CAPÍTULO 5
EL CICLO DE LA VIDA
Presente
A Raimundo Viel todavía le tiemblan las manos. Ha estado muy cerca de perder aquello que más quiere. Por suerte, ni su mujer ni sus hijas presentan heridas de gravedad. Algún que otro golpe en el rostro, un par de patadas en el costado. Nada que no se pueda solucionar con unas curas básicas.
Los TEDAX han confirmado que la caja negra estaba conectada a un artefacto explosivo que había detrás del sofá.
Si no llega a apretar ese botón, o si lo llega a apretar un solo segundo más tarde, ninguna de ellas hubiese sobrevivido a una detonación como esa, sobre todo sus hijas, que eran las que más cerca estaban de la bomba.
Su casa está llena de policías tomando huellas, de compañeros y compañeras mostrando su apoyo, como la inspectora Diaz y el subinspector Bermejo, entre otros.
No todos los días atacan y amenazan al inspector jefe de una unidad como la UICAV, que está llamada a ser una referencia en investigación criminal especializada a nivel nacional.
Ni su mujer ni sus hijas pueden contar demasiado aparte de que todo pasó muy rápido.
Estaban escogiendo algunas cosas para la decoración navideña del hogar cuando, de pronto, alguien, vestido por completo de negro, y con el rostro cubierto por una máscara blanca, apareció sin más en el salón de la casa.
Una vez las hubo maniatado y amordazado, les explicó lo que ocurriría si Rai no llegaba a tiempo de pulsar el botón.
También dijo que sería bueno para alguien que abriese «la carta» cuanto antes.
Repitió un par de veces que muy pronto pasará algo que está por encima de cualquier persona y que lo cambiará todo.
—¿Complexión? ¿Altura aproximada? —pregunta Rai con creciente interés. Su vertiente inspectora irrumpe con fuerza dejando a un lado su rol familiar.
—Alto, un metro ochenta y cinco más o menos, complexión normal, pero con bastante fuerza —Ana también está más tranquila.
Mientras responde a las preguntas de su marido aprovecha para reorganizar la secuencia de los hechos, de todo cuanto ha visto y oído.
Analizar e interpretar, esa siempre ha sido su especialidad.
—¿Y no dijo nada más?
—¿Algo más? ¿Cómo qué?
—Como qué es lo que quería realmente, por qué ha entrado en nuestra casa, os ha atado, ha puesto una bomba y me ha hecho venir con tanta prisa. ¿No dijo nada al respecto acerca de sus motivaciones o sus intenciones reales?
Ana se queda un momento pensando. Después levanta la mirada para encontrarse con los expectantes ojos de su marido.
—Permaneció la mayor parte del tiempo en silencio. Lo único que dijo y que repitió un par de veces fue que, con independencia de si llegabas a tiempo o no, lo que muy pronto va a ocurrir está por encima de cualquiera de nuestras vidas.
Rai se queda unos segundos pensando acerca de lo que podría querer esa persona de él, de qué podría ser eso que va a pasar.
—¿Crees que me conoce? —suelta Rai de repente. Sabe de sobra que su mujer tiene una intuición especial para las personas, que sabe leer y ver en ellas muchas más cosas que la mayoría.
—En cierta manera sí, no sabría decir si te conoce personalmente, pero desde luego sabe quién eres, y quizá esa sea la razón por la que te ha elegido a ti.
—¿Elegirme para qué? —pregunta Rai.
—Dios, Rai, no lo sé, no lo ha dicho, pero creo que es obvio que te ha elegido para algo —responde Ana con agobio ante las insistentes preguntas de su marido. Recuerda que eso antes no le molestaba, de hecho, incluso veía en ello algo atractivo, pero antes era antes, y ahora es ahora.
Rai medita las palabras de su mujer durante unos segundos hasta que un compañero de la Científica interrumpe sus pensamientos.
—Inspector jefe, disculpe las molestias, para continuar con el análisis de la escena del crimen necesitamos despejar el salón y, si puede ser, el resto de la casa, ¿tienen algún lugar donde quedarse?
—Rai levanta la mirada en dirección al hombre que tiene delante.
No debe de tener más de treinta años. En su mano derecha sujeta una pequeña bolsa de plástico transparente en cuyo interior está el sobre que se encontraba en el interior de la caja negra.
Luego mira hacia sus tres hijas, que están en la otra punta del salón siendo atendidas por el equipo sanitario.
—Mi mujer e hijas pasarán la noche en un hotel, gracias, en cuanto terminen los sanitarios se prepararán para marcharse.
—No hay prisa, cuando quieran.
Rai asiente y sus ojos se clavan de nuevo en el sobre cerrado con el sello rojo del dragón enroscado.
Se dice que debería abrir ya esa carta. Si el asaltante había puesto una bomba en su casa, ¿quién no le dice que tras ese sobre no se esconde un nuevo reto?
¿Quién no le dice que no hay otra bomba en otro lugar esperando a ser desactivada?
Pensar en eso hace que se le seque el paladar.
—Quisiera pegarle un vistazo antes de que la analicéis —dice Rai estirando, inquisitivo, su brazo derecho.
—Por supuesto, faltaría más —responde el joven policía de la Científica tendiéndole la bolsa—. Espere, le traeré un par de guantes.
Rai asiente y sonríe con ternura al chico, que apenas tarda quince segundos en ir hasta su maletín y volver con un par de guantes.
—Gracias, ¿cuál es su nombre, agente? —pregunta Rai.
—Gerardo Saavedra.
—Un placer, Gerardo.
El joven policía asiente mientras observa cómo Rai se pone los guantes de nitrilo y abre la bolsa de plástico.
Extrae el sobre con cuidado y lo deposita encima de la mesa de centro de cristal.
Se queda observando de nuevo el sello del dragón que se come a sí mismo dando forma a un círculo.
Cada vez que lo mira le resulta más familiar.
De nuevo recurre a su mujer, esa fuente inagotable de sabiduría con la que convive desde hace más de veinte años, pero con la que, durante los últimos tres, se ha ido distanciando.
—Ana, ¿te importa venir un segundo? —Rai alza la voz tratando de que su mujer lo oiga.
Ana se gira con cierto malestar al escuchar el elevado tono de voz de su marido.
Esa es otra de las cosas que antes tampoco le molestaba y que ahora sí.
Desde que lo conoció, Rai siempre usó la técnica de alzar la voz para hacerse oír por encima de los demás, no obstante, ella nunca ha sabido que, en realidad, a quien quería oír es a sí mismo.
Y en este caso, no por una cuestión de ego.
—Dime —dice Ana con apatía.
—¿Lo habías visto alguna vez? —pregunta Rai señalando el sello rojo con el dragón.
—Claro, es un uróboro .
—¿Un qué?
—Un uróboro . Es un símbolo muy antiguo que representa el ciclo eterno de todas las cosas.
Todo empieza y todo termina, y después el ciclo vuelve a empezar, así hasta la eternidad.
Ha sido utilizado en la alquimia, por los masones, en la cultura egipcia, en la griega, en la oriental, en la nórdica, y particularidades aparte, siempre con la misma esencia, la dualidad cíclica de las cosas; el principio y el fin, el bien y el mal, la noche y el día, la vida y la muerte, como digo, los ciclos eternos de la vida tal y como la conocemos.
Rai procesa las palabras de su mujer con cierta inquietud. Como siempre, se siente abrumado por la cantidad de datos que Ana es capaz de almacenar, pero por alguna razón no le dice nada. No hay alabanzas para Ana.
—Gracias, Ana.
Su mujer vuelve con sus hijas sin responder.
Rai saca un pequeño cuchillo de un cajón de la cocina y con mucho cuidado corta el sobre por la parte superior, evitando romper el sello de cera, por mucho que ya le habrán sacado unas cuantas fotos, prefiere mantenerlo intacto hasta que esté perfectamente analizado.
Introduce una mano y saca la carta del interior.
Es una hoja de papel color marfil doblada sobre sí misma, y está escrita por delante y por detrás.
En la primera línea pone:
«Enhorabuena, inspector jefe Raimundo Viel, si está leyendo esto ahora significa que tanto usted como su mujer aún están vivos, y eso es bueno, porque, ¿qué sería del juego si no tienes con quien jugar?».