—Lo que te has guardado en el bolsillo —responde la chica.

Hugo dice que no con la cabeza.

—No me he guardado nada.

—Ya, claro. Entonces no tendrás ningún problema en enseñarme el objeto que hay en el bolsillo derecho de tu pantalón, ¿verdad?

Hugo mira de reojo hacia abajo y ve que, efectivamente, a través de la fina tela de su pantalón corto, se vislumbra la silueta del inhalador. Vuelve a decir que no con la cabeza, esta vez con menos determinación.

El chico mira a la chica, parece estar preguntándole qué hacer, y ella, sin dudar ni un segundo, le hace un gesto con el cuello en dirección a Hugo. El chico asiente, después mira a Hugo, luego va hacia él.

La carrera de Hugo por escapar apenas dura un par de segundos, el tiempo que tardar en arrancar, darse la vuelta y golpearse de frente contra el tronco de un pino que no ha visto. Luego se desvanece.