La noria del mal Capítulo 39
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Capítulo 39

E L CIELO SE IBA CUbrIENDO de nubes cada vez más oscuras. Los truenos retumbaban mientras el viento soplaba con fuerza creciente.

Heidi estaba a punto de echarse a llorar. No deseaba otra cosa que advertir a su padre y a Jennifer del peligro que los acechaba. Pero ¿iban a creerla?

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó su amiga.

Ella miró hacia los altos acantilados.

—Bill no puede encontrarse en dos sitios a la vez. Tirando piedras sobre la carretera y vigilando la noria al mismo tiempo.

—¡Claro! —exclamó Alva—. ¡Vamos! ¡Tenemos que darnos prisa antes de que él vuelva!

Enseguida, se subieron de un salto de nuevo a las bicicletas y pusieron rumbo al camping.

Ninguno de ellos dijo ni pío durante el trayecto; se limitaron a pedalear como locos.

El último tramo era un camino de grava, en el que Harry estuvo a punto de derrapar y caerse cuando una niña pequeña irrumpió corriendo con un helado en la mano.

—¡A ver si miráis por dónde vais! —les gritó enfadada una mujer.

«No tenemos tiempo de mirar por dónde vamos», pensó Heidi.

Al llegar, todo tenía el aspecto de siempre: tiendas de campaña y caravanas por doquier. En mitad de ellas, se alzaba la noria.

Tal y como había supuesto, no se veía a Bill por ningún lado. La atracción permanecía inmóvil.

Levantó la vista hacia la máquina. Las cabinas crujían al balancearse con el viento.

¿Dónde habría escondido el señor Sullivan el zapatito y el sonajero?

«¿Y si los lleva consigo?», se preguntó para sus adentros. «De ser así, en la vida podremos detenerlo».

Sin embargo, la imagen de su extraño inquilino se dibujó de inmediato en su mente: siempre con el mismo jersey y los mismos pantalones negros.

Nunca llevaba una bolsa o una cartera y jamás se veía nada que le sobresaliera de los bolsillos.

Ni siquiera un móvil o un paquete de tabaco.

Así que no. Era imposible que llevara encima los dos objetos.

—¿Y ahora qué hacemos? —inquirió su amigo—. La noria no está en marcha. Solo podremos mirar en las cabinas de abajo.

Tenía razón. Heidi casi gritó de la rabia.

—A lo mejor podríamos trepar… —propuso Alva.

A ninguno de sus acompañantes le pareció buena idea. La atracción era demasiado alta y las cabinas quedaban demasiado separadas unas de otras.

—¿No la pone en marcha con una llave? —observó Harry—. Si la encontrásemos, creo que sería capaz de recordar cómo se hace.

Heidi intentó hacer memoria. En efecto, se acordaba de haber oído a Bill mencionar lo de la llave. Pero ¿qué había dicho exactamente?

Eso era: que ponía en movimiento la noria con ella por la mañana y la apagaba por la noche. Entre una cosa y la otra, utilizaba solo el interruptor de corriente.

Sin decir palabra, sacó el aparato negro que le había visto usar. Encontró la palanca enseguida.

«Por favor, por favor, por favor… que funcione».

Acto seguido, la bajó y pulsó el botón de encendido.

La atracción empezó a moverse despacio.

—¡Eres un genio! —gritó Harry.

Heidi no cabía en sí de alegría. De inmediato, paró de nuevo la máquina.

—De acuerdo —dijo—. Uno de nosotros tiene que encargarse de esto para que no gire mientras inspeccionamos las cabinas.

—¡Yo me encargo! —exclamó Alva—. Registráis cada uno una y os bajáis. Luego, yo la pongo en marcha otra vez para que podáis subiros y comprobar las dos siguientes, y así sucesivamente. Te referías a eso, ¿verdad?

Ella asintió con la cabeza.

Aun así, el plan no le terminaba de convencer. Tardarían demasiado en revisar todas las cabinas. Bill debía de estar a punto de regresar.

En ese momento, se les acercó un chiquillo.

—¿Ya funciona la noria? —preguntó—. ¿Puedo comprar un billete?

—No, lo siento —dijo Alva—. Está cerrada.

El chico puso cara de decepción.

—Pero si estaba en marcha hace como media hora… —protestó.

Heidi alzó la mirada.

—¿Ha estado funcionando todo el día?

—Creo que sí. He pasado por aquí varias veces. Aunque hasta ahora no había tenido tiempo de acercarme para montarme.

El niño se dio la vuelta y desapareció.

Ella se quedó reflexionando unos instantes.

Así que la noria había estado funcionando con normalidad durante el día.

Eso significaba que mucha gente se habría subido ya a las cabinas.

A continuación, se asomó a la más próxima y echó un vistazo en su interior.

No había muchos sitios donde esconder algo.

Aunque bajo los asientos se abría un pequeño espacio, cualquiera que se sentara allí podría descubrirlo.

No creía que fuera esa la intención de Bill.

Heidi levantó la vista. Justo en lo más alto de la atracción colgaba la cabina de la estrella negra. La que una vez, hace mucho tiempo, se había incendiado. Aquella en la que nadie podía montarse. La única donde se podía ocultar algo sin ser descubierto.

—Creo que ya sé dónde ha escondido lo que buscamos… —susurró—. Allí arriba. En la cabina prohibida.

Harry se secó el sudor de la frente. Hacía calor, a pesar de los nubarrones grises que tapaban el sol.

—¡Claro! —exclamó—. Pon la noria en marcha, Alva, para que baje la cabina.

En ese momento, sonó el móvil de Heidi.

«Papá».

Según contestaba la llamada, contempló con inquietud los acantilados.

¿Por qué no había regresado aún Bill?

—¿Sí?

—¡Heidi! —gritó su padre—. ¡No te imaginas lo que ha pasado!

Ella se sobresaltó al oír su tono de voz tan estridente. Tardó unos segundos en darse cuenta de que no estaba enfadado ni triste, sino feliz.

—¡Es increíble! ¡Ya eres hermana mayor!

Una sonora carcajada llegó a sus oídos desde el otro lado de la línea.

—¿Me oyes, Heidi? ¡Tu hermanito ha nacido!

Hablaba tan alto que Alva y Harry pudieron oír lo que decía. Los dos se miraron con la boca abierta.

—Pero… —balbuceó Heidi—. ¿Cómo… cómo ha pasado?

—Aquí en casa —respondió él—. Hace un momento. Ha sido rapidísimo, pero todo ha ido bien. He bajado la cuna desde el piso de arriba.

Su padre volvió a reír.

¡La cuna!

—Papá, olvídate de la cuna. Esa cuna no es buena para los bebés, es que…

El teléfono crepitó.

—Heidi, te oigo mal. Y tengo que colgar. Vamos en la ambulancia, camino del hospital, con Jennifer y el pequeño. Nos hemos quedado parados en un atasco en la carretera. Ha habido un desprendimiento de rocas y el paso está cortado en ambos sentidos. Muy raro.

«No tiene nada de raro», pensó ella.

—Les va a llevar un buen rato retirar esas rocas —continuó su padre—. Y Jennifer ha tenido una hemorragia que… Bueno, no quiero asustarte, Heidi; como te he dicho, se encuentran los dos bien. Aunque sería bueno que llegáramos al hospital cuanto antes. Por eso te llamo, porque hemos…

El teléfono volvió a chisporrotear. Heidi ya no oía nada. Cerró los ojos.

Tal vez aquello no estuviera ocurriendo de verdad. Quizá se trataba tan solo de una larga pesadilla de la que no lograba despertar.

Aunque sabía que no.

Todo era tan horrible como parecía.

«Una hemorragia». Ella no sabía exactamente qué significaba aquello, pero comprendía que la cosa no pintaba bien.

—¿No podéis salir de la ambulancia, pasar por encima de las rocas con Jennifer y el niño en brazos y subiros a un coche normal?

—¿Hola? —dijo su padre al teléfono—. ¿Hola?

—¡Sí, te oigo! Pero ¿me oyes tú a mí?

—También te oigo ahora. Escucha. ¿Las llaves de la lancha y del cobertizo están en casa? ¿O las tienes tú? Jennifer ha dicho algo de que habéis ido a bañaros hoy.

Heidi notó cómo el sudor le corría chorros. Precisamente en la caseta de pesca era donde habían escondido las cosas que habían encontrado en el trastero del desván de la abuela. Aunque eso, por supuesto, ya no importaba.

—No, están donde siempre —respondió.

—Estupendo. Qué suerte que haya conseguido hablar contigo. Y más aún que a Bill se le haya ocurrido lo de coger la lancha…

Casi se le cae el móvil de las manos.

Alva y Harry la miraban fijamente.

—¿Qué has dicho? —inquirió ella.

—He llamado a Bill para preguntarle si podía ayudarnos y venir con su camión a apartar alguna de las rocas. Pero resulta que lo tiene averiado. Entonces ha caído en que podríamos ir en lancha directos hasta Lysekil. Allí también hay un buen hospital.

Heidi negó con la cabeza.

—¡No, no, no! ¡Papá, por favor, escúchame!

—exclamó de forma atropellada—. Tienes que alejarte de Bill.

¿Lo entiendes? ¿Está ahí ahora mismo con vosotros?

¡Es muy peligroso! ¿Recuerdas lo que contó la abuela sobre la noria?

¿Que podía ser un peligro para los bebés?

¡Bill es el peligro! Quiere prender fuego al niño. Es…

—Pero ¡¿qué estás diciendo?! —rugió su padre—. ¡Para ya! Mira, cuelgo. ¡Debería darte vergüenza, Heidi!

La línea quedó en silencio.

—¿Qué pasa? —preguntó Alva.

—Mi padre le ha pedido ayuda a Bill. Van ahora mismo a coger la lancha…

Durante un instante, fue como si el mundo entero se hubiera detenido a su alrededor.

No podía respirar. No podía hablar.

La abuela tenía razón.

Ya era demasiado tarde para salvar a su hermanito.

Todo había terminado.

Todo.