Capítulo 41
H EIDI SE QUEDÓ SIN ALIENTO.
El señor Sullivan lo había conseguido.
Se había llevado a su hermanito.
—No me da tiempo a contártelo todo ahora, papá. Tengo que hacer algo muy importante: lo único que puede salvar al bebé. Tan solo puedo decirte que tengas mucho cuidado con Bill. Él no es… no es como nosotros.
Sin dejar que su padre pudiera siquiera responder, colgó y echó a correr hacia su habitación, con Harry y Alva pisándole los talones.
—Vamos a colocar las cosas en su sitio —dijo—. ¡Vamos, rápido, rápido!
De inmediato, introdujo el zapato y el sonajero bajo los tablones del suelo. Jamás se le ocurriría volver a sacarlos de allí. ¡Nunca en la vida!
Entonces, se acordó de que, cuando encontró el primero de los objetos, este se hallaba dentro de una caja de madera, que aún conservaba. Apenas le llevó unos segundos ponerlo de nuevo en su interior y meterlo todo otra vez en el hueco.
—Por favor, por favor… —susurró Heidi, sin saber muy bien a quién se lo decía—. ¡Que todo esto que estamos haciendo funcione, por favor!
Alva agarró dos tablas que el padre de su amiga había dejado apartadas a un lado.
—A lo mejor deberíamos taparlo también —dijo—. Si no, puede que no cuente.
Fue entonces cuando oyeron cómo se abría una de las puertas de la casa, con un sonido chirriante.
Pero no se trataba de la puerta por la que ellos habían entrado hacía un momento.
No. Era la del sótano.
—Debe de ser mi padre —señaló Heidi levantándose para llamarlo—. No sabe que estamos aquí y…
De repente, se quedó petrificada al oír un ruido del todo distinto.
Un grito agudo y lastimoso. ¡El llanto de un recién nacido!
Tuvo que llevarse la mano a la boca para no gritar ella también. Invadida por el pánico, se volvió hacia sus amigos.
—¡Está aquí! ¡Bill y mi hermanito están aquí!
Durante un instante, trató de entender lo ocurrido. Según su padre, el señor Sullivan se había metido con la lancha mar adentro. ¿Cómo es posible que estuviera ahora abajo, en el cuarto de invitados?
Harry parecía haber pensado en lo mismo.
—Los ha engañado… —dijo en voz baja—. Debió de dar la vuelta tras perderlos de vista.
El bebé continuaba llorando.
Eso significaba que seguía vivo. Pero ¿por cuánto tiempo? ¿Y por qué había regresado Bill a casa?
Alva tiró a su amiga de la manga del jersey.
—¡El suelo! —le dijo—. ¡Tenemos que terminar de arreglar el suelo!
Heidi asintió. A continuación, y haciendo el menor ruido posible, colocaron entre los tres las tablas en su sitio.
—Creo que deberíamos también fijarlas con unos cuantos clavos —añadió Harry en voz baja.
—¡Pero entonces nos oirá! —protestó ella, notando cómo el pánico seguía creciendo en su interior.
—Igual con los gritos del bebé no nos oye… —observó Alva.
El corazón le empezó a latir desbocado otra vez.
Pum, pum, pum.
Y, a cada latido, aumentaba su miedo.
¿Qué hacía Bill en su casa?
¿Acaso había olvidado algo allí dentro?
La caja de herramientas de su padre estaba en el pasillo, justo en la puerta del cuarto de Heidi. Harry agarró una llave inglesa, unos clavos y un martillo.
—Con esto podremos fijarlo todo bien… —farfulló.
Justo en ese instante, cesaron los llantos del bebé.
Ella se quedó helada.
—No… ¡No!
Un segundo después, oyeron otro ruido diferente: los pasos de alguien que subía por la escalera del sótano. Luego, la voz reposada de Bill resonó en la casa.
—Ea, ea, chiquitín… —dijo.
Alva y Harry se acercaron con mucha cautela a su amiga.
—¿Adónde va? —preguntó la primera—. ¿Viene hacia aquí?
Ninguno de los tres se atrevía a moverse.
A continuación, volvieron a oír la voz del señor Sullivan:
—Enseguida vas a dormir muy bien, pequeño. Voy a encender un fuego para que estés calentito y a gusto…
Eso era.
En un abrir y cerrar de ojos, Heidi comprendió a la perfección lo que Bill se proponía hacer.
Se dirigía al cuarto de su padre y de Jennifer para prender fuego a la cuna de su hermanito, con el bebé dentro.
—Poned los clavos vosotros —les ordenó a sus amigos—. ¡Yo voy corriendo a detenerlo!
Harry la agarró del brazo.
—¿Estás loca? —exclamó con voz quebrada—. ¡¿Y si te mata?!
—Tengo que hacer algo. Es mi hermano.
Las piernas le temblaban al ponerse de pie.
—Voy a contar hasta tres y bajo a toda pastilla. Mientras tanto, vosotros entráis en mi habitación y empezáis a clavar. ¿De acuerdo?
Acto seguido, le tendió el martillo a Alva, que lo recibió de sus manos con ojos vidriosos.
—Bien —murmuró—. A la de tres.
Luego, avanzó hacia la escalera de puntillas, lo más discretamente que pudo.
—Uno. Dos. Tres…