Capítulo 32
U N NUEVO SILBIDO se oyó en la calle. Luego, el motor de un coche.
—No podemos quedarnos más tiempo —señaló Heidi—. Mi padre puede despertarse en cualquier momento, pasarse por aquí y encontrarnos fisgoneando.
Entonces, observó las cartas, los papeles y las fotografías esparcidos por el suelo. Necesitaban un lugar seguro donde esconderlo todo, uno que no fuera su casa ni la de la abuela. No debían correr el riesgo de que se perdiera lo que acababan de descubrir.
—¿Y si vamos a tu cobertizo? —propuso Alva—. Has cogido la llave de allí también, ¿verdad?
—¡Sí! —exclamó ella.
Era la mejor idea que había oído en años.
Así pues, metieron la información secreta en la mochila.
—¿No deberíamos primero tratar de arreglar la portezuela esta? —sugirió Harry contemplando el agujero.
—No hay tiempo.
Lo más probable es que su padre descubriera el agujero tarde o temprano, pero daba igual. Que se las arreglara él solo para entender lo que había podido pasar.
Salieron con sigilo de la vivienda lo más rápido que pudieron y cerraron la puerta tras de sí. A continuación, se dirigieron al cobertizo de pesca.
Heidi no dejaba de mirar a su alrededor.
Era difícil mantener algo en secreto en Hovenäset. Las viviendas estaban muy cercanas unas de las otras. Además, en verano todas estaban habitadas. El buen tiempo animaba a la gente a salir al jardín.
«Deberíamos haber esperado hasta la tarde», pensó. «Habría llovido seguro y todo el mundo se habría metido dentro de su casa».
Pero lo hecho, hecho estaba.
Mientras recorrían el trecho hasta el embarcadero, los tres trataron de disimular y hacer como que daban un tranquilo paseo por el pueblo.
Sin embargo, Heidi llegó sudando al cobertizo; de hecho, casi se le resbala la llave al intentar abrir la puerta roja de la caseta de pesca.
La cerradura estaba igual de dura que siempre, de modo que tuvo que tirar con fuerza del picaporte.
Una vez dentro, su respiración se fue calmando.
Harry abrió las puertas que daban al mar: hacía demasiado calor para mantenerlas cerradas. Una estupidez por su parte, pues, por supuesto, había gente pasando la mañana en las embarcaciones. Se oían las risas y los chapoteos, el ruido de los bañistas tirándose al agua.
—Yo también me daría un buen chapuzón… —dijo su amiga, quitándose la camiseta.
Sin embargo, eso tendría que esperar.
Los tres estaban ansiosos por ver lo que habían traído consigo. No obstante, decidieron no mirar más las fotos de los niños: demasiado tétricas. Lo que sí se pusieron a observar con más detenimiento fueron las imágenes de la noria.
—No entiendo por qué está ardiendo una de las cabinas —señaló Alva.
Heidi agarró el montón de cartas, que resultó ser menos voluminoso que el que había encontrado en su casa.
—¿Cuántas hay? —preguntó su amigo.
—Solo cuatro.
En tres sobres ponía: Para Albert . Otro, con una caligrafía completamente distinta, rezaba: Para Ingeborg . Así que ese último era para la abuela. ¿Qué tendría que ver ella con todo este tema?
Decidió leer primero las demás cartas.
Alva y Harry apenas eran capaces de contener la emoción conforme Heidi abría el primer sobre.
—¡Léela en voz alta! —pidió su amigo
Ella se aclaró la garganta. La letra resultaba fácil de entender a pesar de ser inclinada y retorcida.
Albert:
He recibido tus cartas .
Me entristece mucho saber que tienes miedo de ti mismo.
He visto cómo mirabas a nuestro pequeño, a nuestro Moses.
Dices que él es el responsable de que yo haya enfermado, pero no es cierto.
¡Moses y nuestro querido Isak son los niños más maravillosos del mundo!
Necesito saber con certeza que jamás serías capaz de hacerles daño .
¡Prométemelo, Albert! ¡Prométemelo!
Rosie
Así que aquella era la respuesta de Rosie a las cartas de Albert que Heidi había encontrado en el sótano. Los sobres no tenían dirección ni sello, igual que los de su marido.
Heidi sintió un escalofrío al guardar el papel en su envoltorio. Rosie tenía miedo de Albert. Y este de sí mismo. Moses debía de ser uno de los niños de las fotos, el más pequeño. El mayor seguramente fuera Isak.
—No suena nada bien… —murmuró Alva.
—No —replicó ella antes de recordarles lo que había leído en la anterior correspondencia.
—Pero ¿cómo llegaron las cartas a su destino? —preguntó su amiga, al tiempo que escudriñaba uno de los sobres.
—Tal vez alguien las entregó en mano —señaló Harry.
Eso debía de ser.
—¡Lee las otras también! —dijo él con impaciencia.
Heidi abrió la siguiente:
Albert:
Me escribes una y otra vez. Y yo cada vez estoy peor. La fiebre se niega a soltarme. ¡Y eso me aterra! Mi madre me ha dicho que sigues amenazando con hacer daño a nuestro hijo pequeño. ¡Me parece que has perdido por completo la cabeza!
Así que no. No volveré a casa. Me quedo con ella .
Rosie
—¡«Con ella»! —exclamó Alva—. De manera que estaba con su madre cuando enfermó.
Heidi asintió en silencio. Rosie y Albert no se hallaban a mucha distancia el uno del otro.
—No sé si me atrevo a leer esta… —dijo—. Tengo la impresión de que va a ser horrible.
—¡Pues claro que te vas a atrever! —la animó Harry—. Si no, la leemos nosotros.
Su amiga asintió.
—Venga, léela…
Ella abrió el último sobre:
Albert:
Esta es la última carta que recibirás de mí. No tengo fuerzas para seguir escribiendo. Y mi madre tampoco quiere verte ni entregar más correspondencia .
No voy a recuperarme. La fiebre me va a matar.
Me duele mucho que las cosas hayan acabado de esta manera.
Tener que morir sola con mi madre. Que tú no estés aquí.
Que te hayas vuelto una persona peligrosa y no podamos dejarte entrar en casa.
Ella quiere llamar a los alguaciles y decirles que has perdido la cabeza.
Teme, al igual que yo, que hagas daño a nuestro hijo.
Quiero de verdad que los niños se queden con mi madre.
¡Prométeme que los dejarás en paz, Albert!
Buena suerte con la noria. Estoy segura de que alguien que es capaz de construir algo tan hermoso puede llegar a ser feliz…
Rosie
De repente, se oyó un crujido en el exterior del cobertizo.
Ella soltó la carta como si se quemara.
—¡Chist! —masculló, llevándose un dedo a los labios.
Pero no era más que alguien que pasaba por allí. Los pasos pronto se alejaron, dejando en el aire únicamente el graznido de las gaviotas sobre el mar y los alegres gritos de los bañistas.
Heidi emitió un largo suspiro. Ahora entendía por qué los sobres no tenían sello ni dirección de entrega: la madre de Rosie se encargaba de que la correspondencia llegara a su destino, llevándola desde su casa hasta la de Albert. Luego, la pobre debió de morir. Y también los niños.
Unas repentinas náuseas hicieron acto de presencia: acababa de acordarse de la fotografía de los tres ataúdes: uno grande y otros dos de menor tamaño.
Uno para Rosie y los otros dos para Moses e Isak.
Finalmente, Albert había terminado haciéndoles daño.
Pero ¿qué había sido de él? ¿Y qué relación guardaba todo esto con Bill y su atracción?
Recordó entonces lo que la abuela había dicho:
«Piensa que los bebés no traen más que desgracias y que hay que deshacerse de ellos».
Y:
«Estoy segura de que ese hombre dista mucho de ser la persona que tú crees, Heidi. Y no en el buen sentido. Él no es como nosotros. Es muy muy peligroso».
—¿No te parece raro que la correspondencia de Rosie estuviera en casa de tu abuela? —preguntó Alva, pensativa.
—No, no mucho, en realidad. Vivía allí cuando enfermó.
—Pero las cartas eran para su marido —dijo su amiga—. Y está claro que las recibió, porque contestó a ellas. Así que, ¿cómo es que no encontramos las de Rosie en tu casa ni las de Albert en la de tu abuela?
Heidi no supo qué decir. Harry se había quedado pálido.
—Lee la última —señaló.
Ella agarró el sobre que iba a nombre de Ingeborg. Por un segundo, dudó antes de abrirlo. ¿Y si se enteraba de que la había leído y se enfadaba?
«Tengo que hacerlo», pensó, tragando saliva con fuerza. «Tengo que averiguar qué pone en la carta dirigida a la abuela y quién la escribió».
Muy despacio, comenzó a abrir la misiva.