La Norma Número Diez CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

EL LARGO Y TORTUOSO CAMINO A CASA

Presente

De camino a casa Rai no puede evitar pensar en cosas horribles, cosas que podrían estar pasándole a su mujer e hijas. Trata de sacar toda esa negatividad de su mente y no anticiparse, pero no le resulta fácil. Con el terror y la ansiedad no siempre se puede negociar.

A las múltiples y desagradables visiones acerca de lo que podría estar sufriendo su familia se une la pregunta de quién podría ser el responsable del asalto.

Su cabeza es ahora un torbellino emocional imposible de controlar.

Está claro que en los veinte años que lleva de servicio ha enfadado a mucha gente, se dedica a meter entre rejas a los peores delincuentes de la sociedad, pero en ese momento no recuerda a alguien en especial.

De todos modos, sea quien sea esa persona, lo único que ahora importa es llegar a la hora.

Cuando sale de la autovía en dirección a Mas Camarena mira el reloj y ve que todavía faltan dos minutos para que se cumplan los diez que le dieron de límite.

Se llena de esperanza derrapando en cada una de las últimas curvas que lo separan de su casa, de su familia, la última vivienda del sector H, esa que con tanta grandilocuencia les vendió el agente inmobiliario de Engel Esther, que es la mayor y acaba de cumplir 18, Lidia, la mediana, con 16, y Valentina, la pequeña, con 15. También están en el suelo, junto al sofá, maniatadas y amordazadas de igual forma que su madre y con el rostro parcialmente cubierto de sangre.

Antes de que pueda analizar bien el resto de elementos de cuanto hay a su alrededor, ve que su mujer ha empezado a gemir con más fuerza todavía, mirándolo como si estuviese a punto de terminarse el mundo, y es entonces cuando ese dominio del cerebro reptiliano afloja un poco y Rai pueda pensar con claridad, y actuar con voluntad, con el primer cerebro; la corteza cerebral.

Da un paso y le quita la mordaza de un tirón, el rostro de su mujer se retuerce de dolor. A continuación, grita:

—¡Detrás de ti!

Rai se da la vuelta de golpe y ve aquello hacia lo que su mujer se estaba arrastrando.

Sobre la consola de cristal que hay junto a la pared de la entrada, y donde suelen dejar las llaves de casa, hay una caja de color negro en cuya parte superior tiene pegada una pequeña pantalla led con números luminosos de color rojo.

Es una cuenta atrás, y en ese momento el contador marca diez, nueve, ocho…

—¿A qué esperas? ¡Aprieta el botón! —grita Ana con desesperación.

Rai se fija en que en la parte frontal de la caja hay un pequeño botón, bajo el mismo, pone: Púlsame para empezar a jugar .

Tras la caja negra Rai puede ver un cable muy fino que desciende por la pared y transcurre, semioculto, por encima del rodapié.

No tiene tiempo de ver dónde se detiene el trayecto de ese cable.

—Aprieta el botón ya, Rai, ¡es una bomba! —grita de nuevo Ana cuando la cuenta atrás marca el cuatro, tres, dos…

El contador se para justo en el uno cuando Rai presiona el botón con la palma de su mano derecha. Durante unos segundos, todo en ese salón se queda mudo. Pero ese tenso silencio se ve rápidamente interrumpido por nuevo e inesperado ruido.

De algún lugar del interior de la caja negra se escucha un clic , a continuación, la caja se empieza a abrir con lentitud, todos contienen la respiración.

Rai ve que dentro hay dos cosas. Una tarjeta de visita y un sobre cerrado.

En la tarjeta de visita hay escrita una frase: « Inspector Jefe Raimundo Viel, le voy a dar una oportunidad que muy pocos tienen, que yo no tuve, es la oportunidad de elegir si desea convertirse en la mejor persona que puede llegar a ser, en sus manos está aceptarla o rechazarla.

Abra la primera carta para empezar el proceso.

No la abra y entonces todo seguirá su curso sin usted ».

Los ojos de Rai se van directamente hacia el sobre cerrado.

Es rectangular y de color hueso, pero lo más curioso es que está cerrado con un sello de lacre color rojo en cuyo centro hay grabado un símbolo que recuerda haberlo visto antes en alguna parte, aunque no sabría decir dónde.

Tiene forma circular, es un dragón que se está comiendo a sí mismo por la cola.

Antes de decidir qué hacer con esa carta, lo siguiente que hace Rai es desatar a su mujer e hijas y abrazarlas con todas sus fuerzas.

A continuación, irrumpen en el salón de su casa sus compañeros, la inspectora Diaz y el subinspector Bermejo, que lo han seguido hasta allí lo más rápido que han podido.