La Norma Número Diez
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CAPÍTULO 1
EL RÍO Y LOS CHICOS
El niño nunca ha destacado por ser rápido, no solo tiene las piernas cortas con relación al resto de su cuerpo, sino que también tiene algo de sobrepeso, algo que se opone de manera radical a la velocidad.
Además, la vía forestal por la que está corriendo tampoco le facilita las cosas.
Las minúsculas piedras del camino de tierra, una gravilla marrón muy fina y muy frágil, hacen que se resbale y tropiece constantemente.
Se ha hecho rozaduras en las rodillas y en las palmas de las manos, en la frente y en la barbilla, pero eso no es nada comparado con lo que amenazan con hacerle si lo atrapan.
Así que intenta hacer un último esfuerzo a pesar de que sabe que, aunque consiga huir, mañana volverá a pasar, volverá a empezar.
Lo humillarán, lo perseguirán y, casi con total seguridad, lo atraparán.
Y quién sabe si, cualquier día, como siempre dicen, lo matarán.
A los que le persiguen no les cuesta demasiado esfuerzo recortar la ventaja que le habían dado.
Era de esperar. Están más en forma, corren más y tienen mejores zapatillas, con más agarre, algo fundamental en un camino rural.
También han llevado a Lobo, el pastor alemán de uno de ellos.
Siempre lo hacen últimamente, quizá porque sus ladridos, su imponente pelaje negro y su flamante collar de pinchos intimidan y atemorizan aún más.
Y eso es lo que mejor se les da, atemorizar.
Ríen y gritan al tiempo que saltan y dejan atrás senderos llenos de hojas y ramas secas.
Emiten sonidos guturales y disfrutan viendo cómo el niño al que ya tienen a unos pocos metros de distancia empieza a pedir ayuda, a gritar socorro.
Les encanta cuando hace eso. El problema es que allí donde están, en medio del bosque, no hay nadie más, nadie lo va a ayudar.
Cuando el niño llega hasta el río Cabriel tiene que frenar en seco para no caer rodando en sus gélidas aguas, de todas formas, sus bronquios ya se están empezando a cerrar, tarde o temprano iba a tener que parar, el asma siempre aparece cuando menos debe, como el pago de una deuda que nadie recuerda.
Al girarse para tratar de salir corriendo hacia otra dirección, ve que ya no tiene sentido seguir intentándolo, que ya no tiene nada que hacer.
Frente a él están los cuatro de siempre, los mismos que llevan humillándolo desde que empezó la EGB, es decir, desde los últimos tres años.
—¿Qué pasa, bola de grasa? ¿Es que ya no puedes más? —dice el más alto, el más popular de la clase. Lobo jadea a su lado mientras el chico lo acaricia por detrás de las orejas.
El niño inclina su tronco hacia delante y apoya las manos sobre sus rodillas para tratar de recuperar el aliento. Busca su inhalador en el bolsillo derecho de su pantalón, pero allí no está. Allí solo están él y su asma bronquial. Nadie más.
—¿Buscas esto, gordinflón? —El que tiene el pelo rubio canario, el segundo más popular de la clase, de nombre Enrique Lavara, alza su mano derecha y, en medio de una sonrisa, deja ver el inhalador del niño—.
Se te ha caído un poco más atrás mientras hacías como que corrías, gordito, ni cuenta te has dado. ¿Lo quieres? Pues ven a por él.
El niño, que apenas puede respirar, también está empezando a tener dificultades para hablar.
—Devuélmelo, por favor, no puedo respirar —dice el niño a duras penas y de forma entrecortada.
—Eso ya lo veo, y no me extraña, con lo gordo que estás, pero ya te he dicho que si lo quieres tienes que venir tú a por él, quien algo quiere algo le cuesta.
Ten, anda, cógelo, te lo doy, que al final te vas a ahogar y luego tendré yo la culpa —dice Enrique extendiendo el brazo con el que sujeta el inhalador para incitarlo a que entre en el juego.
El niño, que está empezando a sentir cómo todo da vueltas a su alrededor, se acerca hasta Enrique con la vaga esperanza de que se lo dé, justo cuando va a llegar hasta él, este sonríe y se lo lanza al amigo que tiene al lado, el tercero más popular de la casa, José Ricardo.
La realidad es que el niño ya hace tiempo que dejó de creer en cuentos de hadas, o en la Navidad, o en que los chicos como los que tiene enfrente, se marchen y lo dejen tranquilo, así, sin más.
No es la primera vez que le gastan esa misma «broma», pero, aun así, el niño necesita recuperar como sea su broncodilatador, así que entra en el juego porque no le queda otra opción, si no juega, pierde, y si juega también pierde, así que por lo menos, lo intenta, que es lo que siempre le dicen en casa cuando muestra tristeza, cansancio o incomprensión, que lo intente, que lo intente, que lo intente.
Se apresura hasta José Ricardo, el chico que ahora sostiene su inhalador en alto, pero, cuando llega hasta él, este se lo lanza al cuarto más popular de la clase, a Hugo Vilafranca.
El niño trastabilla antes de llegar hasta él y cae rodando al suelo, lo que le produce más rozaduras por todo su cuerpo.
Se levanta desorientado y trata de localizar quién lo tiene ahora, ve que lo sostiene de nuevo Enrique Lavara.
Intenta llegar hasta él antes de que lo vuelva a lanzar, pero nuevamente llega tarde, siempre lo hace, es como estar viendo una y otra vez la misma película, por mucho que se desee otro final, siempre acaba igual.
Los chicos repiten la operación unas cuantas veces mientras ven cómo al niño con sobrepeso se le están empezando a amoratar los labios, el resto de su cara ya está pálida.
No es hasta que el niño parece haberse quedado totalmente sin fuerzas y estar a punto de caer desmayado cuando, nuevamente el más alto y popular de los chicos, coge el inhalador y decide poner fin a la humillación.
—Vale, gordi, ya nos hemos reído bastante por hoy.
Ahora en serio, ¿quieres el inhalador? Pues ve a por él —El chico yergue su espalda y levanta su brazo derecho apuntando al cielo, luego lanza el inhalador por los aires, que describe una bonita y elegante curva surcando las copas de los árboles.
El inhalador aterriza a un metro de la orilla del río, sobre unos guijarros mitad secos, mitad húmedos, el nivel del agua ya ha empezado a subir.
El niño, que ya lo ve todo borroso y siente que solo tiene unos segundos antes de desvanecerse y perder el conocimiento, corre como puede hasta su dosis de rescate.
El problema es que Lobo, a quien su dueño se pasa el día lanzándole cosas para que vaya a buscarlas, al ver volar el inhalador por los aires, instintivamente también corre hacia él.
Cuando el niño está a punto de alcanzar esa bocanada de aire que tanto necesita, el pastor alemán negro se le adelanta y, sin querer, le da un empujón lo suficientemente fuerte para que el niño resbale sobre los guijarros y se vaya al suelo de espaldas, golpeándose en la cabeza con una piedra de gran tamaño.
Su cuerpo rueda hacia un lado y cae como un fardo inerte al interior del río Cabriel.
La mala fortuna ha querido que en esa parte del río esté su curso más rápido.
En los rostros de los cuatro chicos se dibuja el miedo y la desesperación cuando ven cómo el cuerpo del niño avanza desmadejado río abajo, como en un gran tobogán sin final de un parque acuático sin socorristas.
Un tobogán cuyas paredes y suelo no están fabricadas en fibra de vidrio de un bonito color cielo, más bien están formadas por rocas afiladas y pedazos de troncos rotos.
A su paso va dejando una estela púrpura que mana de la herida que se ha hecho en la cabeza y de las que se está haciendo en el resto de su cuerpo.
En ese momento se preguntan cómo es posible que se les haya ido tanto de las manos, qué es lo que han hecho y, sobre todo, si el niño a quien no tardan ni diez segundos en perder de vista estará vivo o estará muerto.
Durante los siguientes dos minutos discuten sobre qué deben hacer, si pedir ayuda, si intentar rescatar al chico, o si decantarse por otra opción, la más fea de todas, largarse de allí sin que nadie los vea.
Lo que deciden a continuación tendrá unas consecuencias que, en ese momento, ninguno de los cuatro es capaz de imaginar.