La Norma Número Diez CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

LA FORTALEZA

Presente

Me gustaría contarle algo de mí, inspector jefe.

Creo que es bueno conocer el origen de las cosas para llegar a entenderlas adecuadamente.

Y ya que esto no ha hecho más que empezar, le contaré que yo nunca fui como los demás.

No tuve una vida fácil. Desde mi más tierna infancia pasaron cosas a mi alrededor que no suelen pasarle a la mayoría.

A lo largo de mi vida tuve que enfrentarme a situaciones muy adversas que no solo pusieron mi vida en peligro, sino que supusieron perder cosas muy queridas, a decir verdad, las más queridas que alguien pueda llegar a tener.

Me encantaría poder charlar sin prisa, frente a frente, pero no  tenemos tiempo, ni tampoco si eso ayudaría en algo a lo que realmente quiero que sepa; si hay una cosa verdaderamente valiosa que aprendí de todas las dificultades por las que pasé en mi vida es a vivir sin miedo, y no me refiero al miedo al fracaso, a la derrota o al rechazo, me refiero al miedo más aterrador que existe; el miedo a morir, a sufrir una muerte lenta y dolorosa.

A ese tipo de miedo. Créame, no hay nada más liberador que vivir sin miedo a morir, no tiene ni idea de las grandes limitaciones que el miedo supone para el desarrollo de nuestra vida, sin él, nuestras posibilidades de crecimiento serían infinitas, nuestra fortaleza, nuestra valentía, nos propulsaría hasta los límites más bellos e inimaginables de nuestra existencia.

El problema es que en esta sociedad el miedo no solo es de lo primero que se nos enseña, sino también algo sobre lo que no se nos deja de insistir a lo largo de nuestra vida, así que, a medida que crecemos, nuestros miedos también lo hacen, y a más años cumplimos, más limitados estamos, el miedo nos hace débiles, perderlo, en cambio, nos hace fuertes.

Y he aquí la primera gran pregunta, inspector jefe, ¿qué estaría usted dispuesto a hacer para liberarse de ese miedo? O mejor aún, ¿cuánto vale su miedo?

Le daré una pista, se ha desprendido usted de parte de ese miedo llegando a su casa en la mitad de tiempo de lo que habitualmente tarda, ¿qué le parece eso?

Dígame, ¿se siente ahora mejor que antes, más fuerte, quizá?

Ha tenido que poner su vida en peligro por salvar la vida de las cuatro personas que más ama, y lo ha hecho sin dudarlo, eso está bien, significa que usted progresa adecuadamente, pero le aseguro que el camino hasta llegar a la cima no es fácil, ni tampoco corto, aunque como ya le dije, el proceso para convertirse en la mejor persona que usted podría llegar a ser, ya ha empezado.

De usted depende llegar al final o abandonar el camino.

En cualquier caso, lo que muy pronto va a ocurrir, es algo que nadie podrá impedir y que tendrá lugar con o sin usted.

Esta vez no le puedo decir de cuánto tiempo dispone.

Solo le diré que tendrá que volverse a preguntar cuánto vale su miedo, ¿cuántas vidas a cambio de la suya?

En algunas culturas es algo liberador, una forma de empezar de cero, de dejar atrás lo viejo, en otras simboliza el castigo, yo solo puedo decir que, para mí, principalmente, es la luz que ilumina el camino, el camino de la oscuridad.

Antes de que se pregunte a qué me refiero o de qué le estoy hablando le diré que ya le he contado suficiente, y si tiene dudas, vuelva de nuevo a aquello que, con tanto cuidado, seguro que ha tratado.

Suerte, inspector jefe, espero verlo pronto. Le daré un consejo, no se duerma.

Lo primero que hace Raimundo Viel cuando termina de leer esa extraña carta es llevarse una mano al pecho, está sintiendo un intenso y agudo pinchazo detrás del esternón que hace que por un momento se le corte la respiración, en ese momento es plenamente consciente de algo; la persona que ha escrito esa carta, la misma con la que va a tener que «jugar», no es como las demás.

Nuevamente alza la mirada para ver bien a su familia, a sus tres hijas y a la mujer con la que cada día está más distante, un escalofrío recorre su cuerpo al preguntarse, precisamente, si será capaz de vencer sus miedos y si, llegado el momento, sería capaz de sacrificar su propia vida.

La persona que mantiene encerrada en el sótano de su alma, sube un par de peldaños y trata de mirarlo a los ojos, algo que él evita con rapidez.

El pasado, pasado es, se dice sin ni siquiera pararse a pensarlo.