Capítulo 34
N INGUNO DE ELLOS CREÍA EN FANTASMAS. En eso estaban completamente de acuerdo. Pero había algo extraño en Bill. La pregunta era el qué. Tal vez la respuesta la encontraran en la vieja granja azucarera.
Los tres fueron hacia allá enseguida. A toda prisa, recorrieron las desiertas calles del pueblo, yendo por la calzada, pues no había ni un solo coche a la vista.
Seguro que todo el mundo estaba en la playa aprovechando las horas de sol antes de que, como de costumbre, comenzara a llover por la tarde.
—Aquí es… —señaló Harry, deteniéndose frente a una casa en la que ninguno había puesto un pie en su vida.
Era blanca, de techo verde y con un jardincito en el que destacaban un par de espléndidos cerezos.
Heidi no disimuló su impaciencia. «Es urgente » , pensó. «Urgentísimo » .
De modo que, sin entretenerse lo más mínimo, fue directa hacia la puerta y llamó al timbre. Sus dos amigos permanecieron unos pasos por detrás de ella.
Volvió a llamar, apretando en esta ocasión varios segundos seguidos.
—Creo que deberías calmarte un poco… —murmuró Alva.
Ella se negó a escucharla. Justo cuando estaba a punto de intentarlo por tercera vez, oyeron unos pasos acercándose desde el interior de la vivienda.
—¡Ya voy! ¡Ya voy! —gritó una voz masculina.
Alguien giró la llave y la puerta se abrió con un chirrido. Heidi tuvo que contener la respiración nada más ver quién vivía allí.
—¡Pero si es usted! —exclamó sin poder evitarlo.
Frente a ella, se hallaba el hombre de la gorra verde: el mismo que había dicho que no le gustaba la noria, el que se había quedado en el camping inmóvil, observándola.
—¿Qué queréis? —preguntó con voz hosca.
—Pues… Me llamo Heidi… —contestó nerviosa—. Y estos son mis amigos: Alva y Harry. Ocurre que…
—Sé quién eres… —la interrumpió él, cortante—. Esperaba que vinieras, pero ya casi había perdido la esperanza.
Heidi se sorprendió. Ese señor no podía ser Roland Sund. Era más joven que la abuela, aunque mayor que su padre. ¿Por qué esperaba que ella fuera a visitarlo?
—Buscamos a alguien llamado Roland Sund —dijo ella con un fino hilo de voz—. Aunque puede que no viva aquí.
—Roland era mi abuelo —explicó el hombre—. Murió hace mucho. Estaba mal del corazón. Yo me llamo Mark. Supongo que habéis venido a hablar del individuo de la noria, ¿verdad?
Heidi asintió con rapidez.
—Sí. Creemos que Bill… Que él…
—Lo sé —contestó Mark—. Sé exactamente lo que queréis decir: Bill no es quien dice ser.
Ella tragó saliva con gran esfuerzo.
—¿Quién es, entonces?
El hombre miró a su alrededor y salió al porche. Acto seguido, cerró la puerta tras de sí.
—Mi esposa está dentro —dijo en voz baja—. Ella no sabe nada de la noria. Supongo que tú tampoco le has contado nada a tu padre.
Heidi negó con la cabeza.
—No. No he hablado con él de esto. No me creería.
—Tienes razón —afirmó Mark—. Y respondiendo a tu pregunta: no sé exactamente quién es Bill.
Ni qué es. Podríamos quizá llamarlo un fantasma.
Pero basta con decir que es malvado y peligroso.
Muy peligroso. De hecho, me parece que es él quien está detrás de estas tormentas que venimos sufriendo cada noche.
Ella notó cómo su amigo le posaba la mano en el brazo. La lluvia sin fin, los truenos y los relámpagos: sí, resultaba evidente que aquello no era normal.
—¿Qué… qué quiere Bill? —balbuceó Heidi con un estremecimiento, aunque no hacía frío.
—Antes de nada, lo mejor sería que le llamáramos Albert —señaló el hombre—. Ese es su verdadero nombre. ¿Sabéis quién fue Albert Larsson?
—Creemos que sí —contestó Harry—. Vivía en la que es ahora la casa de Heidi y construyó su propia noria.
—Exacto —confirmó Mark—. Albert residía allí con su esposa, Rosie, y su hijo Isak. Luego, mientras él construía la atracción, ella se quedó embarazada de nuevo. El bebé nació unas semanas antes de tiempo en la casa de la madre de Rosie.
—Que es hoy en día la de mi abuela —añadió Heidi.
—Lo sé —dijo el hombre—. Sé también que la madre de Rosie le pidió a tu abuela que vigilara que Albert jamás regresara a Hovenäset con la noria.
Pero solo le contó una parte de la historia, por desgracia.
Había algo muy importante de lo que tu abuela debería haber estado al corriente.
Algo que yo os voy a contar ahora mismo…