Capítulo 36
N UNCA EN LA VIDA le había latido el corazón tan fuerte.
Heidi tenía tanto miedo que se le nublaba la vista. Después de hablar con Mark, los tres habían regresado al cobertizo y ahora estaban sentados en el suelo. Muy pegados los unos a los otros.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Harry, también con el terror dibujado en el rostro.
—Ya nos lo ha dicho Mark —respondió ella—. Bill ha de marcharse de inmediato. Antes de que haga daño al bebé.
—Pero ¿cómo vamos a encontrar el zapato y el sonajero? —dijo Alva—. Ni siquiera sabemos por dónde empezar a buscar.
Las enormes gafas se le habían deslizado ligeramente por la nariz, lo cual la hacía parecer todavía más asustada.
Heidi tenía el móvil silenciado en el bolsillo. No podía dejar de pensar en su madre, quien, por fin, se había dignado a llamarla. Aun así, había rechazado la llamada.
« Fue ella quien me abandonó a mí, no al revés » , se dijo a sí misma. Sin embargo, ya no sentía la rabia de antes. Solo tristeza y miedo.
Un miedo terrible.
—Tenemos que hablar con alguna persona mayor —señaló Harry—. No podemos hacerlo todo solos.
Mark les había dicho que le era imposible ayudarlos. Su mujer estaba enferma y no podía quedarse sola.
—¿Y qué se supone que le vamos a contar? —preguntó ella—. ¿Que Bill, el de la noria, es un fantasma que quema niños?
Su amigo tragó saliva.
—¿No podría ocurrir que Bill fuera un pariente de Albert? ¿Tiene que ser un fantasma por narices?
Heidi pensó en ello por unos instantes. Acto seguido, recordó de nuevo al señor Sullivan bajo la lluvia torrencial. Completamente seco.
—Él no es como nosotros —respondió ella—. ¿Cuánta gente conoces que pueda permanecer bajo la lluvia sin mojarse? ¿Y que nunca coma?
Harry se puso aún más pálido.
—¿Cuándo nacerá el crío? —preguntó.
—Dentro de unas dos semanas —respondió Heidi.
Mientras el pequeño siguiera en el vientre de Jennifer, Bill no podría tocarlo.
Al menos, eso le parecía.
« Nadie va a hacerle daño a mi hermano», pensó. «Nadie».
Pero ¿cómo iba a impedirlo?
Su padre jamás iba a creerse eso de que el señor Sullivan fuera un fantasma. Ni hablar. Así que no habría más remedio que seguir teniéndole acomodado en el sótano.
Luego, reflexionó unos instantes sobre lo que Mark les había contado.
Si el zapato y el sonajero permanecían bajo el suelo, nada malo ocurriría.
El carpintero había encontrado el primero de los objetos mientras ellos estaban en Gotland.
Y, a partir de ahí: ¡tachán! La gente empezó a comentar que una noria iba a llegar a Hovenäset.
¡Si lo hubiera dejado todo en su sitio! No podía evitar arrepentirse de su torpeza.
Sin embargo, no le quedaba más remedio que lidiar con las consecuencias de sus actos. Además, era tarde para lamentaciones.
Entonces, sacó el viejo recorte de periódico. En cuanto vio la imagen de Bill sintió unas náuseas terribles. ¿Cómo es posible que hubieran permitido que alguien tan deleznable se alojara en su casa?
Solo porque les faltaba dinero. Quizá también por haber insistido ella tanto en que terminaran la reforma. Ya daba igual. Ahora se encargaría personalmente de arreglarlo todo.
—Creo que fue Bill quien se llevó el zapato y el sonajero —explicó—. No puede haber sido nadie más. Mi padre o Jennifer me habrían dicho algo, de haberlos encontrado.
Alva y Harry asintieron.
—¿Y qué pasa si se ha deshecho de ellos? —preguntó la primera—. No habría nada que pudiéramos hacer entonces.
—No creo que los haya tirado —añadió él—. Pertenecieron a sus hijos, ¿no? Querrá conservarlos, me imagino.
Heidi pensó lo mismo.
Ya le resultaba un poco más fácil respirar.
—Tenemos que registrar su cuarto. Podemos hacerlo ahora. Seguro que pasa el día entero en el camping.
Una vez más, Alva y Harry se mostraron conformes.
—Y si el zapato y el sonajero no estuvieran allí, quizá se encuentren en una de las cabinas de la noria —sugirió la primera—. No hay muchos otros lugares donde se me ocurra buscar.
—No os olvidéis de que tiene un camión —señaló él—. Pero también está en el camping.
—Podríamos inspeccionar cada uno un sitio distinto —propuso Alva.
—No —contestó Heidi con voz temblorosa—. Prefiero que no nos separemos.
Su amigo estaba de acuerdo, de modo que eran dos contra uno.
—Tenemos quince días —concluyó ella—. Será mejor que ninguno de nosotros haga nada por su cuenta.
—Dos semanas es mucho tiempo —dijo Alva a la vez que se apartaba un mechón de pelo de la cara—. ¿Cómo vas a soportar tener a Bill en el sótano tantos días? ¿Y si se da cuenta de que algo va mal?
Heidi no supo qué responder.
La sola idea de tener que verlo de nuevo le helaba la sangre. Además, había otra cosa. Otra cosa bastante peor. Jennifer llevaba varios días con fuertes dolores en la tripa. Antes de que los tres salieran de casa esa mañana, había comentado que tenía que hablar con su padre y contárselo.
«Por favor, que el bebé no se adelante» pensó ella. «Eso no debe pasar bajo ningún concepto».
Un segundo más tarde, el fragor de un enorme trueno restalló en el cielo.
Heidi levantó la vista hacia el mar. Se avecinaba una nueva tormenta.
—Hay que actuar con rapidez —dijo—. A veces, los bebés nacen prematuramente. Tenemos que deshacernos de Bill. ¡Cuanto antes!