Capítulo 37
C UANTO ANTES. Una cosa era decirlo y otra, hacerlo. Cuando regresaron, la puerta del sótano estaba abierta de par en par. Dos estruendosas voces masculinas salían de la cocina.
—¡Cierra la llave de paso! —gritó una de ellas.
—¡Ahora mismo voy! —respondió la otra.
Heidi no dudó ni un segundo. Bajó a toda velocidad para ver quién había y se encontró con dos hombres vestidos con monos de trabajo azul que se quedaron mirándola cuando ella apareció.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó ella.
—Tu padre nos ha llamado —dijo uno de los fontaneros—. Tu madre se ha dado cuenta de que había una fuga de agua aquí abajo.
Solo entonces fue consciente del agua que inundaba el suelo. El fregadero del sótano se había estropeado.
«Yo no tengo madre», pensó con tristeza.
—¿Heidi?
Era Jennifer. La llamaba desde lo alto de la escalera. Heidi subió corriendo. Alva y Harry la siguieron sin demora.
—Han venido unos fontaneros —le explicó la novia de su padre, apoyándose en la pared—. Tienen que arreglar el fregadero de abajo.
Hablaba con tono cansado.
—¿Te encuentras mal? —preguntó Heidi con visible preocupación.
—No… Pero llevo unos días con unos dolores muy raros en la tripa. Fredde se fue a trabajar hace un rato, aunque ya viene para acá. Puede que tengamos que irnos al hospital.
Un pánico repentino se apoderó de ella.
«Entonces, voy con vosotros», pensó. «¡No me dejéis sola aquí con Bill, el fantasma!».
—Puedes quedarte mientras tanto en mi casa —sugirió Alva.
—Muy amable de tu parte —respondió Jennifer—. Tú y Harry sois unos amigos estupendos.
Los dos chicos sonrieron de manera un poco forzada.
Si el bebé estaba ya de camino, era todavía más urgente dar con el sonajero y el zapato.
—¿Cuándo terminarán los fontaneros? —preguntó Heidi.
Jennifer se encogió de hombros.
—Quizá aún tarden unas horas.
¿Unas horas?
Eso no podía ser. Mientras se encontraran allí, les resultaría imposible registrar la habitación del señor Sullivan. Además, dentro unas horas, quizá ya estuviera de vuelta del camping.
—Voy a tumbarme un rato —dijo la novia de su padre.
—Vale, nosotros montamos guardia… —señaló Heidi.
Jennifer se quedó mirándola de hito en hito.
—¿Montáis guardia?
Ella se puso colorada. Tenía que controlarse un poco.
—Quiero decir que nos quedaremos un rato por aquí, en casa —aclaró—. Llámanos si necesitas algo.
—Gracias.
A continuación, entró en el dormitorio y cerró la puerta tras de sí.
Heidi se volvió hacia sus dos amigos.
—¿Qué hacemos? —masculló.
—Supongo que no hay más remedio que esperar —repuso Harry.
Y eso hicieron.
En el exterior, una gran masa de nubes se iba aglomerando en las alturas, acompasada por el fragor de los truenos. Fredde volvió del trabajo al cabo de unos minutos y fue derecho a ver a Jennifer. Llamaron al hospital, pero les dijeron que no hacía falta que acudieran.
—Creo que me quedaré aquí ya el resto del día —comentó su padre—. Nunca se sabe lo que puede pasar.
Heidi se sintió aliviada. Era importante que se mantuvieran todos juntos el máximo tiempo posible.
«Quizá podríamos dejar a Bill fuera», pensó. «Evitar que vuelva a entrar en casa».
Sin embargo, sabía que eso no funcionaría.
Las horas pasaron. Alva sacó una baraja de cartas e intentó enseñar a sus dos amigos un juego nuevo. Pero ninguno le prestó demasiada atención, de modo que la partida no fluía.
—Voy a empezar a preparar la cena —dijo Fredde cuando el reloj marcó las cuatro y media—. Hoy cenaremos temprano.
—¿Cómo está Jennifer? —le preguntó Heidi.
—Más o menos igual —respondió él—. Le he preparado un poco del té que nos trajo Bill y ya se encuentra mejor.
¡El té de Bill!
No resultaba difícil deducir que contenía algún tipo de ingrediente tóxico.
—¡Tíralo! —exclamó Heidi, elevando en exceso la voz.
Su padre se sobresaltó.
—¡Por el amor de Dios, Heidi! ¡A veces no entiendo qué te pasa!
Luego, volvió a la cocina.
Ella notó cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Lo tiraremos a la basura cuando no nos vea —la consoló Alva, acariciándole la espalda.
Al cabo de unos segundos, comenzaron a oír a Fredde hablando con alguien a través de la ventana abierta sobre el fregadero.
—¡De acuerdo! ¡Muchas gracias por haber venido tan rápido a arreglarlo todo!
Ella se enderezó y se secó las lágrimas.
¡Por fin se iban los fontaneros!
—Muy bien. Ahora —les susurró a sus dos amigos—. Bajemos mientras mi padre hace la cena.
Enseguida, pasaron de puntillas por delante de la puerta de la cocina sin que Fredde advirtiera su presencia y descendieron por la escalera del sótano. Tan pronto como llegaron abajo, Harry se volvió hacia ellas.
—Alguien debería quedarse aquí vigilando. Y avisar en caso de que aparezca Bill.
—Yo vigilo —se ofreció Alva—. Yo me quedo en la entrada.
—¡Perfecto! —replicó Heidi.
Ahora todo dependía de dar con el zapatito de bebé y el sonajero. Los dos chicos se metieron en el cuarto de invitados, muy pegados el uno al otro.
—Mira —dijo ella, abriendo el armario—. A esto me refería. No hay ropa. No hay nada.
Su amigo abrió entonces la maleta del señor Sullivan.
Estaba tan vacía como la última vez. A continuación, se pusieron a rebuscar en las tres cajas de cartón.
Una se hallaba igualmente desprovista de contenido.
La otra solo guardaba un montón de periódicos viejos: ninguno parecía guardar relación con Hovenäset ni con la noria.
Como hacía unos días, la tercera estaba repleta de papeles, entre los que se encontraba el mapa de Hovenäset. Pero ni rastro del zapatito ni del sonajero.
Miraron luego debajo de la cama y también debajo del colchón. Comprobaron la mesita de noche y la cómoda. Incluso levantaron la alfombra.
—¿Y si los ha escondido en la cocina del sótano? —dijo él.
Empezaron a buscar allí. De vez en cuando, se asomaban a la ventana para asegurarse de que Alva seguía en su puesto.
Registraron absolutamente todo. Hasta dentro del frigorífico.
Al final, tuvieron que darse por vencidos.
—Parece que tendremos que ir al camping —resolvió Harry con determinación.
Heidi estuvo de acuerdo.
—Pero ¿cuándo? —preguntó—. Quiero decir, no podemos inspeccionar la noria si Bill anda por allí.
—Pues habrá que esperar a que cierre.
«Eso tampoco servirá de nada», pensó ella.
—La noria tiene que estar en marcha mientras buscamos —observó—. Es el único modo de poder mirar en todas las cabinas, ya que por la noche está parada.
A continuación, salieron e informaron a Alva de lo infructuoso de su búsqueda.
—Así que tenemos que ir al camping —señaló Harry—. Lo que no sabemos es cuándo.
Fue entonces cuando a Heidi se le ocurrió una idea.
—Quizá podríamos distraer a Bill, obligarle de alguna manera a alejarse de la noria y aprovechar nosotros para darle entonces un buen repaso.
Sus dos amigos no parecieron muy convencidos.
—Venga… —insistió ella—. Al menos, tenemos que intentarlo.
Harry asintió.
—Vale.
—Vale —dijo también Alva.
Luego, volvieron a quedarse los tres en silencio. ¿Cómo alejar de la noria a alguien que, no solo es que fuera peligroso, sino que, de hecho, estaba muerto?
—Esperamos a después de cenar —propuso Heidi—. Así tendremos tiempo de que se nos ocurra algo.
Apenas había terminado de hablar cuando, de pronto, oyeron un chillido desgarrador dentro de la casa. Fue un alarido tal, que les hizo daño en los oídos y les heló la sangre. Alguien gritaba de dolor. Y de miedo.
—¡Jennifer! —exclamó ella—. ¡Es Jennifer!