La noria del mal Capítulo 38
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Capítulo 38

T ODO OCURRIÓ MUY DEPRISA.

Heidi y sus dos amigos subieron corriendo por la escalera del sótano. Fredde y su novia estaban en el dormitorio.

—¡Heidi, no entres! —gritó su padre.

Ella, por supuesto, hizo caso omiso.

Jennifer se encontraba tumbada de lado en la cama, agarrándose la tripa. Él tenía la cara pálida y parecía asustado, aunque mostraba una expresión resuelta.

—Ya he llamado para pedir ayuda —dijo—. Viene una ambulancia y también uno de nuestros vecinos, que es médico.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Nada grave, espero… —respondió Fredde—. Solo que tu hermanito quiere llegar antes de lo previsto.

Su padre dio la impresión de hacer un esfuerzo por sonreír; sin embargo, Heidi no fue capaz de devolverle la sonrisa.

El bebé no podía nacer ahora. De ninguna manera.

«Por favor, hermanito, por favor, quédate en la barriga una semana más», pensó.

—Quiero que te vayas —le pidió él—. No debes quedarte aquí estando Jennifer como está. Ya he llamado a la madre de Harry. Puedes irte a su casa. ¿De acuerdo?

Ella asintió en silencio. Era incapaz de articular palabra. Papá le dio un beso en la frente.

—Vas a ser la mejor hermana mayor del universo —le dijo, a punto de echarse a llorar.

Los ojos de Heidi se llenaron de lágrimas, hasta que la vista se le nubló casi por completo. Abrazó a su padre y, a continuación, regresó corriendo adonde estaban Alva y Harry.

—El bebé viene ya —les avisó con voz ahogada—. ¡Tenemos que ir al camping!

En esta ocasión, cogieron las bicicletas. Había que llegar allí lo antes posible.

Notaba cómo el miedo iba en aumento con cada pedalada que daba.

Cuanto más se aproximaban a su destino, más callados iban los tres compañeros.

Al pasar cerca de donde vivía Harry, se cruzaron con dos vecinas de este, que los saludaron con afabilidad; sin embargo, ninguno fue capaz de decir ni media palabra.

Una vez en el puente, Heidi clavó la vista en todo lo que los rodeaba.

Un zumbido atroz le retumbaba en los oídos.

Pronto llegarían al camping.

Pronto estarían frente a Bill y su noria.

«Habrá mucha gente alrededor», pensó. «No se atreverá a hacernos daño con tantos testigos delante. ¡Por favor, que encontremos el zapato y el sonajero antes de que nazca el crío!».

Al cabo de unos minutos, alcanzaron la carretera principal, que era la que tenían que atravesar. Heidi miró a la derecha; luego, a la izquierda; y, de nuevo, a la derecha. Había una larga cola de coches parados.

¿Por qué no avanzaban? Alargó el cuello para ver mejor, pero sin resultado.

—¿A qué esperas? —le preguntó Harry—. Crucemos ya.

Sin embargo, necesitaba saber por qué estaban detenidos todos aquellos vehículos. El más cercano tenía las ventanillas bajadas. En los asientos delanteros iba una pareja mayor.

—Disculpen —dijo ella—. ¿Saben por qué este atasco?

—Hay un problema un poco más adelante —respondió el hombre—. Por lo visto, se ha producido un gran desprendimiento de rocas de los acantilados junto a la carretera.

Parecía muy preocupado. Su esposa también.

—Vivimos en esta zona desde hace más de sesenta años —añadió la mujer—. Jamás nos había ocurrido algo así.

—Ya has oído lo que han dicho en la radio —le recordó el hombre—. La policía cree que ha sido provocado. Alguien quería cortar el tráfico. ¡Y aquí estamos!

La cola de coches continuaba creciendo detrás de ellos. Heidi levantó la vista hacia los altos y escarpados acantilados.

—¿Por qué no van por otro lado? —preguntó Alva.

—Porque allí también ha habido un desprendimiento. Hace un momento, hace apenas unos minutos… La verdad es que es muy extraño todo. No podemos avanzar ni retroceder.

—De acuerdo, gracias —Heidi sentía la cabeza a punto de explotar—. Ojalá puedan seguir pronto su camino.

—Muy amable —respondió la mujer—. Nosotros no tenemos prisa. Lo que más me preocupa es la ambulancia.

Ella emitió un grito ahogado.

«¿La ambulancia?».

—¿Qué ambulancia? —preguntó Harry—. Yo no veo ninguna.

—Nosotros tampoco —contestó la mujer—. Pero lo han dicho por la radio. Al parecer se ha quedado bloqueada al otro lado de las rocas que se han desprendido.

Heidi apretó con fuerza el manillar de la bicicleta.

Alguien quería que el tráfico se detuviera.

Entonces, miró a sus dos amigos.

—¿Estáis pensando lo mismo que yo? —susurró.

—Debe de haberse enterado de que el niño está en camino —dijo Harry—. Por eso le ha impedido el paso a la ambulancia.

Ella asintió.

El peligro estaba más cerca de lo que habían imaginado.

Bill tenía la intención de llevarse al bebé muy pronto.