La noria del mal Capítulo 35
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Capítulo 35

S EGUÍA SIN VERSE UN ALMA por ningún lado. Aun así, Mark miró de nuevo a su alrededor.

—¿Por dónde iba? Ah, sí… Rosie dio a luz a su segundo hijo en casa de su madre.

Albert estaba de viaje, pero regresó a toda prisa.

Para entonces su esposa se encontraba ya bastante mal.

La fiebre había comenzado a dispararse y empeoró muy rápido.

Aquello lo destrozó. Se negaba a aceptar la idea de quedarse solo con los niños.

—Por eso culpó al bebé —dijo Alva.

—Exacto. Deseaba que nunca hubiera venido a este mundo, pues, de ese modo, Rosie no habría enfermado. Creo que fue la pena lo que lo hizo enloquecer, incluso antes de que ella muriera. Sabía que su mujer no iba a sobrevivir, y el dolor se le hacía insoportable.

—La madre de Rosie, Nora, le oyó decir cosas horribles del recién nacido —añadió Heidi—. Por eso, se ocupó de las dos criaturas al tiempo que también cuidaba de su hija. Después, Rosie murió.

Mark asintió.

—Sí. Y entonces Albert quiso recuperar a los chicos. Nora no pudo impedírselo. Los niños eran suyos, no de ella. Todo acabó en una tragedia.

El hombre respiró hondo antes de continuar:

—Una noche, entró en el dormitorio de los pequeños y prendió fuego a la cuna donde dormía el bebé, Moses. Isak, el mayor, se dio cuenta de lo que ocurría e intentó salvar a su hermano, pero también terminó quemándose.

Heidi se llevó la mano a la boca.

—Y los dos murieron —susurró—. Hemos visto la foto de los ataúdes.

Un vecino pasó en bicicleta por la calle. Mark le saludó y guardó silencio hasta que se hubo alejado.

—No —prosiguió luego—. No murieron. Pero resultaron gravemente heridos.

Isak demostró ser muy fuerte y valiente.

Salió corriendo de la casa con su hermano en brazos hasta llegar a la noria.

Entonces, se escondió en una de las cabinas.

Por desgracia, esta se incendió también: el chico no se dio cuenta de que su jersey aún llevaba una brasa ardiendo.

—Hemos visto una imagen de eso también —señaló Harry con vehemencia—. ¡Una cabina envuelta en llamas!

Mark asintió.

—Sí, se tomaron algunas fotografías en el momento. Al final, un hombre consiguió apagar el fuego: el párroco de Hovenäset. Ese hombre era mi abuelo, Roland. Por eso, sé tan bien lo que ocurrió aquel día.

Heidi soltó una exclamación ahogada.

—Entonces debe de haber un montón de gente en el pueblo que esté al tanto de lo sucedido y que sepa que Bill es peligrosísimo…

—No, en absoluto. Solo yo. Además de tu abuela, que únicamente conoce una parte.

Eso fue lo que se decidió entre todos los habitantes del lugar: silenciar la historia.

Nadie debía tener conocimiento de por qué murió la familia de Rosie y Albert.

Ahora, en cambio, vosotros tres os habéis enterado de casi todo. Y me alegro de que así sea.

—¿Casi? —preguntó Alva.

—Los niños se salvaron. Pero Nora, su abuela, se puso de acuerdo con mi abuelo, el párroco, para fingir que habían muerto.

Era la única forma de mantener lejos de ellos al loco de su padre.

El entierro se celebró una noche, muy tarde.

Solo estaban mi abuelo y la madre de Rosie.

A los chicos los llevaron al hospital y, después, se les buscó una familia de adopción.

Nunca regresaron a Hovenäset, aunque, por lo que tengo entendido, fueron felices en su nuevo hogar.

—¿Y qué pasó con Albert? —dijo ella.

—Bueno, pues, convencido de que sus dos hijos habían muerto, el dolor por su pérdida acabó de hundirlo por completo.

Se escondió de la policía durante unos días y la misma noche del entierro se suicidó: se metió en el mar y se ahogó.

Sin embargo, mi abuelo siempre temió que volviera de entre los muertos.

Decía que a veces esas cosas sucedían: que las personas que han hecho algo terrible en vida regresan después de morir.

Heidi observó de reojo a sus amigos. Ellos no creían en fantasmas.

En absoluto. Pero daba igual: se mirara como se mirara, Bill era clavado a Albert.

Y sus norias, idénticas. A ello había que sumarle lo de que el señor Sullivan no se mojara bajo la lluvia y los extraños sucesos ocurridos desde su aparición.

—¿Y por qué iba a volver la gente mala desde el más allá? —preguntó Harry.

—Para repetir lo mismo que hicieron en vida —contestó Mark—.

Pero mi abuelo había oído hablar de una forma de protegerse contra estos espíritus y así se lo contó a Nora.

Por lo visto, debía dejar algo que hubiera pertenecido a los niños en casa de Rosie y Albert.

De ese modo, las familias que vivieran allí en el futuro estarían seguras siempre. Sobre todo, los niños pequeños.

Heidi le miró con espanto.

—¿Qué fue lo que dejaron? —preguntó con voz temblorosa.

Mark parecía inquieto.

—En aquella época, se creía que los zapatos eran símbolos de buena fortuna —les explicó—.

Así que, cuando alguien construía una casa nueva, solía esconder un zapatito de niño debajo del suelo.

Se pensaba que, de ese modo, se aseguraba la buena salud de los pequeños.

Mi abuelo también estaba convencido de ello, pero temía que, en este caso, no bastara con un zapato.

Tenía que haber algo de cada uno de los chicos.

De lo contrario, puede que Albert regresara.

Por eso, dejaron además el sonajero del bebé.

Mientras los dos objetos sigan en su sitio, la casa se hallará a salvo.

Heidi sintió cómo las rodillas comenzaban a temblarle.

—¿Tú de verdad crees en todo eso? —susurró.

Él reflexionó un momento y, después, asintió despacio.

—Durante bastante tiempo tuve mis dudas. Pensaba que toda esa historia de mi abuelo, que luego me transmitió mi padre, no era más que una invención. Pero, al aparecer Bill con su noria, la cosa cambió. Ahora pienso que es cierta. Y eso me da muchísimo miedo…

Ella estaba a punto de echarse a llorar. Sentía que le faltaba el aire, que apenas podía respirar.

Mientras el zapato y el sonajero permanecieran bajo el suelo, no había nada que temer. ¿Cómo iba a saber ella algo así?

Mark la miró fijamente.

—¿Sabes si alguien ha podido cambiarlos de sitio? —preguntó—. Porque está claro que Albert ha vuelto. Y la pareja de tu padre espera un niño.

Heidi respondió con voz apenas audible:

—Sí… Fui yo… y el carpintero… quienes movimos el zapato y el sonajero. Y ahora las dos cosas han desaparecido. ¡Han desaparecido!

Él se quedó lívido.

—¡Tenéis que encontrarlos! —exclamó—. ¡Como sea! Y aseguraros bien de volver a ponerlos en el lugar en el que estaban. De lo contrario, me temo que… Albert hará daño al pequeño.