Capítulo 40
E L FRAGOR DE UN TRUENO los hizo dar un respingo.
—¡Tenemos que hacer algo! —dijo Alva, decidida.
—¡Pon en marcha la noria! —gritó Harry—. Así comprobaremos si está aquí lo que buscamos.
Heidi contempló cómo giraba la enorme rueda. Las cabinas pasaban ante sus ojos, una a una.
—¡Para! —indicó él cuando la amarilla llegó abajo.
Ella seguía paralizada. No podía pensar más que en su hermano recién nacido y en la lancha. ¿Qué iba a hacer Bill? ¿Ahogar al pequeño?
¡No podía permitirlo!
Alva pulsó el botón que detenía la máquina. Por fin, su amiga reaccionó y, en un visto y no visto, se lanzó al interior de la cabina. Harry la siguió de inmediato. Los dos se agacharon a echar una ojeada debajo de las butacas.
Nada.
Ni rastro.
—No están aquí… —musitó Heidi.
—¡Tienen que estar aquí! —replicó su amigo, volviendo a mirar.
Sin embargo, debajo de los asientos no había absolutamente nada.
Ella se incorporó. La cabina en cuestión ofrecía el mismo aspecto que las otras.
Nadie diría que alguna vez hubiera ardido.
A continuación, siguió con la mirada la hilera de luces rosas intermitentes, sujetas al techo.
Este se asemejaba un poco a un plato sopero invertido, solo que mucho más grande.
Entonces, reparó en algo que no había visto en los demás habitáculos.
En la parte interior de la cubierta había una bolsa de tela negra.
Parecía como si alguien la hubiera fijado allí con unos clavitos.
—¡Creo que he encontrado algo! —exclamó.
Sin perder un solo segundo, se subió a uno de los asientos y se puso de puntillas. Aun así, no llegaba a alcanzar su objetivo.
—¡Alva, ven aquí! —la urgió Harry—. ¡Tienes que intentarlo tú, que eres más alta!
Ella bajó de la butaca y su amiga ocupó inmediatamente su lugar. Al cabo de unos instantes, lo logró.
—¡Hay algo dentro! —exclamó con emoción, mientras tiraba de la bolsa.
—¡Bájala! —gritó él.
—¡Es que está clavada! —contestó su compañera con voz tensa.
—¡Tira! —chilló Heidi—. ¡Tienes que arrancarla! ¡AHORA MISMO!
Entonces, Alva agarró la bolsa por uno de sus extremos y se colgó de ella con todo su peso. Tras un sonoro rasguido, se desprendió del techo y cayó al suelo de la cabina.
El saquito estaba cosido con fuertes puntadas, de modo que no resultaba nada fácil abrirlo. Sin embargo, sintiéndose de repente llena de energía, Heidi lo desgarró por la mitad de un solo tirón.
Allí los tenía.
Tanto el zapatito como el sonajero.
—¡Sí! —gritó.
Alva y Harry chillaron de alegría.
No obstante, ninguno tuvo ocasión de disfrutar mucho del hallazgo.
El tiempo apremiaba.
—Tenemos que ir a casa a toda pastilla y volverlos a colocar bajo el suelo —dijo Heidi.
A continuación, se guardó los preciados objetos en la mochila. Supuso que Bill habría cogido también el álbum de fotos y las cartas, aunque en esos momentos aquello no tenía tanta importancia.
Algo húmedo la golpeó en la nuca. Comenzaba a llover de nuevo.
Los tres amigos corrieron hacia sus bicicletas y salieron disparados. Las piernas les dolían de pedalear tan rápido. Al llegar a la carretera principal, allí seguían los coches parados en medio del gran atasco.
Cruzaron la calzada, pasaron junto al puerto y tomaron el camino que conducía a Hovenäsvägen.
Heidi sentía cómo el viento se le colaba por debajo del casco. Le picaba la garganta al respirar. Iba tan rápido que notaba sabor a sangre en la boca.
Llovía ya a cántaros cuando enfilaron la calle que llevaba a su casa.
No se atrevía a mirar el reloj.
Y aún menos a pensar en qué les estaría sucediendo a su padre y a Jennifer en ese momento. ¿Cómo haría Bill para quedarse a solas con el pequeño? ¿Lo secuestraría y se lo llevaría en la lancha él solo? ¿O montarían todos en ella y se lo arrebataría una vez en el agua?
El móvil sonó justo cuando estaba a punto de abrir la puerta principal. Tenía la mano tan mojada que se le cayó la llave al suelo.
Al principio, no quiso contestar. No tenía tiempo de aguantar una nueva regañina. Bastante tenía ya con tratar de salvarle la vida a su hermano recién nacido. Sin embargo, al cabo de un par de segundos, cayó en la cuenta de que quizá papá se encontraba en apuros y por eso la llamaba.
—¿Hola?
Se apretó el teléfono contra el oído mientras Harry abría la puerta.
Su padre respiraba con dificultad y hablaba con voz quebrada:
—¡Tenías razón, Heidi! Dios mío, vaya si la tenías… ¡Ha raptado al niño ante nuestras narices y se ha metido con él en el mar, montado en la lancha! He avisado a la policía, pero… ¿Quién es Bill? ¿Cómo hacemos para detenerlo?