Capítulo 33
E L SOL COMENZABA A ESCONDERSE tras un gran banco de nubes cuando Heidi empezó a leer. Alva y Harry estaban sentados a su lado, escuchando con atención, sin mover un músculo.
Querida Ingeborg:
Ahora mi casa es la tuya. ¡Espero que te sientas a gusto en ella!
Confío en que cumplirás la promesa que me hiciste. Prométeme que seguirás permaneciendo alerta. Te confío algunas fotografías, documentos y correspondencia que prueban que todo lo que te he contado es verdad .
Tras la muerte de Rosie, me encargué de recuperar las cartas que esta había escrito. Asimismo, devolví las de Albert .
Si alguien viene algún día a Hovenäset con una noria, ha de marcharse de inmediato. Cueste lo que cueste .
¡Jamás te fíes de esa persona! Su presencia es sinónimo de peligro. Si algo así, tan terrible, sucediera, has de contactar con Roland Sund, que vive en la vieja granja azucarera .
Él sabrá lo que hay que hacer para que todo vuelva a estar en orden .
Con cariño ,
Nora
Sorprendida, Heidi comprobó el reverso del papel. No había nada más escrito.
Por lo menos, ahora entendían por qué las cartas habían acabado en sitios distintos.
—¿Ya está? —dijo Alva, decepcionada.
—Sí —respondió ella tras cerciorarse una vez más de que, en efecto, así era.
—¿Quién es Nora? —preguntó Harry.
—Debe de ser la madre de Rosie. Vendió su casa a mis abuelos.
—¿Y quién es Roland Sund? ¿Y dónde está la vieja granja azucarera? —inquirió su amiga.
—Cerca de la zona de baño —señaló el chico—. Es el caserón con esas rocas grandes en el jardín. Pero no creo que quien viva allí se llame Roland Sund.
Heidi sabía a qué vivienda se refería.
—Vamos para allá —resolvió con decisión.
Alva, en cambio, no estaba tan segura de que fuera una buena idea.
—¿Y qué vamos a hacer allí? ¿Preguntar por Roland Sund?
—¿Por qué no? —respondió su amiga—. Tenemos que actuar para que… Para que nada le pase a Jennifer ni al bebé.
Estas últimas palabras las dijo casi en un susurro. Nunca había llegado a verbalizar en voz alta el mayor de sus miedos. Sin embargo, en esta ocasión, acababa de hacerlo. Y con claridad: nadie iba a hacerle daño a su hermano pequeño.
Harry tragó saliva.
—Vale, pues ya sabemos qué es lo que hay que hacer para que eso no ocurra —comentó muy bajito—. Tu abuela lo dejó claro desde el principio: Bill ha de largarse cuanto antes. Tal y como pone en la carta.
Sin embargo, Heidi sabía que aquello no resultaría tarea sencilla. Por eso, se suponía que había que acudir a Roland Sund en busca de ayuda si alguien aparecía en Hovenäset con una noria.
Él sabrá lo que hay que hacer para que todo vuelva a estar en orden .
«Espero que no haya muerto», pensó ella.
—Muy bien. Vamos —dijo a continuación con tono firme—. Quiero encontrar a Roland Sund.
Harry seguía ojeando el resto de los documentos de la bolsa.
—¿No deberíamos también comprobar qué son estos papeles? —preguntó.
—No tenemos tiempo de ponernos a leer ahora —señaló Heidi—. Lo haremos después.
En ese momento, su amigo alzó uno de los folios.
—¡Mirad! ¡Aquí hay un recorte de un periódico antiguo!
Las dos chicas se aproximaron para verlo más de cerca. Estaba pegado con unas grapas a una hoja de papel normal y corriente.
La publicación se llamaba La gaceta de Hovenäset y el texto se hacía eco de la noria de Albert.
—No me suena el nombre del periódico… —señaló Alva—. ¿Sigue existiendo?
—No —contestó Harry—. Pero antes, sí. Mi abuela siempre habla de él. No era un periódico normal: salía únicamente una vez por semana y solo daba noticias locales.
Heidi observó la imagen que acompañaba al artículo. Se trataba de la misma atracción que aparecía en las otras fotografías de la época, aunque sin ninguna cabina en llamas.
A continuación, leyó en silencio:
LA NORIA DE HOVENÄSET
El constructor Albert Larsson mostró con enorme satisfacción su noria a La gaceta de Hovenäset.
Aún no está totalmente terminada, pero, según sus propias estimaciones, solo resta la puesta a punto de pequeños detalles para que así sea.
Afirma que soñaba con construir una atracción así desde que vio las fotografías de la de Chicago, donde se levantó la primera del mundo hace unos pocos años.
Ahora, Hovenäset también tiene la suya. Albert Larsson está muy orgulloso de su obra .
«Mi sueño es poder montarla en un camión y llevarla a todas partes», dice. «Igual que William Sullivan» .
William Sullivan es un ciudadano estadounidense que recientemente construyó un artilugio pionero para el transporte de su atracción.
No hay duda de que Albert verá sus sueños hecho realidad, aunque, por lo que tenemos entendido, no va a tener mucho tiempo de viajar, pues en un mes será padre por segunda vez. ¡Algo que espera con gran ilusión!
—¡William Sullivan! —se sobresaltó Heidi, a la par que miraba a sus dos amigos con ojos desorbitados.
—¿Qué pasa? —inquirió Alva.
—Es el nombre de Bill… —dijo ella—. William Sullivan. Pero le llaman Bill.
De repente, recordó con precisión el día en que su inquilino apareció en la cocina de casa: amable, simpático, preguntando si podía alquilar la habitación de invitados.
El miedo le encogió el estómago.
«¿Qué hemos pasado por alto?», pensó. «¿Qué es lo que se nos escapa de todo esto?».
Su amiga daba la impresión de estar completamente desconcertada.
—¿No hay ninguna foto de Albert? —preguntó.
—Sí —respondió Heidi—. Este debe de ser él. Aquí, junto a la noria…
Sin embargo, la imagen era demasiado pequeña para poder apreciarla bien. Su figura resultaba diminuta al lado de la enorme atracción.
—Necesitamos una lupa —señaló Harry.
—O podemos hacer esto… —propuso Alva, sacando a continuación su móvil y tomando un primer plano de la vieja foto en blanco y negro para, luego, tratar de ampliarla en la pantalla.
—¿Funciona? —preguntó su amigo.
—Espera un segundo… —murmuró ella.
De pronto, soltó un grito ahogado y dejó caer el teléfono.
Heidi notó cómo un escalofrío le recorría la nuca.
—¿Qué pasa?
Alva le pegó un puntapié al móvil y este salió disparado por el suelo.
—¡Es él! —exclamó—. ¡Es él!
—¿Quién? —preguntó Harry sobresaltado al tiempo que iba a gatas hacia el aparato.
Nada más ver la imagen en la pantalla se puso pálido como un muerto.
—Mira… —dijo, tendiéndole el teléfono a Heidi.
—Pero ¿qué pasa? —replicó ella con gran impaciencia.
La foto se había vuelto borrosa al ampliarla, aunque no importaba. Lo reconoció al instante.
El señor Sullivan.
Albert y Bill eran idénticos. Incluso vestían igual: jersey negro y pantalones oscuros.
—No lo entiendo… —musitó Alva—. Albert debió de morir hace muchísimos años…
Heidi estaba tan asustada que rompió a llorar.
—Creo que la abuela tenía razón… Bill no es como nosotros. Es peligroso. Y ahora vive en el sótano de mi casa, esperando a que nazca el bebé de Jennifer…