Capítulo 42
C OMO ALCANZADA POR UN RAYO , Heidi salió disparada escaleras abajo hasta el dormitorio de su padre y Jennifer.
—¡Alto ahí! —bramó—. ¡Suelta a mi hermano!
Nada más asomarse por el marco de la puerta y ver a Bill, se detuvo en seco. Un olor fuerte y desagradable inundaba toda la estancia, tanto que le dieron ganas de contener la respiración.
Del piso de arriba, le llegaba el ruido de los martillazos.
El señor Sullivan dio un paso hacia ella, lo que la hizo retroceder de inmediato.
—No has de tener miedo —declaró él con voz ronca—. Escúchame, Heidi. Tú no corres peligro alguno.
Aunque la calma se reflejaba en su rostro, había algo extraño en sus ojos, muy abiertos y oscuros.
—Hago esto por tu familia. Para que no cometáis el mismo error que yo cometí hace mucho tiempo.
A sus espaldas, el bebé gemía dentro de la cuna.
Su hermanito.
—¡Él no es un error! ¡Es nuestro y no tuyo!
La rabia se había apoderado de ella hasta hacer que le temblaran las manos.
Bill también dio la impresión de ponerse furioso.
—¿Es que no te has enterado de lo que le ha ocurrido a tu madrastra? Tiene una hemorragia, Heidi. Tal vez muera. Y todo por culpa de este mocoso…
—No será culpa de mi hermano si Jennifer se muere —replicó ella—. ¡Será tu culpa! ¡Fuiste tú quien detuvo la ambulancia! ¡Tú y nadie más!
Él negó con la cabeza.
—No lo entiendes. Pero ya madurarás. Y, créeme, entonces, me agradecerás lo que he hecho por ti y por tu familia.
Sostenía algo en la mano. Algo que sonaba al moverse.
Una caja de cerillas.
Una nueva tanda de golpetazos llegó desde el piso de arriba.
¿Qué estarían haciendo Harry y Alva? ¿Por qué tardaban tanto en poner unos cuantos clavos?
Heidi miró a un lado y a otro de la habitación. Ojalá se hubiera traído el martillo consigo. Así, al menos, habría tenido algo con qué defenderse.
Bill ladeó la cabeza.
—¿Qué buscas? —preguntó con suavidad—. ¿El calzador de plástico, quizás?
Una sonrisa se dibujó en su rostro al ver que ella no respondía. A continuación, abrió la cajita y sacó una cerilla.
—Recuerda esto en el futuro. Todo lo que he hecho desde que llegué aquí ha sido por ti y por tu familia.
Todas las veces que he hecho la ronda por la casa de noche para asegurarme de que estabais bien.
Todas las veces que me he sentado en la habitación contigua a la tuya para velar por ti.
Todo lo he hecho con el fin de protegeros.
Heidi sacudió la cabeza. Así que había sido él quien empujaba la lona.
Incluso antes de instalarse en el sótano.
Debía de haberse dado mucha prisa en esconderse cuando ella se levantaba a ver qué pasaba o gritaba pidiendo ayuda.
O a lo mejor es que desaparecía de alguna forma misteriosa.
Si era capaz de estar bajo la lluvia sin mojarse, quizá también pudiera hacer otras cosas extrañas.
—¿Fuiste tú quien puso el zapatito en mi puerta? —le preguntó con un hilo de voz.
Bill asintió.
—No pude llevármelo en aquella ocasión —afirmó—. Se me cayó. Pero luego lo encontré de nuevo. Y ahora… ya ves lo útil que os estoy siendo.
—¡No te necesitamos! —rugió Heidi—. ¡En absoluto!
A continuación, el señor Sullivan levantó la cerilla, aunque se detuvo al oír al pequeño emitir otra vez un llanto cansado y débil.
—Por favor, no le hagas daño… —le imploró ella.
Él sonrió de nuevo.
—Será rápido. Te lo prometo —dijo antes de girarse para encender el fósforo.
Heidi agarró lo primero que pilló: una maceta de porcelana. Soltó un agudo chillido y, rápidamente, asestó con todas sus fuerzas un buen golpe en la cabeza del señor Sullivan.
Este cayó de bruces con un gruñido, justo sobre la cuna. La caja de cerillas se le resbaló de la mano y fue a parar al suelo.
Justo en ese momento, oyó unas voces que gritaban procedentes del piso de arriba:
—¡Ya hemos terminado!
Heidi se lanzó sobre Bill y lo empujó a un lado. Su hermano gritaba a pleno pulmón. Unos rápidos pasos bajaron por la escalera. La criatura llevaba puesto un pijama con perritos, estaba mojado y olía igual que en el resto de la habitación.
Nunca había tomado en brazos a un bebé. Pero no había tiempo para pensar en eso. Tenía que alejarlo de aquella cuna y de aquel cuarto cuanto antes.
Así pues, metió los brazos con cuidado por debajo del cuerpo del pequeño y le sostuvo la cabeza con la mano. Luego, lo levantó y lo apretó contra su pecho.
—Hola, hermanito… —susurró.
¡Qué poco pesaba y, a la vez, qué sensación tan cálida era tenerlo en brazos! A su espalda, Bill se esforzaba en ponerse de pie de nuevo.
—¡Apártate de mí! —le gritó Heidi.
Sin pensarlo, salió corriendo. Él alargó los brazos para detenerla; sin embargo, ella logró zafarse y escapar por la puerta, no sin antes cerrarla de un portazo en las mismísimas narices del señor Sullivan.
Sus dos amigos esperaban fuera.
—¡Encerradlo! —les pidió nada más verlos—. ¡Encerrad a Bill!
—¿Dónde está la llave? —preguntó Alva desesperada mientras su compañero sujetaba el pomo con todas sus fuerzas.
Heidi no lo sabía, así que colocaron una cómoda enorme contra la puerta a modo de barrera. Con eso bastaría de momento.
—¿Qué es ese olor? —inquirió Harry.
—Venga —dijo su amiga conforme salía de la casa—. Vamos a llamar a tu padre.
Los escalones del porche todavía estaban resbaladizos por la lluvia, de modo que Heidi bajó paso a paso, con cuidado de no caerse. Sostenía con fuerza el cálido cuerpo de su hermano pequeño, apoyando la mejilla contra su cabecita cubierta de pelusa.
Estaba a punto de pedirle a Alva que le sacara el teléfono del bolsillo trasero; de pronto, oyó la voz de su padre, que corría por la calle a su encuentro:
—¡Heidi! ¡Heidi! ¿Dónde estás?
—¡Aquí! —gritó ella—. ¡Aquí!
Fredde tenía el rostro descompuesto cuando llegó hasta su hija y la abrazó con fuerza.
—¡Gracias a Dios que os encontráis bien! Pero ¿por qué oléis a gasolina? ¿Quién…?
Gasolina. Eso era lo que olía tan mal.
—Bill —contestó Heidi—. Está en vuestro dormitorio. Iba a prenderle fuego a la cuna.
Su padre se quedó lívido del horror.
—¿Puedes cuidar de tu hermanito un rato más? La policía va a llegar de un momento a otro…
Ella asintió con la cabeza.
—Puedo cuidarlo todo el tiempo que haga falta —respondió casi en un murmullo.
Él hizo un esfuerzo por sonreír.
—Eres la mejor del mundo —dijo con voz quebrada.
Después, le acarició la mejilla y le plantó un beso en la cabeza al bebé.
—Papá… —comentó Heidi—. Está bien que venga la policía y todo eso, pero… ¿eres consciente de lo que te dije de que el señor Sullivan no es como nosotros?
Fredde asintió.
—Ya. Ya lo sé.
Luego, se dirigió hacia la entrada de la casa.
—No te muevas de aquí —dijo con tono grave dándose la vuelta en los primeros escalones—. Prométemelo.
A continuación, miró a Alva y a Harry.
—Vosotros también —dijo—. Sois increíbles, pero esto se acabó. Prometedme que no entraréis detrás de mí. Puede ser peligroso.
Un coche de policía llegó en ese momento a toda velocidad.
Fredde se apresuró a entrar en la vivienda. Heidi, sin poder contenerse, se acercó para intentar oír lo que pasaba. Parecía que su padre había movido la pesada cómoda.
El coche de policía frenó y dos agentes salieron de él enseguida.
—¿Dónde está? —preguntaron—. El hombre que secuestró al niño. ¿Dónde está?
—Ahí dentro —respondió ella—. En el dormitorio.
Al cabo de unos segundos, Fredde volvió a aparecer en la entrada de la casa, con expresión de desconcierto en su rostro.
—Bill se ha ido… —dijo—. He abierto la puerta del cuarto y estaba vacío. Se ha ido.