CAPÍTULO 4
LA BÚSQUEDA
Los cuatro chicos insisten en repetirse a sí mismos que fue un accidente y que los accidentes no merecen, ni por asomo, un castigo.
Eso hace que se sientan menos mal, pero la presión a la que están siendo sometidos en el pueblo no es fácil de soportar.
Todo el mundo está buscando a Teo Calatayud, el niño que ya lleva tres días desaparecido, y por todos en el pueblo era conocido lo que los cuatro chicos más populares del colegio le hacían cada día.
Pero hasta ahora todos querían pensar que solo eran cosas de niños y que los niños nunca serían capaces de hacer algo malo de verdad.
En ocasiones, la ingenuidad y la pasividad se mezclan y dan lugar a una fórmula explosiva: la tolerancia al sufrimiento y al dolor, o lo que es lo mismo, la permisividad de la crueldad.
La policía les ha interrogado un par de veces, y los cuatro han respondido lo mismo; no tienen ni idea de lo que podría haberle pasado a Teo Calatayud.
El problema es que hay varios niños del colegio que afirman haberlos visto correr tras él el mismo día de su desaparición, pero nada más.
¿Y qué tiene de malo jugar a pillar? Es lo que le dicen a la policía.
Jugaban a pillar con su «amigo» Teo, solo eso.
—Jurad aquí y ahora que nunca, por nada del mundo y sea quien sea quien lo pregunte, le contaréis a nadie lo que pasó —El chico alto, con Lobo a su lado, mira a sus tres amigos a los ojos.
Luego extiende su mano derecha con la palma hacia abajo, espera a que los demás hagan lo mismo y sellen el juramento a través de ese pequeño rito que ya han utilizado otras veces.
Enrique Lavara no tarda en poner la suya, y enseguida hace lo propio José Ricardo.
Los tres se quedan mirando al cuarto, al propietario de la mano que falta para completar el rito y sellar el juramento.
—Pero, ¿por qué no le contamos a la policía la verdad? No fuimos nosotros, fue un accidente, lo entenderán —replica Hugo Vilafranca, que es el que peor lo está pasando de los cuatro, el propietario de la cuarta mano.
—No, no lo entenderán, ni por asomo, empezarán a hacer más y más preguntas, como por ejemplo por qué no pedimos ayuda en cuanto lo vimos caer al río. Venga, déjate de tonterías y pon tu mano aquí.
—Podemos eludir esa parte. Decir que le perdimos la pista en el bosque y ya está. Esas cosas pasan.
—Eso es una estupidez que no se creerá nadie y que lo único que hará es levantar más sospechas sobre nosotros, y que rastreen más el bosque.
¿Y quién dice que no se nos cayó algo a la altura del río por dónde se cayó Teo?
¿Y quién dice que no encuentran la piedra manchada de sangre en la que se golpeó?
—El chico alto se detiene un momento y luego se tapa la cara con las dos manos.
Primero farfulla algo inaudible, luego dice con las mandíbulas apretadas: Mierda, hay que volver allí.
—¿Por qué? ¿Qué ocurre? —pregunta contrariado Enrique Lavara.
—El puto inhalador. No sé si Teo lo llegó a coger o lo alcanzó Lobo primero. Mierda. Si lo alcanzó Lobo primero seguro que dejó sus muelas marcadas en él, y si aún está por allí tirado, y lo encuentran…
—¿Qué? ¿Qué pasará? —pregunta Hugo con preocupación.
—¿Qué pasará? ¿No se te ocurre nada, genio?
Vamos con un perro a todas partes, el día que desapareció Teo nos vieron correr tras él, y después alguien encuentra su inhalador con las marcas dentales de un perro de buen tamaño, no es muy difícil atar cabos, Huguito.
Joder, qué faena, hay que volver y encontrar el inhalador como sea, y si puede ser también la piedra en la que se golpeó.
Hay que borrar cualquier rastro de lo que pasó en realidad, solo así podremos estar tranquilos.
—Es una locura, no podemos ir hasta allí otra vez, alguien podría vernos, y entonces sí que estaríamos acabados —replica Hugo.
—No, acabados estaremos si no vamos. Hay que ir, y lo vas a hacer tú —dice el chico más popular de los cuatro señalando con un dedo a Hugo.
—¿Yo?
—Sí, tú, y lo vas a hacer hoy. Tu casa es la única que queda al otro lado de la carretera, es la que más cerca está del río.
Hugo mira a Enrique y a José Ricardo en busca de algún tipo de ayuda, pero no consigue establecer contacto visual con ninguno de los dos.
No quiere ir hasta allí, le da pánico que alguien lo vea y que al final sea él quien cargue con toda la culpa.
Pero también le da pánico lo que pasará si no hace lo que su amigo, el líder del grupo, le ha pedido.
No será algo físico, como un par de puñetazos o de patadas, no.
Será más bien algo psicológico, como hacerle el vacío, apartarlo poco a poco del grupo, insultarlo, decir cosas horribles de él a sus espaldas y, quién sabe, convertirlo en el nuevo Teo Calatayud, y eso es algo que no podría soportar.
Él no es Teo, nunca aguantaría lo que él.
Así que, a pesar de que no es lo que quiere, esa tarde, cuando empiece a caer el sol, volverá al río y buscará el inhalador, la piedra manchada de sangre y cualquier otra prueba que pueda señalarlos como responsables de la desaparición de Teo, después, con la cabeza bien alta y el honor intacto, podrá hacer lo que realmente quiere y siente que debe hacer, buscar nuevas amistades y empezar de cero otra vez, algo que nunca se ha atrevido a hacer por miedo a convertirse en un bicho raro, en un ser solitario