La Norma Número Diez CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

RAIMUNDO VIEL

Presente

Tres días para el Solsticio de Invierno

El día ha sido agotador, pero afortunadamente ya ha terminado.

En general ha sido un año de mucho trabajo, de muchos cambios.

Volver a Valencia después de tantos años fue una decisión complicada y arriesgada que, a menudo, se pregunta si fue la correcta.

Cuando el Jefe Superior de la Policía de Valencia, Miguel Ángel Ochoa, lo llamó para que fuese la punta de lanza de la nueva unidad que quería crear, su decisión de no volver nunca a la ciudad que lo vio nacer, se tambaleó.

Miguel Ángel, además de ofrecerle ser el inspector jefe de la novedosa e innovadora Unidad de Investigación de Crímenes Altamente Violentos, también le hizo la promesa de que, si todo iba bien, en dos años lo ascendería a comisario.

Y ese fue el punto de inflexión que hizo que terminase aceptando.

Ello supuso que toda su familia tuviese que volver a acompañarlo en su nueva aventura profesional, dejando atrás la vida y el hogar que con tanto esfuerzo habían construido en Alicante.

El problema es que esa misma operación ya se había repetido con anterioridad hasta en un par de ocasiones, y eso es algo a lo que su familia nunca se termina de acostumbrar y de lo que se están empezando a cansar.

Antes de poner rumbo a casa, Raimundo alza la vista para comprobar nuevamente que las dos personas de su grupo de investigación que esa noche están de guardia, están donde tienen que estar. Su exceso de control, a veces raya la obsesión.

—Si hay algo urgente me llamáis, ¿de acuerdo?

—dice Rai dirigiéndose a los dos policías que miran el móvil mientras cenan un Kebab.

Son el subinspector Santiago Bermejo y la inspectora Berta Diaz, dos de sus agentes de confianza que, como él, tan solo llevan allí un año.

Ambos fueron seleccionados por él mismo después de un largo y exhaustivo proceso selectivo.

Santiago acaba de cumplir cuarenta años y proviene del departamento de seguridad presidencial, y Berta, que tiene treinta y siete, es ingeniera militar y cuenta con un largo currículum donde destaca su habilidad en planificar operaciones especiales, el estudio de fortificaciones, el combate cuerpo a cuerpo y el disparo a larga distancia.

—Por supuesto, Rai, y ahora vete y disfruta un rato de la familia —dice Santiago con su actual rictus de seriedad, un tanto acrecentado desde que lleva un cómodo pelo rapado al cuatro. Todo en él parece diseñado para que nada lo aleje de lo que considera más importante; los detalles.

—Lo mismo digo, jefe, que disfrutes —añade Berta.

—Gracias, que tengáis una buena noche.

Apenas un par de segundos después, y antes de que Raimundo termine de subirse la cremallera de la cazadora de cuero, llega Claudio con cierto aire de preocupación.

Es el miembro más veterano de la unidad, acaba de cumplir los sesenta y tres, y aparte de hacerse cargo de consultar, rastrear e introducir mejoras en las potentes bases de datos con las que cuenta y a las que tiene acceso la UICAV, también atiende y filtra las llamadas telefónicas.

—Disculpe las molestias, jefe, pero su mujer está al teléfono.

Rai no recuerda el número exacto de veces que le ha dicho a Ana que no lo llame al trabajo si no es por algo urgente, algo que su mujer suele «olvidar» al menos una vez por semana.

Esa es una de las cosas de Ana que antes le hacía gracia y que ahora le desagrada, siempre termina haciendo lo que le da la gana.

—Dile que ahora no puedo hablar, Claudio, pero que enseguida iré para casa.

Normalmente Claudio acataría la orden de su superior y haría lo que acaba de pedirle, pero hay algo que se lo impide.

—Discúlpeme, jefe, pero creo que debería atender la llamada de su mujer.

—¿Y eso por qué?

Claudio mira a Raimundo y luego a los otros dos policías de la unidad que hay allí. Duda entre si debería decirlo en alto o en privado.

—Me ha parecido escucharla llorar —Claudio eleva los hombros a modo de disculpa.

Rai arquea las cejas y, ante la atenta mirada de sus compañeros, se dirige hacia el centro de operaciones donde Claudio hace magia con toda la información que tiene a su disposición. Su mujer rara vez llora, de hecho, solo la ha visto llorar un par de veces en los veinte años que llevan juntos.

—Dime, Ana, ¿qué ocurre? —pregunta Rai con preocupación cuando coge el teléfono. Pero al otro lado nadie responde, tan solo se atisba el murmullo de una ruidosa respiración. Su corazón se acelera y la piel de su nuca se tensa—. ¿Ana, estás ahí?

El murmullo se torna todavía más ruidoso, luego se para de golpe y, a continuación, se escucha una voz. Es de hombre.

—Un placer saludarle, inspector jefe, tiene usted una casa preciosa, y eso por no hablar de su mujer e hijas. No imagino cómo debe sentirse un hombre al llegar cada día del trabajo a una casa así, con una mujer así, y unas hijas así. Debe ser usted alguien muy feliz, ¿me equivoco?

Lo que siente Rai en ese momento es algo completamente distinto a todo cuanto ha sentido en su vida.

Es el miedo más intenso y aterrador que ha experimentado nunca.

Alguien ha invadido su casa y solo Dios sabe con qué intenciones.

Sus instintos más primarios, esos que tienen lugar en el cerebro reptiliano y que ocurren antes de que tengan lugar los propios pensamientos, le dicen que todo cuanto ama y quiere está en grave peligro.

—¿Quién coño eres tú y qué es lo que quieres? Te aseguro que como se te ocurra tocarle un solo pelo a mi mujer o a alguna de mis hijas te mataré con mis propias manos, chalado hijo de puta —Rai habla desde el miedo y la desesperación, algo impropio de él.

—Inspector jefe, ¿qué formas son esas de hablarle a un invitado?

¿Es que en su casa nunca le enseñaron modales?

Antes de nada debe saber que a partir de ahora los insultos dejan de ser gratuitos, y no creo que sea necesario matizar a qué me refiero con eso.

Lo que quiero es muy sencillo, quiero que venga aquí, a su preciosa casa, y quiero que lo haga usted solo, sin nadie más, ah, y otra cosa, tiene de tiempo diez minutos, ni uno más, no llegue tarde, jefe, o de lo contrario…

en fin, ¿qué me dice? ¿Cree que podrá hacerlo?

De fondo, Rai puede escuchar unos gemidos ahogados que intuye que son los de su mujer e hijas.

Imagina que la persona con la que está hablando las debe de tener amordazadas, una imagen que hace que se le revuelvan las tripas.

Normalmente tarda cerca de veinte minutos en ir desde su casa, situada a las afueras de la ciudad, hasta la Jefatura Superior de la Policía Nacional de Valencia, que está muy próxima al centro histórico, así que llegar en solo diez minutos se le antoja una tarea casi imposible, pero, ¿qué otra opción le queda?

—Por supuesto que puedo hacerlo, voy por allá. Solo espero que cuando llegue, mi mujer e hijas estén bien. Si alguna de ellas ha sufrido algún daño…

La voz que está al otro lado sonríe de una forma siniestra y solo dice:

—Diez minutos a partir ahora, jefe, ni uno más. Veamos de qué es capaz. El juego empieza ya.

La llamada se corta antes de que Rai pueda añadir algo. Alza la mirada y ve que tanto Claudio, como la inspectora Berta y el subinspector Santiago, no han perdido detalle de sus reacciones y respuestas a la supuesta llamada de su mujer.

—¿Qué está pasando, Rai? —pregunta Berta muy seria—, ¿con quién hablabas exactamente?

Y en ese momento Rai hace justo lo contrario a lo que él mismo siempre ha dicho que no ha de hacerse ante una amenaza inminente, actuar impulsivamente y sin pensar. Actuar siguiendo exclusivamente las reglas del que amenaza.

—Nada, no ocurre nada.

Es lo único que dice antes de salir corriendo de la jefatura hacia su coche.

Llegar a su casa en diez minutos se le antoja cada vez más imposible.

Pero algo le dice que la persona que está en su casa y que tiene a su familia no estaba bromeando.

Si no consigue llegar a tiempo y eso implica que su mujer o alguna de sus hijas sufra algún tipo de daño, para él todo dejará de tener sentido.

Su interior, y su yo del pasado, ese que a veces quiere salir del sótano para decirle que deje de pensar en él y solo él, ese a quien tiene tantísimos años encerrado, acaba de levantarse de golpe y está subiendo las escaleras.